Antes de las palabras, el bebé juega con los sonidos
Una escena se repite en hogares de todo el mundo. Un niño pequeño permanece sentado en el suelo mientras juega con algunos objetos. De pronto comienza a emitir sonidos. Primero una sílaba aislada. Luego otra. Después una secuencia que repite una y otra vez con aparente entusiasmo. “Ba-ba-ba-ba”. “Da-da-da”. “Ta-ta-ta”. Lo miramos, sonreímos intentando descifrar si aquello significa algo. Lo repetimos, el pequeño sonríe. ¿Está hablando? ¿Está tratando de decir una palabra? ¿O simplemente está haciendo ruido?
Lo que ocurre en ese momento es mucho más importante de lo que parece. Durante esta etapa, aproximadamente entre los doce y los veinticuatro meses, el niño atraviesa una transformación extraordinaria. Los sonidos dejan de ser únicamente una manifestación de su actividad corporal para convertirse, poco a poco, en herramientas capaces de representar personas, objetos, acciones y experiencias. El lenguaje comienza a abrirse paso.
La voz como un nuevo territorio de exploración
Sin embargo, antes de que aparezcan las primeras palabras reconocibles existe un largo período de exploración. Del mismo modo que el bebé descubrió las posibilidades de sus manos, de sus movimientos y de los objetos que lo rodeaban, también explora las posibilidades de su propia voz. Los sonidos se convierten en un nuevo territorio por descubrir. El niño prueba diferentes posiciones de la lengua, modifica la apertura de la boca, experimenta con la intensidad de las vocalizaciones y observa las consecuencias que producen esas acciones. Su voz se transforma en un instrumento de investigación tan fascinante como lo fue, meses atrás, una cuchara que caía al suelo o un juguete que producía un ruido inesperado.
Por esa razón, la repetición ocupa nuevamente un lugar central. El niño repite sílabas una y otra vez porque está aprendiendo. Cada repetición le permite perfeccionar movimientos, reconocer patrones y familiarizarse con las posibilidades sonoras de su propio cuerpo. Lo que para un adulto puede parecer una secuencia interminable de sonidos sin sentido constituye, en realidad, un complejo ejercicio de exploración y aprendizaje.
Imitar los sonidos de los demás también forma parte del aprendizaje
A medida que estas exploraciones se vuelven más frecuentes, aparece otro fenómeno de enorme importancia: la imitación vocal. El niño comienza a prestar una atención cada vez mayor a los sonidos que escucha en su entorno. Observa los movimientos de la boca de quienes le hablan, escucha entonaciones, ritmos y acentos, e intenta reproducirlos. No aprende el lenguaje estudiándolo, sino participando activamente en intercambios con otras personas. Cada conversación que escucha, cada canción, cada palabra repetida por quienes lo rodean se convierte en material para sus propios ensayos vocales.
La imitación cumple una función decisiva porque permite que las producciones sonoras del niño se aproximen progresivamente a los sonidos de la lengua que se habla a su alrededor. Los balbuceos comienzan a adquirir formas más estables. Algunas combinaciones aparecen con mayor frecuencia. Otras desaparecen. Poco a poco, empiezan a surgir expresiones que podemos reconocer.
Cuando un sonido se convierte en una palabra
Es entonces cuando aparecen las primeras palabras. Aunque suelen ser breves y muchas veces imperfectas, representan una conquista extraordinaria. Por primera vez, un sonido deja de ser solamente un sonido. Comienza a señalar algo. Puede referirse a una persona, a un objeto, a una necesidad o a una experiencia. Una palabra sencilla como “mamá“, encierra una revolución silenciosa: el descubrimiento de que ciertos sonidos pueden utilizarse para representar la realidad.
Este avance marca uno de los momentos más trascendentes del desarrollo temprano. El niño ya no se limita a actuar sobre el mundo ni a reaccionar ante lo que percibe con sus sentidos. Comienza a construir símbolos, descubre que algunos sonidos empiezan a significar algo. Una palabra deja de ser una simple secuencia de sonidos y comienza a representar una persona, un objeto o una situación. “Mamá” ya no es únicamente una combinación de sílabas agradables de pronunciar. Ahora señala a una persona concreta. “Agua” deja de ser un sonido repetido por los adultos para transformarse en algo que puede pedirse, señalarse o recordarse.
Por primera vez, el niño comprende que existe una relación estable entre una palabra y aquello a lo que se refiere. Detrás de este descubrimiento aparentemente sencillo se esconde una transformación cognitiva extraordinaria. El lenguaje comienza a funcionar como un sistema de representación de la realidad.
