La importancia del aprendizaje social y emocional

La importancia del aprendizaje social y emocional

La importancia del aprendizaje social y emocional

Para un niño pequeño, la escuela no es solamente el lugar donde va a aprender letras y números. Es, ante todo, su primera salida al mundo. Cuando los chicos comienzan a ir al jardín de infantes, entre todo lo que van a aprender a nivel académico, van a descubrir que el mundo ya no gira exclusivamente en torno a su casa, su familia, sus objetos conocidos. En la escuela, por primera vez, se encuentra con lo diferente: otros adultos con autoridad, otras reglas que no son negociables, otros chicos con deseos, emociones y ritmos distintos a los suyos. Y aunque todo esto puede parecer natural, lo cierto es que implica una revolución en su universo afectivo.

Los primeros años de escolaridad son una etapa clave para la construcción del lazo social. Allí, los chicos aprenden que no son el centro de todo, que hay que esperar turnos, que los juguetes se comparten, que hay que escuchar consignas, que a veces las cosas no salen como uno quiere, y que aún así se puede seguir jugando. Pero además, en ese mismo contexto, también descubren otras emociones: la vergüenza, los celos, el miedo, la frustración, el orgullo, la alegría de pertenecer. La escuela no sólo enseña contenidos; enseña a estar con otros.

Y en esa convivencia diaria —imprevisible, exigente, rica— empieza a ponerse en juego algo que va más allá de lo académico, y es el desarrollo socioemocional. Esa dimensión, muchas veces invisibilizada o subestimada, es en realidad el cimiento sobre el cual se construyen todos los aprendizajes futuros. Porque un niño que no sabe regular su enojo difícilmente podrá prestar atención. Un niño que no se siente seguro, difícilmente podrá explorar el mundo con confianza. Un niño que no logra poner en palabras lo que le pasa, difícilmente podrá pedir ayuda cuando lo necesite.

En este sentido, la escuela —junto con la familia— se convierte en el primer gran laboratorio emocional. Y para que ese laboratorio funcione, hace falta algo más que buena voluntad: hace falta conciencia, formación, estrategias. Porque educar las emociones no es simplemente “portarse bien” o “hacer caso”. Es enseñar a reconocer lo que se siente, a comprender lo que le pasa al otro, a manejar el impulso antes de actuar, a reparar cuando uno se equivoca, a buscar ayuda sin miedo. Y eso no se logra con premios y castigos, sino con una mirada profunda, constante y respetuosa del mundo emocional infantil.

¿Qué es el aprendizaje socioemocional?

Podríamos decir entonces, que si la escuela es un laboratorio emocional, el aprendizaje socioemocional es su método de trabajo. No se trata de un área curricular más, ni de una moda pedagógica. Es una construcción profunda y necesaria que apunta a formar personas emocionalmente competentes. Y esto, lejos de ser un lujo o un agregado, es la base de cualquier proyecto educativo serio.

El aprendizaje socioemocional (o SEL, por sus siglas en inglés: Social and Emotional Learning) es un proceso por el cual niños, adolescentes —y también adultos— desarrollan habilidades fundamentales para comprender y manejar sus emociones, establecer relaciones sanas, tomar decisiones responsables y enfrentar desafíos de manera constructiva. Es decir, aprenden a vivir con otros y consigo mismos de manera más equilibrada.

Este enfoque, desarrollado en las últimas décadas por organismos como CASEL (Collaborative for Academic, Social, and Emotional Learning) y adoptado por numerosos sistemas educativos en el mundo, propone cinco competencias centrales:

  1. Conciencia de uno mismo: reconocer las propias emociones, pensamientos y valores, y entender cómo influyen en la conducta.
  2. Autogestión: manejar el estrés, controlar los impulsos, motivarse y fijarse metas.
  3. Conciencia social: ponerse en el lugar del otro, comprender distintas perspectivas y aprender a sentir empatía.
  4. Habilidades para las relaciones: establecer y mantener vínculos saludables, escuchar con atención, comunicar con claridad, resolver conflictos de manera pacífica.
  5. Toma de decisiones responsable: hacer elecciones respetuosas, éticas y seguras, considerando las consecuencias a corto y largo plazo.

Estas competencias no se enseñan con una clase teórica ni con una ficha para completar. Se construyen en la práctica cotidiana, en cada cruce en el patio, en cada conflicto entre compañeros, en cada frustración frente a una tarea difícil. Es una forma de posicionarse, ante la vida. Por eso, el aprendizaje socioemocional no es solo responsabilidad del maestro de grado: es un trabajo compartido entre toda la comunidad educativa, incluyendo a las familias.

