La vida que se escapa
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
Ella había pasado los cuarenta y se movía por la casa como si cada paso la empujara un centímetro más lejos de lo que alguna vez quiso. La rutina era una plancha caliente: siempre encima, siempre quemando. El trabajo no daba tregua, la familia exigía más de lo que podía dar, y ese cansancio viejo empezaba a transformarse en rabia muda.
Entonces apareció él. Comenzó a verlo en el viaje. Iba con sus auriculares, escuchando música y a veces cantaba. Ella lo veía tan libre, tan feliz.
Por su aspecto estaba en sus veinte, sonriente, liviano, las únicas mochilas que parecía cargar eran las de viajero. La segunda vez que se vieron él la saludó. Ella respondió el saludo. Unos días después volvieron a encontrarse y él se acercó a ella. Conversaron. Por alguna razón ella regresaba mucho más distendida a su casa. Como si las tensiones del trabajo se quedaran diluidas en las charlas del viaje.
Pronto ella comenzó a notar ansiaba que pasara el fin de semana para verlo. Aún cuando no sabía cuando se cruzaría con él. Y cuando aparecía, su corazón latía muy rápido. Esa tarde en el viaje de vuelta, le comentó que había estado de viaje. Viajaba cuando quería, trabajaba cuando le interesaba, vivía sin preocupaciones ni dar cuentas a nadie. Ese contraste la partió al medio.
Así como así, él la invitó a un viaje y ella, por primera vez en años, no pidió perdón por querer algo distinto. Lo pensó, pero no se atrevió.
—Quizás la próxima vez.
El problema fue que la próxima vez llegó antes de lo que ella hubiera imaginado. Era un viaje a las sierras. Estaba tan fascinada con la idea que respiró profundo y habló con su esposo. Le dijo lo que sentía y que necesitaba irse un fin de semana. Y se fue.
El marido no supo qué decir.
Por supuesto intentó hacerla desistir, pero no hubo caso. Ella estaba determinada y él se esforzó por comprender. El fin de semana se estiró. El lunes llamó y dijo que se quedaría unos días más. Él habló con su jefe y cambió los horarios, para poder llevar a los chicos a la escuela. Pudo también acomodar algunas horas a la semana en homeoffice. No era fácil encargarse de la casa y del trabajo, podía comprender a su esposa, pero también había aprendido a acercarse a los niños y disfrutarlos mucho más.
Llegado el siguiente fin de semana, ella volvió a llamar y avisar que demoraría un tiempo más. Terminó atrapada por la vida desordenada y luminosa del muchacho. Dormían donde caía la noche, desayunaban en estaciones de servicio, caminaban sin rumbo, cambiaban de ciudad como quien cambia de canción. Ella se sintió joven otra vez, o creyó sentirse así. Pero el vértigo, tarde o temprano, siempre pasa factura.
Unos meses después empezó a extrañar de verdad. La risa de sus hijos, el olor de su casa, el silencio de la noche cuando todos dormían. La libertad, sin raíces, se le volvió un mareo. Y entendió que necesitaba esa estabilidad que la rutina le proporcionaba.
Cuando volvió, su esposo abrió la puerta con una calma imperturbable. Los chicos estaban en la escuela, la casa impecable, la mesa ordenada. Cada cosa en su lugar, salvo ella. Tuvo la sensación de que ya no era su lugar, pero ansiaba más que nada permanecer en ese lugar.
Ella quiso hablar.
Él no dijo nada. Ella dijo que quería volver, que ya estaba mejor, que había respirado lo que tenía que respirar, y que extrañaba terriblemente a la familia. Él escuchó sin interrumpir, sin furia, sin reproches. Con una calma que había logrado conseguir luego de noches de llanto y desesperación.
—Los niños también te extrañan —dijo él.
Ella sonrió.
—Lo mejor es organizar un régimen de visitas.
La sonrisa desapareció de pronto. Sintió cómo se le desmoronaba algo adentro. Preguntó, casi en un susurro que le salió desde lo más hondo.
—¿Visitas? Quiero quedarme en casa.
—Esta ya no es tu casa.
—¿Hay alguien más? —preguntó ella quebrada.
Él la miró con una serenidad que dolía más que cualquier grito.
—Sí —respondió—. La persona que metiste entre nosotros.
Él no dijo nada más. No hacía falta. Ella entendió que la herida no había venido de afuera. Que el tercero, el verdadero, no era un muchacho viajero sino esa parte de sí misma que se había alejado mucho antes del primer paso hacia la puerta.
Ahora la libertad sabía a otra cosa. Sabía a soledad. Tenía que buscar un nuevo trabajo, una casa. Tenía que empezar de nuevo, y recuperar a sus hijos. Mientras caminaba por calles que habían sido suyas por tantos años y ahora le resultaban ajenas, se preguntó qué había de malo en su vida para dejarla de lado así como así. En ese instante hubiera dado la vida por regresar a aquel momento en tren y decir no.
© 2021–2026 Benicio de Seeonee. Obra publicada bajo licencia Creative Commons BY-NC-ND 4.0 Internacional .
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