Hombre rico, hombre pobre.

Hombre rico, hombre pobre.

Hombre rico, hombre pobre.

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Vivían en las afueras de un pueblo dos hombres que se cruzaban todos los días sin llegar nunca a conocerse. Uno poseía tierras extensas, galpones llenos, animales bien alimentados y una casa que imponía respeto desde lejos. El otro habitaba una construcción baja, de paredes gastadas, con una huerta pequeña y un ritmo de vida que no parecía apurarse por nada. 

Se saludaban por costumbre. El rico hablaba de precios, de rendimientos, de pérdidas evitadas. El otro escuchaba, asentía y, cuando hablaba, lo hacía de cosas que no cotizaban: el clima, el silencio, el trabajo justo para el día.

Con el tiempo, la calma del hombre pobre empezó a irritar al hombre poderoso. No lograba entender cómo alguien podía vivir con tan poco sin mostrar resentimiento, sin pedir, sin reclamar. Interpretó esa actitud como una pose. 

“Nadie, pensaba, puede ser así de desprendido sin estar mintiendo”. Convencido de que toda esa serenidad era frágil si se la presionaba lo suficiente, decidió comprobar su teoría para demostrar que, en el fondo, todos funcionan igual cuando aparece la oportunidad.

Una mañana al cruzarse, y ya no casualmente, el hombre poderoso insinuó con tono burlón que pedir no costaba nada, que la vida premiaba a los audaces y que, si existía alguna fuerza superior, seguramente prefería a quienes sabían pedir con precisión. 

El otro hombre no discutió. Siguió su camino y se perdió entre la gente. 

Por unos días, estuvo el rico esperando que el hombre pobre se acercara a pedirle, pero no ocurrió. Ya molesto, se dirigió una noche a la pequeña cabaña. Mientras el pueblo dormía, el hombre humilde se sentó en su mesa, cerró los ojos y formuló un deseo simple: recibir lo necesario para vivir sin sobresaltos, ni más ni menos.

El rico observó desde lejos. No podía dejar de burlarse, pues lo que pedía era irrisorio, pero contuvo su risa para no ser descubierto. No podía entender por qué, en lugar de pedirle a él, el hombre pobre le pedía a la nada misma. 

Sin titubear, el poderoso preparó una bolsa con alguna de las cosas que el otro había mencionado, dejando faltar apenas una mínima parte. La arrojó por la chimenea con cuidado y se quedó esperando, seguro de que al amanecer vería caer la máscara. 

Pero no ocurrió lo que esperaba. El hombre humilde encontró la bolsa, la abrió, observó con paciencia y agradeció en voz baja. No celebró ni se quejó. Guardó lo recibido y siguió con su día con la calma acostumbrada.

Esa reacción desconcertó al rico. Esperaba codicia, exigencia, protesta. Al no verla, fue él quien perdió la calma. Se presentó en la casa de su vecino, le dijo que quien le había dado todas esas cosas en la bolsa había sido él. El hombre humilde escuchó atentamente la explicación, pero se le hizo muy difícil creer en él.

Todos en el pueblo conocían la escasa generosidad del hombre poderoso ¿por qué se tomaría tantas molestias con él? El hombre pobre, que era más sabio, se dio cuenta de la treta. Cuando el poderoso terminó de hablar, tomó la palabra con una serenidad casi indignante. 

Le dijo que se sentía muy agradecido por lo que había recibido, pero que de ninguna manera podría creer lo que le estaba diciendo. El hombre rico explotó de furia y poco a poco la gente comenzó a acercarse. En el calor de la discusión, el hombre poderoso se fue desnudando solo. Reclamó como propio no sólo la bolsa con su contenido, sino el gesto, la intención, la superioridad moral de haberlo entregado. En su necesidad de tener razón, demostró que si bien nunca había dado nada, en esta ocasión había intentado comprar una reacción, una dependencia, una confirmación de su mirada sobre el mundo.

El hombre humilde, al ver la exacerbación en la mirada del hombre, entró en su cabaña, metió las cosas en la bolsa, sacudió un poco el hollín que aún le quedaba y salió. Le entregó la bolsa. Estaba seguro que no había sido ese hombre rico quien se la había obsequiado, pero también estaba seguro de que la necesitaba más que él. 

Luego de revisar el contenido y comprobar que estaba todo,  el rico se alejó sonriendo lleno de satisfacción. Caminaba con el saco en su mano ante la mirada de la gente de la aldea. Todos comentaban lo que acababan de ver, un hombre rico exigiendo al más humilde del pueblo que le diera lo poco que tenía. 

Era inconcebible. 

Por supuesto nadie creyó que quien le había dado aquella bolsa tan sucia había sido el hombre rico. Pero el que hubiera habido un gesto tan generoso, motivó a los aldeanos a acercarse a la cabaña casi a diario y dejar al hombre pobre algo, por menos que sea. Una fruta, un pastel, un trozo de carne, un poco de la cena del día anterior, una manta en época fría. Y se aseguraron de que el hombre rico no volviera a quitarle nada más. 

El hombre humilde vivió agradecido.

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Autor: Benicio de Seeonee

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