Un entorno escolar emocionalmente saludable es aquel que ofrece contención, pero también desafíos. Donde se validan las emociones, pero también se enseñan estrategias para manejarlas. Donde el error no es motivo de vergüenza, sino oportunidad para aprender. Donde la palabra circula con libertad, pero también con cuidado. Porque un chico que aprende a nombrar lo que le pasa, que puede frenarse antes de pegar, que sabe cómo calmarse cuando se frustra, que reconoce cuándo necesita ayuda, está haciendo un aprendizaje tan valioso —o más— que cualquier contenido académico.

Y aunque muchas veces se piensa que estas habilidades son “naturales”, lo cierto es que son competencias adquiridas en el intercambio con el entorno. Se modelan. Se entrenan. Y cuanto antes se empiece ese trabajo, mejores serán las herramientas que los niños tendrán para enfrentar los desafíos de la adolescencia y la vida adulta.

Comprender las emociones para poder educarlas

Al hablar de aprendizaje socioemocional sin dudas debemos detenernos a revisar la teoría de las emociones, de otro modo, sería dejar coja la mesa. Para entender cómo se sienten los chicos, por qué reaccionan de determinadas formas y qué podemos hacer los adultos para acompañarlos, necesitamos primero comprender qué son las emociones, cómo funcionan y qué sucede cuando se desregulan.

Uno de los grandes referentes en este campo es Paul Ekman, psicólogo pionero en el estudio científico de las emociones y su expresión facial desde la década del 60, y a quien ya hemos abordado en otros textos sobre esta misma temática. Ekman propuso que hay un conjunto de emociones básicas —universales, innatas, compartidas por todas las culturas— que se manifiestan de manera automática y que tienen una función adaptativa. Es decir: no están para complicarnos la vida, sino para ayudarnos a sobrevivir, a vincularnos, a interpretar el mundo. Las emociones básicas según Ekman son seis: alegría, tristeza, miedo, enojo, asco y sorpresa. Cada una tiene su propio lenguaje corporal, su expresión facial característica, su duración esperada, y su propósito.

Pero a diferencia de lo que muchas veces se cree, sentir no es lo mismo que actuar. Una cosa es experimentar enojo; otra muy distinta es gritar, empujar o romper algo. Por eso, una parte fundamental del aprendizaje socioemocional es la regulación emocional, es decir, la capacidad de gestionar lo que sentimos sin negar la emoción, pero tampoco dejándonos arrastrar por ella.

Ahora bien, cuando este proceso falla, aparecen ciertas desregulaciones que dificultan la convivencia, el aprendizaje y el bienestar personal. Basándonos en los aportes de Ekman sobre las emociones básicas y sus modos de expresión, una emoción se vuelve inadecuada cuando no se ajusta con precisión a la situación que la provoca, ya sea por su intensidad, por su expresión o, directamente, por su naturaleza. De esta manera, se pueden identificar tres formas comunes de desajuste emocional que se dan en niños, adolescentes y adultos por igual y que es clave poder identificar:

1. Emoción adecuada, pero con intensidad inadecuada

La emoción en sí es la correcta, pero la forma en que se vive o se expresa es desproporcionada. Esto ocurre, por ejemplo, cuando alguien se enoja con razón, pero reacciona de manera exagerada o extremadamente violenta. No hace mucho se dio el caso de un hombre molesto por la música fuerte del vecino que fue a su casa con un arma y le disparó. Esta desregulación —frecuente en niños pequeños— puede trabajarse a través de estrategias de regulación que les ayuden a frenar, pensar y actuar con mayor equilibrio.

2. Emoción adecuada, pero con manifestación inadecuada

En este caso, lo que se siente también es acorde a la situación, pero la forma en que se expresa genera confusión o rechazo. Pensemos en esos casos de periodistas que teniendo que dar una noticia terrible, por nervios, bloqueo o mecanismos inconscientes reaccionan riéndose. La expresión es socialmente desajustada. En los niños, esto puede verse cuando se ríen al ser reprendidos o lloran al recibir un premio. No es burla ni capricho: muchas veces no saben aún cómo decodificar o mostrar lo que les pasa por dentro.

3. Emoción inadecuada

Para Ekman, esta es la forma más compleja de error emocional. Se trata de sentir algo que no se corresponde con la realidad del hecho vivido. Es el caso de los celos infundados, el miedo en situaciones seguras o el enojo ante una crítica constructiva. La emoción aparece, pero está mal anclada. Esto puede deberse a experiencias previas, interpretaciones erróneas, o patrones de pensamiento distorsionados. En la infancia, esto suele expresarse como reacciones defensivas exageradas, desconfianza sin motivo o explosiones de enojo frente a límites legítimos.

