Sobre padres e hijos: Cómo ayudar a calmarse a los niños 

<strong>Sobre padres e hijos: Cómo ayudar a calmarse a los niños </strong>
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Sobre padres e hijos: Cómo ayudar a calmarse a los niños 

La otra vez hablamos sobre las problemáticas que presentaban algunos niños en asuntos puntuales, para aceptación del “no” como respuesta. O incluso, cuando sin ser un “no” la respuesta no es la deseada. También hablamos sobre la importancia de la regulación emocional, y cómo ésta se trabaja en la primera infancia desde las aulas y la familia, para que los niños puedan aprender tempranamente cómo gestionar sus emociones de manera adecuada.

Es importante remarcar que, tratándose de niños y adolescentes, son los cuidadores, y adultos intervinientes, los que están a cargo de crear un contexto facilitador para el desarrollo de las habilidades de regulación emocional. De la conducta que adopten los adultos en las primeras manifestaciones de desborde emocional, dependerá la forma en que el niño lea estas situaciones, y estas primeras lecturas serán las que tracen una modalidad de acción a futuro. 

Si consideramos que un berrinche en un niño pequeño puede resultar hasta enternecedor, a medida que van creciendo, las cosas van cambiando y en la adolescencia, los desbordes emocionales pueden llegar a ser fatales. De ahí la importancia de acompañar, desde muy pequeños, el desarrollo de una forma adecuada de gestión emocional .

Independientemente de las características de personalidad de cada niño que determinen su comportamiento, la regulación emocional, así como encontrar el sosiego luego de un episodio de desregulación, son habilidades que pueden adquirirse. Sin embargo es necesario tener presente, según explica la Dra. Lindsay Guiller, psicóloga del Child Mind Institute, que en el momento de la desregulación, la sección racional del cerebro está desconectada de la sección emocional, por lo que intentar razonar o buscar que el niño comprenda que lo que está haciendo no es adecuado, será sin dudas poco efectivo. 

Entonces, para ayudar a un niño a calmarse, dar el tiempo necesario para que el suceso termine, y el estado emocional se restablezca es lo primero. Puede pasar que sea el niño quien, ya más calmado, se acerque nuevamente, o quizás el adulto tenga que acercarse al niño. Lo importante es que el acercamiento se dé en un momento en que ambas partes estén abiertas al diálogo desde el amor, la comprensión, el reconocimiento mutuo, pero fundamentalmente, en este período de re-acercamiento, es necesario contar con la validación emocional. El enojo, la tristeza, los celos, y otras emociones más, con frecuencia son asumidas como emociones negativas y experimentarlas suele ser considerado “malo”. Lo cierto es que cada emoción que vivimos es perfectamente válida y tiene una razón de ser.

La forma en que, como adultos, manejamos nuestras propias emociones, va a dejar huella en la adquisición de habilidades de regulación en los niños. La forma en que validamos nuestras propias emociones, va a sentar las bases de la validación que el niño haga de sus emociones.

Es necesario que el niño entienda lo que siente, sin culpas. Si está enojado porque algo no es como él desea, es absolutamente válido. Lo que tenemos que ayudarle a comprender, es que hay ciertas formas adecuadas de manifestar ese enojo y otras que no lo son. Poner en palabras la emoción, por ejemplo decir: “estoy muy enojado”, es una forma adecuada de expresar lo que se siente. Romper un juguete no lo es. Y en esto tenemos que estar muy atentos. Porque los desbordes emocionales pueden conducir a descargas impulsivas cada vez más intensas.

Entonces, otra de las formas de ayudar al niño a calmarse, es mostrarle que uno comprende lo que siente y que está a su lado acompañándolo y, principalmente, amándolo aún en medio de ese enojo, o esa tristeza. Porque siempre y en todo momento debemos dejar claro que el amor es incondicional. Expresiones como “Si seguís llorando no te quiero más” solo son la puerta de entrada a un conflicto en el manejo adecuado de las emociones y la mutilación progresiva de los sentimientos. El niño no debería temer perder el amor de sus padres. Se requiere una base afectiva sólida para que se pueda desarrollar una afectividad saludable en el pequeño. 

En ocasiones, se asume por parte del adulto que es mejor dejar todo atrás y seguir adelante como si nada de eso hubiera pasado. Sin embargo, es importante señalar que así como la validación emocional del niño es un factor a tener en cuenta, la validación emocional del adulto también lo es. Conversar sobre lo sucedido, desde cómo se sintió cada uno, es una forma de dar lugar al proceso de regulación. Sin juzgar, solo abriendo espacios para el diálogo y el entendimiento, evaluando las alternativas y elaborando estrategias en conjunto que podrían aplicarse en una próxima vez. El niño aprenderá a detectar cómo se siente antes del desborde y podrá aplicar, con la guía adecuada del adulto, las estrategias planteadas la vez anterior.

En ciertos casos, nada parece funcionar. Los desbordes aumentan en frecuencia, y la adquisición de la calma demora cada vez más. Adultos y niños parecen inmersos en una especie de hostilidad silenciosa. Se evitan lugares, temas de conversación, salidas, etc. Incluso muchas veces se presenta cierto distanciamiento. En este tipo de situaciones es conveniente pedir un asesoramiento profesional que evalúe la gestión emocional tanto del niño en particular, como del entorno familiar. Pedir asesoramiento, cuando vemos que no está en nuestras manos la solución, es una forma de ayudar al niño. 

Como decíamos anteriormente, las habilidades de regulación emocional pueden aprenderse, así como también pueden aprenderse las habilidades parentales que faciliten al niño la adquisición de conductas adecuadas en el manejo de sus emociones. Siempre desde el amor y el reconocimiento, desde la validación y la paciencia, creando un entorno favorable para el crecimiento tanto del niño como de los adultos.

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