Las lágrimas del cazador dormido

Las lágrimas del cazador dormido

Las lágrimas del cazador dormido

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

En los tiempos antiguos, cuando los animales y los hombres todavía compartían los senderos de la sabana, vivía un cazador famoso por algo que ninguno admiraba: su desgano. Tenía fuerza, tenía armas, tenía juventud…y mucho talento. Lo único que no tenía eran ganas. Prefería tumbarse bajo la sombra inmensa de un baobab y dejar que el día pasara como un río manso que no exige nada.

Una tarde vio avanzar un rebaño de gacelas. Tenía el hambre clavada en el estómago, pero ni así se movió. Las dejó ir, decidido a no gastar un solo músculo. Desde donde estaba alcanzó a ver al guepardo oculto entre los yuyos. El felino se lanzó con precisión, atrapó a la gacela rezagada y desapareció entre los matorrales, cargando su presa con la seguridad del que se ganó el bocado.

El cazador se incorporó apenas lo necesario para observar. “Ahí está”, pensó. “Ese animal hace lo mismo que yo. Si tuviera uno a mi lado, jamás volvería a cansarme”. La idea le sonó tan cómoda, tan adecuada a su flojera, que la aceptó sin remordimientos.

Siguió al bicho hasta su cueva y observó que tenía una camada de tres crías. Sonrió al pensar que se llevaría un cachorro y lo entrenaría para que cace para él. Esperó hasta que la hembra guepardo se alejó de nuevo en busca de alimento. Se acercó a la madriguera y encontró a los tres cachorros torpes, acurrucados. No quiso elegir; elegir también era un esfuerzo. Los tomó a los tres y se los llevó, imaginando ya un futuro sin trabajo.

Cuando la madre regresó y encontró el refugio vacío, su dolor sacudió la llanura. El lamento brotó desde el fondo de su cuerpo y las lágrimas, espesas y oscuras, dejaron dos surcos que ennegrecieron su rostro. Los ancianos del poblado, guardianes de las leyes antiguas, escucharon ese llanto y fueron al encuentro del animal. Uno de ellos, con el don de entender a las criaturas de la sabana, supo de inmediato lo que había ocurrido.

Indignados, recorrieron el poblado hasta dar con el cazador dormido junto a los cachorros robados. Ninguno recordaba una falta semejante. Cazar era un acto sagrado que exigía esfuerzo, respeto y honor. Robar los cachorros de un animal que trabajaba para alimentar a sus crías era quebrar el equilibrio del mundo. Lo expulsaron sin mirarlo a los ojos.

La madre guepardo recuperó a sus pequeños, pero esos surcos negros marcados por las lágrimas, quedaron adheridos a su piel, y desde entonces todos los guepardos nacen con esas marcas, como un recordatorio del precio que paga quien destruye el trabajo ajeno.

Reflexión final

La leyenda desnuda el rostro real de la pereza: no es simplemente quedarse quieto, sino dejar que el propio desgaste lo paguen los otros. El cazador no solo arruinó su vida; alteró la de una madre, la de sus crías y la armonía de toda la comunidad. La pereza, cuando se vuelve costumbre, no se limita a retrasarnos: nos vuelve injustos. Quien evita el esfuerzo genera desequilibrio, carga su peso sobre los demás y rompe vínculos que después no se reparan. La historia nos recuerda que trabajar, aunque cueste, mantiene vivo el orden del que dependemos todos.

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