Comprender estos errores no es señalar una falla moral. Es, por el contrario, abrir una puerta para acompañar. Los adultos tenemos la responsabilidad de ayudar a los niños a identificar qué sienten, por qué lo sienten y cómo pueden expresarlo de manera más ajustada. No desde la crítica, sino desde la guía. Y para eso, primero tenemos que poder leer sus emociones sin simplificarlas, sin apurarlas, sin etiquetarlas. Solo así podremos ayudarlos a transformar sus reacciones impulsivas en respuestas conscientes y adaptativas. Es importante destacar que estas tres fallas no son signos de debilidad ni patologías. Son parte del desarrollo. Pero si se repiten con frecuencia, o si no encuentran una respuesta adecuada en los adultos que rodean al niño, pueden instalarse como patrones rígidos, difíciles de modificar con el tiempo. Por eso, cuanto antes se detecten —y se intervenga— mejores serán las oportunidades de que el niño crezca con una relación más saludable con sus propias emociones.

Algunas herramientas concretas para acompañar el desarrollo emocional

Educar las emociones no es un lujo, ni una moda pedagógica. Es una necesidad. Y aunque el aprendizaje socioemocional parece un concepto técnico o lejano, en realidad empieza en lo más simple: en cómo miramos, en cómo hablamos, en cómo respondemos frente a lo que siente el otro. Los niños no aprenden de discursos, aprenden de vínculos. Y si esos vínculos ofrecen contención, coherencia y respeto, el terreno está sembrado. A continuación, algunas estrategias prácticas para acompañar a los chicos en ese camino:

Nombrar lo que se siente:  Parece obvio, pero no lo es. Muchos chicos no saben cómo se llama lo que les pasa. Por eso, hay que poner palabras: “Parece que estás frustrado porque no salió como querías”, “Eso que sentís se llama enojo, y es normal cuando alguien no respeta lo que querés”. Nombrar valida y ordena. Ayuda a entender que sentir no está mal, y que cada emoción tiene un sentido.

Validar sin exagerar:  No hay que dramatizar cada caída, pero tampoco minimizar lo que siente el chico. Un “no es para tanto” suele anular lo que está pasando. Mejor decir: “Entiendo que estés enojado, aunque no haya sido a propósito”. Validar no es consentir todo, es reconocer lo que el otro siente sin perder el eje.

Modelar con el ejemplo: Los chicos aprenden más de lo que ven que de lo que les decimos. Si un adulto grita ante cualquier contratiempo, difícilmente podrá enseñarle a un niño a calmarse. Mostrar cómo uno mismo gestiona la frustración, pide perdón, pone límites sin perder el control… eso enseña más que mil palabras.

Enseñar estrategias de regulación: Respirar profundo, contar hasta diez, ir a caminar, hacer un dibujo, usar una frase que calme. Son recursos que se pueden aprender y practicar. En la escuela, esto puede trabajarse a través de juegos, cuentos o actividades específicas. En casa, con rutinas y espacios de charla. No hay soluciones mágicas, pero sí herramientas que se fortalecen con el uso.

Cuidar los tiempos y el entorno: Un chico sobreestimulado, cansado, hambriento o saturado de pantallas tendrá menos recursos para manejar sus emociones. La autorregulación no florece en el caos. Necesita estructura, pausas, límites claros y afecto sostenido.

Preguntar más, juzgar menos: Cuando un chico actúa mal, muchas veces lo hace porque no sabe hacerlo mejor. Antes de corregir desde el enojo, conviene preguntar: ¿Qué pasó? ¿Cómo te sentiste? ¿Qué podrías hacer distinto la próxima? Esa mirada comprensiva no quita autoridad: le da sentido al límite, y lo transforma en oportunidad de aprendizaje.

Celebrar los logros emocionales: Así como se festejan las notas o los goles, también hay que celebrar cuando un chico logra manejar su enojo, pedir ayuda, esperar su turno o calmar a un amigo. El aprendizaje social y emocional también merece aplausos. Reconocerlo fortalece la autoestima y da ganas de seguir creciendo.

Educar las emociones no es resolverles la vida. Es darles herramientas para que la vivan con mayor conciencia, con mayor libertad y con mayor respeto por sí mismos y por los demás. Y aunque no se vea de inmediato, cada palabra que acompaña, cada límite que contiene, cada abrazo que calma, está sembrando algo profundo.

Porque al final del día, lo que los chicos necesitan no son adultos perfectos, sino adultos presentes, atentos, humanos. Que no teman mirar las emociones de frente. Que se animen a enseñar, también, con su propia fragilidad.




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▼ Recursos Adicionales

Fuentes:

Aprendizaje Socioemocional

Regulación EmocionalEkman, P. : 2003El rostro de las emociones  Edición digital: RBA Libros, S.A., 2017


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