Soy maestro de John W. Schlatter

Soy maestro  de John W. Schlatter

Soy Maestro.

Nací en el primer momento en que surgió una pregunta en la boca de un niño. He sido muchas personas en muchos lugares. Soy Sócrates que incita a los jóvenes de Atenas a descubrir nuevas ideas a través de sus preguntas. Soy Anne Sullivan que transmite los secretos del universo a la mano extendida de Helen Keller. Soy Esopo y Hans Christian Andersen que revelan la verdad a través de innumerables cuentos.

Soy Marva Collins que lucha por el derecho de todos los niños a la educación. Los nombres de quienes ejercieron mi profesión suenan como un teatro de la fama para la humanidad: Buda, Confucio, Ralph Waldo Emerson, Mahatma Gandhi, Moisés y Jesús.

Yo soy también de aquellos cuyos nombres y caras han sido olvidados hace mucho pero cuyas lecciones y cuyo carácter siempre serán recordados en los logros de sus alumnos.

He llorado de alegría en los casamientos de ex alumnos, he reído con júbilo por el nacimiento de sus hijos y he estado de pie, dolorido y confundido, con la cabeza inclinada junto a tumbas cavadas demasiado pronto para cuerpos demasiado jóvenes.

En el transcurso de un día me han llamado para ser actor, amigo, enfermera y médico, entrenador, buscador de artículos perdidos, prestamista, taxista, psicólogo, padre adoptivo, vendedor, político y misionero.

Pese a los mapas, cuadros, fórmulas, verbos, historias y libros, no he tenido nada que enseñar, pues mis alumnos se tienen a sí mismos para aprender y sé lo difícil que es llegar a saber quiénes somos.

Soy una paradoja. Cuanto más escucho, más fuerte hablo. Mis mayores dones se encuentran en lo que estoy dispuesto a recibir agradecido de mis alumnos. La riqueza material no es una de mis metas, pero soy un permanente buscador de tesoros en mi ansia de encontrar nuevas oportunidades para que mis alumnos usen sus talentos y en mi constante búsqueda de esos talentos que a veces están sepultados en el derrotismo.

Soy el más afortunado de todos los trabajadores. Un médico puede traer vida al mundo en un momento mágico. Yo puedo ver renacer esa vida todos los días con nuevas preguntas, ideas y amistades. 

Un arquitecto sabe que, si construye con esmero, su edificio puede mantenerse durante siglos. Un maestro sabe que si construye con amor y verdad, lo que construye durará para siempre.

Soy un guerrero que batalla todos los días contra la presión de los pares, la negatividad, el miedo, la conformidad, el prejuicio, la ignorancia y la apatía. Pero tengo grandes aliados: la inteligencia, la curiosidad, el apoyo paterno, la individualidad, la creatividad, la fe, el amor, y la risa que agitan mi bandera con resistencia indómita.

Y a quién debo agradecer esta vida magnífica que tengo la fortuna de vivir, sino a ustedes, el público, los padres. Pues me han hecho el gran honor de confiarme su mayor contribución a la eternidad, sus hijos. 

Y es así como tengo un pasado lleno de recuerdos. Tengo un presente exigente, aventurero y divertido porque puedo pasar mis días con el futuro. 

Soy maestro… y todos los días se lo agradezco a Dios.

John W. Schlatter

Fragmento del libro: 
Chocolate caliente para el alma 
de Jack Canfield y Mark Victor Hansen




Reflexión

Esta historia nos recuerda la magnitud y profundidad del impacto de un maestro. Su labor trasciende el aula y el contenido académico, tocando las fibras más esenciales de la humanidad. Un maestro no es solo quien enseña, sino quien guía, inspira y abre puertas hacia el descubrimiento personal. Más allá de transmitir conocimientos, su verdadera misión es ayudar a los alumnos a encontrarse a sí mismos, a reconocer su valor y a desarrollar los talentos que marcarán su vida y la de quienes los rodean.

El legado de un maestro es invisible, pero eterno. No construyen monumentos físicos, sino corazones y mentes que transforman el mundo. Aunque sus nombres y rostros puedan olvidarse, sus enseñanzas viven en los logros, valores y sueños de aquellos a quienes acompañaron en su camino.

Ser maestro es mucho más que una profesión; es una vocación que exige amor, paciencia, creatividad y el compromiso de enfrentar retos constantes. Cada día, un maestro siembra semillas de curiosidad, esperanza y fortaleza en quienes serán el futuro de la humanidad. Y, aunque esta labor no siempre recibe el reconocimiento que merece, su impacto es profundo y duradero.

Por último, esta historia también nos enseña que la relación entre maestro y alumno es un intercambio constante. Los alumnos no solo aprenden, sino que también enriquecen y transforman a quienes tienen el privilegio de guiarlos. Porque ser maestro es, en esencia, un acto de entrega, un compromiso con la humanidad y un recordatorio de que el verdadero aprendizaje sucede en ambas direcciones.

El maestro no solo trabaja con el presente, sino que moldea el futuro. Y ese es, quizás, el mayor privilegio y la mayor responsabilidad de todas.




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