Sobre pensar demasiado

Sobre pensar demasiado
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Desde niños nos acostumbran a “pensar”. Pensar antes de decir algo, pensar cómo se sintió el otro, pensar en lo que hicimos… en fin… todo es pensar. Y pareciera que es algo muy positivo que puede sacarnos de problemas y darnos la solución a las cosas. Entonces, crecemos inmersos en esa creencia, pero sucede que cuando llegamos a ser adultos, con situaciones problemáticas más complejas cuyo abordaje de pronto nos resulta bastante desalentador, nos damos cuenta de que, en ocasiones, por más que pensemos una y otra vez, la solución no aparece y nos sentimos cada vez peor. 

Decimos o escuchamos decir cosas como: Pienso, pienso y pienso cómo resolverlo, pero no parece haber una salida”.

Estamos enfocados en el problema, y lo pensamos todo el tiempo. Vemos que el problema no se resuelve, incluso que se va agravando, y más aún nos enfocamos en él. Comienzan a surgir una serie de pensamientos inútiles que no conducen a ningún lado y que por lo general no están vinculados ni al problema en cuestión, ni a la solución. Nos desvelamos intentando encontrarle la vuelta. Perdemos el apetito, o la ansiedad que tenemos nos lleva a comer demasiado. No podemos concentrarnos en nada que no sea ese problema. Estamos cansados todo el tiempo, despertamos ya cansados.

La cabeza me va a estallar

Cuando sentimos que la cabeza nos va a estallar, acudimos a alguien, amigos, padres, psicólogos, quien sea que pueda ayudarnos con nuestro problema. Pero es aquí cuando nos damos cuenta que el problema cambió. Nuestro problema ya no es más esa situación conflictiva que atravesamos y requiere solución, comenzamos a escuchar que nuestro problema es que pensamos demasiado.

Lo que suele suceder en estos casos es que pensamos demasiado en el problema, en lugar de pensar las soluciones. Pensamos en abarcar todas las posibilidades, con la certeza de que de esa manera seremos capaces de tomar la mejor decisión. Analizamos todos los escenarios posibles y las diferentes alternativas. Nos vamos perdiendo en posibilidades incluso inviables, pero que “por si acaso” las consideramos también. Y así, perdemos tiempo, energía y fundamentalmente, salud.

Depresión, ansiedad, insomnio, concentración trastornos alimenticios… ¡estrés!

Llegados a este punto, descubrimos que algo tan inocuo como el “pensar” puede afectar la salud. La explicación es que todos los excesos son nocivos, y nos afectan de forma negativa, y el exceso de pensamiento no es la excepción. De hecho, la tendencia a pensar demasiado suele estar relacionada con trastornos como depresión y ansiedad, pero también acarrea problemas para dormir, para concentrarse, y puede causar también trastornos alimenticios, como así también elevar seriamente los niveles de estrés.

Las personas que piensan demasiado por lo general presentan signos característicos, por ejemplo: suelen perder de vista el momento que viven, porque están enfocados en problemas pasados o futuros. Parece que no pueden dejar de pensar en algún hecho acaecido que les implicó mucho malestar, y lo piensan permanentemente, reviviendo ese mismo malestar una y otra vez. También pueden quedar atrapados en buscar las razones que causaron algún hecho o algún dicho: “¿por qué paso esto?” o bien “¿por qué me dijo eso?”, este tipo de cuestionamiento busca indagar en lo que se oculta detrás de lo ocurrido. Encontramos también, que otra de las tendencias es a enquistarse en errores cometidos, o en conversaciones sostenidas, buscando mejores formas en las que se hubiera podido manejar la situación. Son las veces en que decimos luego de un tiempo de haber discutido con alguien “Le tendría que haber dicho tal o cual cosa”. Finalmente, una de las implicancias que quizás más afectan a estas personas es la dificultad en la toma de decisiones, al sobrepensar tanto las cosas, las decisiones se demoran y muchas veces, son erróneas.

Es importante resaltar que cuando nuestro nombre de guerra es algo así como “Mucho Pensar” es hora de hacer algo para cambiar las cosas, porque pasar mucho tiempo sumidos en nuestros pensamientos nos abstrae de la realidad y permanecemos en un constante ir y venir en devaneos mentales que en nada contribuyen a alcanzar los objetivos que podamos tener. La buena noticia es que es posible revertir esta situación, siempre que se tome consciencia de que tenemos un problema. Esto implica reconocer que estamos pensando demasiado y que ese no es el camino que nos llevará a solucionar las cosas, o mejor dicho a tener una mejor calidad de vida.

Parece simple pero no lo es tanto…

Cuando nos damos cuenta que estamos demasiado sumergidos en nuestros pensamientos, y que no estamos llegando a ningún lado, lo mejor es dejar de pensar. Suena sencillo, pero en realidad, para muchas personas no lo es. Para lograrlo, lo recomendable es enfocarnos en algo diferente, que capture la atención, y nos proporcione satisfacción, algo que nos guste hacer. Otra de las posibilidades que tenemos, es lo que se conoce como el “metapensamiento” y se refiere a pensar acerca de lo que estamos pensando, someter esa idea que nos encapsula en nuestra mente, al raciocinio. Para esto debemos tener cierta práctica reflexiva que nos impida volver a perdernos y nos ayude a reducir la incidencia de estas ideas en nuestra línea de pensamiento. Por sobre todas las cosas, es importante enfocarnos en el presente, es decir, en lo que estamos viviendo aquí y ahora, en quienes tenemos alrededor, en qué cosas estamos haciendo. Esto también resulta útil a la hora de “dejar de pensar”.

Como siempre decimos, a veces se nos hace muy difícil lograrlo por nosotros mismos, y en estos casos es necesario consultar con un profesional. Un psicólogo puede guiarnos en el cambio de hábito y darnos herramientas para manejar de forma adecuada las situaciones problemáticas y aprender a pensar de manera sana y útil, dejando de lado las ideas intrusivas. Algunas de las técnicas que se suelen sugerir son meditación y mindfulness.

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