¡Por fin soy libre!

¡Por fin soy libre!
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¡Por fin soy libre!

¡Limpia !

Sonó esa voz rasgando el silencio que me rodeaba. Miré alrededor, pero no había nadie. Estaba sola.

¡Limpia! ¡Limpia!¡Limpia!

Un frío impertérrito me atravesó y por unos segundos fui incapaz de reaccionar.

¿De dónde salía esa voz? Mi garganta que se sentía acartonada y sedienta, era incapaz de articular palabra alguna.

Cerré los ojos, respiré profundamente y solté el aire lo más despacio que pude. Me sentía hervir. Mi cabeza era incapaz de pensar, bloqueada, dolorida, pulsando a ritmo de redoble de tambores marcados por el pulso acelerado de mi corazón.

Contemplé el termómetro – treinta y ocho y medio. No recuerdo la última vez que tuve esa temperatura, pero sentía que todo mi interior era fuego y me abrasaba.

¡Te he dicho que limpies!

Y un pellizco lacerante surcó mi abdomen. Me doblé y caí de rodillas al suelo sujetándolo. El dolor era insoportable. Todo mi cuerpo estaba reaccionando con absoluta violencia y me resultaba imposible controlar los impulsos.

¡Maldita sea! Mi cuerpo estaba realmente cabreado y mientras se liberaba en el WC de todo lo que le sobraba, en mi mente había una sucesión de pensamientos a modo de película de los acontecimientos de los últimos días.

Mi cuerpo era más sabio que yo, se liberó de un enfado que ni siquiera sabía que tenía.

Se liberó de todas las batallas que hubo en mi mente cuando recibí un email de mi esposo desde un correo equivocado.

Se liberó de todas las trampas que mis pensamientos me pusieron. 

Se liberó de mi desesperación. Se liberó de la decepción, de las inquietudes, los miedos  y la irritación.

¡Por fin soy libre!



Reflexión:

En muchas ocasiones nuestra mente está tan encorsetada por formas de pensamiento encapsuladas en el rigor emocional, en estructuras que se cargan sobre uno mismo desde siempre y no somos conscientes de ello. Es entonces, cuando no somos capaces de ver con claridad, que  nuestro cuerpo toma el control y con el lenguaje de sus dolencias  nos da mensajes a gritos forzados para que de una vez entendamos que debemos cambiar algo.

El daño no está fuera, aunque el detonante llegue de ahí.

Y a veces aceptar una verdad, o aceptar la necesidad de cambiar algo, es muy obvio para el observador de fuera, pero no para nosotros.

Si la vida nos para, necesariamente debemos preguntarnos ¿Por qué? ¿Qué debo ver?¿De qué cosa no estoy siendo consciente? Hacernos tantas preguntas como seamos capaces hasta que de alguna forma, sean propias respuestas, esas que siempre están en nosotros pero que nuestra mente ignora, las que nos lleven a nuestra gran verdad.

Que luego elijamos cambiar o no… es otra historia.



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