Otra forma de ver

Otra forma de ver

Otra forma de ver

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Hay personas que pintan lo que ven. Otras pintan lo que sienten. Y algunas, más raras todavía, pintan lo que les dijeron que existe. 

Ella era ciega. No de esas cegueras metafóricas que tanto nos gustan para explicar el mundo, sino ciega de verdad. De nacimiento. Nunca había visto una flor, pero las había tenido en sus manos. Nunca había visto un árbol, pero había abrazado varios. 

No había visto un color, ni una forma completa, ni una línea cerrada. Sin embargo, quería pintar porque sentía la necesidad concreta de hacerlo, del mismo modo en que otros necesitan escribir o tocar un instrumento.

Aprendió a construir las formas con el tacto. Usaba pinturas espesas, capas gruesas, relieves que le permitían recorrer el cuadro con los dedos. Así sabía dónde empezaba y terminaba una figura, dónde había un borde, dónde un vacío. La imagen se armaba lentamente bajo las manos. El verdadero problema eran los colores.

Para ella, no se trataba de una experiencia visual como para los demás. Era mucho más profundo, un significado. Por ejemplo, “rojo” era una palabra cargada de historias ajenas. Le habían dicho que el rojo era fuego, sangre, peligro, deseo. El azul era frío, distancia, noche tranquila. El verde, crecimiento, permiso, descanso. Cada color era un acuerdo social, una definición aprendida, una convención repetida hasta volverse verdad. Abstracciones que en su mente tomaban la forma de aquello que nunca había visto. 

Cuando elegía un color, no lo hacía porque “le gustara”. Elegía por sentido. Pintaba un cielo azul si pensaba en la noche, porque así se lo habían explicado, no porque lo reconociera. Pintaba un campo verde porque le dijeron que ahí la vista descansa. Su obra no reproducía el mundo: lo interpretaba.

Mientras tanto, nosotros —los que vemos— rara vez nos detenemos a pensar cuánto de lo que miramos es realmente percepción y cuánto es costumbre. Creemos elegir colores libremente, pero casi siempre obedecemos sin saberlo. Casas con techos rojos, flores con tallos verdes y pétalos amarillos. Aún cuando podemos ver ante nosotros que la realidad no se ajusta sistemáticamente a los estereotipos, asociamos, repetimos, aceptamos. Pintamos con una seguridad heredada.

Ella, en cambio, plasmaba en el lienzo el significado de las palabras que para nosotros son puras imágenes. No había un “así se ve”, había un “así se entiende”.

Tal vez por eso, la primera vez que expuso sus cuadros, en ningún momento se dijo que la artista era ciega. Fue una estrategia que admitió críticas de todo tipo. Curiosamente, todas fueron positivas, cargadas de admiración. Observaron la textura de cada obra, la elección de color. Eran cuadros honestos, aunque no realistas en el sentido estricto de la palabra. Aunque para ella sí lo eran. 

Pero todos ellos mostraban algo que preferimos olvidar: que gran parte de nuestra manera de ver el mundo no nace en los ojos, sino en lo que otros nos enseñaron a mirar. Sus obras de arte enseñaban otra forma de ver.

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