Corregulación
Somos seres emocionales, de esto no hay ninguna duda, y aunque a veces nos cuesta, los adultos nos esforzamos por regular nuestras emociones porque esta es la única forma de poder sostener vínculos saludables, ya sea a los familiares, los de pareja, laborales y amistades. No obstante, sabemos que la autoregulación no es algo innato, sino que lo vamos aprendiendo (en el mejor de los casos) a medida que vamos creciendo en contacto con nuestro entorno.
Ahora bien, cuando hablamos de autorregulación nos referimos a lo que sucede cuando uno mismo gestiona sus propias emociones. Este es un tema que hemos abordado en otras ocasiones y del que siempre hemos resaltado la importancia de comenzar a trabajarlo desde la infancia más temprana. Aquí, en cambio, vamos a hablar de ese momento en el que un amigo, un familiar, un compañero de trabajo, nos separa de alguien con quien estamos teniendo un conflicto e intenta calmarnos. Este acto de calma que se produce entre dos personas que es mutuo, se conoce como corregulación.
Quizás es algo más cotidiano de lo que uno puede imaginar, porque lo cierto es que, entre las personas, las emociones se suelen transmitir y contagiar. No es extraño que cuando vemos a un niño angustiado, nosotros nos angustiemos, o que si un hijo nos cuenta que está enojado porque alguien lo maltrató, nosotros nos enojemos también. Así como las emociones se contagian, también la calma la podemos encontrar en conjunto con alguien más.
Como bien sabemos, los desbordes emocionales suelen acarrear problemáticas que nada tienen que ver con la situación. Cuando se produce la desregulación, por lo general hacemos y decimos aquellas cosas que no queríamos ni hacer ni decir, pero ya no tenemos el control y lo que habla por nosotros es la emoción. Por esta razón, cuando es entre dos adultos, la corregulación se utiliza como una forma de ayudar a que la otra persona no cometa un error.
Cuando esta forma de regulación interpersonal mutua se da entre un adulto y un niño, además se está enseñando al pequeño a desarrollar una adecuada gestión de sus propias emociones. Pero es importante remarcar que la corregulación sí o sí parte de la autorregulación. Para poder prestar calma a nuestro hijo, primero debemos ser capaces de poder conseguirla por nosotros mismos.
Veamos un ejemplo:

El primer paso es poder identificar los desencadenantes de nuestras emociones. Sabemos que la respuesta de nuestro hijo nos va a molestar, y ya podemos anticipar que esa molestia nos va a conducir a imponernos, y esto a una discusión innecesaria y evitable si simplemente nos preparamos desde antes de recibir la molesta respuesta de nuestro hijo. Identificado el desencadenante, (ese “ya voy”) se ponen en marcha estrategias de regulación; una de ellas puede ser simplemente respirar profundo y exhalar muy lentamente. Esto nos va a dar tiempo para racionalizar, y pensar una forma más adecuada de reaccionar, que evite la confrontación.
El siguiente paso es conocer nuestra respuesta a ese desencadenante. En nuestro ejemplo, nuestra respuesta sería el grito, la lucha. Otras posibles respuestas son quizás la huida, la inmovilidad, y la adulación. La huida es cuando uno tiende a alejarse, no confronta. La inmovilidad es ese momento en el que nos quedamos absolutamente bloqueados sin saber qué hacer. Y, finalmente, la adulación es cuando hacemos lo que sea con tal de no confrontar. Este tipo de respuestas tienden a repetirse, incluso suelen enquistarse de manera que con el tiempo comenzamos a responder siempre de la misma manera, siempre con un grito.
Una vez que conocemos los detonantes y las respuestas en nosotros mismos, vamos a ser capaces de detectarlas en nuestros hijos, amigos, familia, compañeros de trabajo etcétera. Por eso insistimos en que la corregulación parte de la autorregulación del autoconocimiento del trabajo en uno mismo.
Vamos a mencionar algunas estrategias de corregulación que suelen funcionar muy bien tanto con adultos como con niños:
Ponerse a su altura: esto implica colocarnos a una altura similar en cuanto al espacio, es decir, si la persona está llorando acuclillada en el piso, o está sentada, vamos a ponernos a su altura, ubicándonos en una posición similar que nos permita poder mirarnos a los ojos.
Poner en palabras lo que siente: es importante que la persona ofuscada pueda reconocer sus emociones, en el caso de un niño, podemos nosotros decirle, por ejemplo “yo sé que estás enojado” y por supuesto, validar la emoción.
Hablar en un tono de voz tranquilo y calmado: en todo momento debemos evitar el grito. Ya vimos que no conduce a nada bueno, por lo que no nos servirá de nada si buscamos calmar al otro. Nuestras palabras deben ser efectivas. Un tono suave y comprensivo da lugar a que la emoción se aplaque y la mente retome el control
Contacto físico: En el contacto físico se libera oxitocina que es una sustancia que provoca bienestar. Por esta razón a veces tomar la mano de la persona ofuscada, puede transmitir esa sensación agradable que permita recobrar poco a poco la capacidad de gestionar la emoción. Abrazar fuertemente, puede ser útil para refrenar desbordes de agresión o de tristeza. Apoyar la mano en el pecho, y respirar juntos, suele ser útil también.
Ejercicio de relajación: a veces las personas conocen algún que otro ejercicio de relajación, y en esos momentos críticos es muy buena idea practicarlos juntos. De no ser así, lo más recomendable es la respiración profunda. Respirar profundamente y exhalar con lentitud permite recuperar la calma.
Cuando se trata de niños nosotros como adultos padres cuidadores docentes, estamos prestando nuestro conocimiento, nuestra psiquis, nuestras habilidades, para que el pequeño pueda aprender a desarrollar las propias. No debemos olvidar que ellos aprenden de lo que ven de nosotros.

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