El momento en que el niño quiere poner nombre a todo
Una vez que el niño descubre esta posibilidad, suele aparecer una conducta que muchas familias conocen bien: el deseo de nombrarlo todo. Cada objeto parece convertirse en una invitación al lenguaje. Personas, animales, juguetes, alimentos, muebles y partes del cuerpo despiertan curiosidad y reclaman una denominación. El niño señala, pregunta, escucha y repite. Cada palabra nueva amplía su capacidad para organizar la experiencia y comprender el mundo que lo rodea.
Nombrar no consiste solamente en aprender vocabulario. También implica clasificar, diferenciar y establecer relaciones. Cuando un niño aprende la palabra “perro”, no incorpora únicamente un sonido nuevo. Comienza a reconocer características comunes entre distintos animales y a agrupar experiencias bajo una misma categoría. Las palabras se convierten progresivamente en herramientas para pensar. Gracias a ellas, la realidad deja de ser una sucesión caótica de estímulos y empieza a organizarse en conceptos cada vez más estables.
La función simbólica: cuando las palabras empiezan a representar el mundo
Es precisamente aquí donde aparece uno de los conceptos más importantes del desarrollo infantil: la función simbólica. Jean Piaget (1945/2006) utilizó esta expresión para describir la capacidad de representar mentalmente algo que no está presente. Antes de este momento, el pensamiento del niño dependía en gran medida de lo que podía ver, tocar o manipular directamente. Con el surgimiento de la función simbólica, la mente adquiere una nueva libertad. Ahora es posible pensar en un objeto ausente, recordar una experiencia pasada o anticipar una situación futura.
Las palabras constituyen una de las primeras manifestaciones de esta capacidad. Un niño puede hablar de su abuelo aunque no esté presente. Puede pedir un juguete que se encuentra en otra habitación. Puede recordar un paseo realizado días atrás. La representación ya no depende de la presencia física inmediata de aquello que se evoca. El lenguaje permite que las personas, los objetos y los acontecimientos continúen existiendo mentalmente aun cuando se encuentren fuera del alcance de los sentidos. Se trata de una revolución silenciosa, tan cotidiana que suele pasar inadvertida, pero decisiva para el desarrollo de la inteligencia, la imaginación y la vida social.
El papel de los adultos en la construcción del lenguaje
Cabe resaltar que en este proceso, los adultos desempeñamos un papel fundamental. El lenguaje no se desarrolla en soledad. Mucho antes de que el niño comprenda plenamente el significado de las palabras que pronuncia, las personas que lo rodean interpretan sus gestos, responden a sus vocalizaciones y atribuyen sentido a sus intentos de comunicación. Un sonido aislado puede convertirse en una palabra porque alguien lo escucha, lo comprende y responde a él como si tuviera significado.
Cuando un bebé pronuncia una sílaba y un adulto sonríe, se está produciendo algo más que un intercambio afectivo. Como señaló Lev Vygotsky (1934/2010), el lenguaje tiene un origen profundamente social: los significados no brotan del niño de forma aislada, sino que se co-construyen en la interacción. A través de miles de interacciones cotidianas, el niño descubre que ciertas palabras parecen referirse siempre a las mismas cosas. Poco a poco, el lenguaje deja de ser un juego de sonidos para convertirse en una herramienta de representación y comunicación. Los adultos no enseñamos únicamente palabras; ayudamos a construir el universo de significados que esas palabras contienen.
Del juego con los sonidos al pensamiento simbólico
Desde los primeros jugueteos con balbuceos sin sentido hasta las primeras palabras, el desarrollo del lenguaje constituye mucho más que la adquisición de una habilidad comunicativa. A través de la exploración vocal, la repetición de sonidos, la imitación y el intercambio con los adultos, el niño descubre que ciertos sonidos pueden representar personas, objetos, acciones y experiencias. Lo que comenzó como un juego con la propia voz se transforma gradualmente en una nueva manera de comprender y organizar la realidad.
De esta manera, las palabras se convierten en símbolos capaces de representar el mundo más allá de la experiencia inmediata. Este avance prepara el terreno para una transformación aún más sorprendente. Una vez que el niño descubre que una palabra puede representar un caballo, también podrá imaginar que una escoba lo es. Ya no utilizará los símbolos únicamente para nombrar la realidad. Comenzará a transformarla mediante el juego. Y así hará su aparición una de las expresiones más fascinantes de la infancia: el juego simbólico.
▼ Recursos Adicionales
Bibliografía Relevante:
Piaget, J. (2006). La formación del símbolo en el niño: Imitación, juego y sueño. Imagen y representación (2.ª ed.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1945).
Piaget, J. (2006). El nacimiento de la inteligencia en el niño. Crítica. (Obra original publicada en 1936).
Vygotsky, L. S. (2010). Pensamiento y lenguaje. Paidós. (Obra original publicada en 1934).
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