Me perteneces
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
Como cada mañana, salió a correr por el sendero acostumbrado. Escuchaba música y su cabeza estaba ocupada en asuntos menores, cuando algo alteró el ritmo habitual de la calle. Fue un resplandor que le llamó la atención.
Venía de la esquina de la avenida.
Al principio dudó, pero la curiosidad fue más fuerte. Se acercó al trote. Era una esquina muy transitada, los autos pasaban y los autobuses. La gente que se acercaba a comprar. Pero aún era muy temprano para todo ese movimiento. No había gente alrededor, y cuando llegó al lugar, ya ni autos pasaban.
Algo agitado caminó hacia un arbusto del que parecía provenir el resplandor. Allí había una enorme roca dorada que reflejaba la luz de la mañana con una intensidad difícil de ignorar. Era imponente, pesada, casi indecente en su brillo. ¿Cómo habría llegado eso ahí? ¿Acaso nadie la había visto? ¿ Y dónde está todo el mundo? Se preguntó.
Miró alrededor. El lugar estaba vacío, como si aquello hubiese aparecido sólo para él. Se acercó con cautela, primero por curiosidad, después con una mezcla de deseo y sospecha. Apoyó la mano algo temblorosa. Estaba fría y húmeda, era sólida, real. No había duda: era oro. Una forma entera, compacta, perfecta.
Pensó en retirarse. Pensó, también, en lo absurdo que era dejar algo así abandonado. Volvió a mirar alrededor. El silencio parecía aprobarlo. Con esfuerzo, la hizo rodar para apartarla del arbusto y al ver sus dimensiones consideró que podría con ella. Aún si con sus brazos no alcanzaba a rodearla, la levantó y empezó a caminar de regreso a su casa. En verdad pesaba mucho, cada paso le exigía más que el anterior, pero no aflojaba. Había algo en esa carga que lo obligaba a seguir.
Se cruzó con un par de personas que no pusieron atención en él. Llegó a su casa y empujó la puerta. Apenas entró volvió a cerrarla. Hizo a un lado los muebles y dejó la roca en el centro de la sala. Se sentó frente a ella, exhausto y la contempló largo rato.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo le pertenecía. Era suyo. Solo suyo. Esa idea lo puso en alerta. Pensó en proteger la roca, esconderla. Pensó que quizás algunas de las personas que sabían que él tenía ese tesoro, podría intentar quitárselo. Pensó, incluso, en cómo defenderlo.
Cuando se dio cuenta, el tiempo había pasado casi abruptamente y tenía que bañarse para ir a trabajar. Pero cuando tomó las llaves, ya listo, notó que no podía irse. No quería. Si se alejaba, alguien podría entrar en su casa y quitársela.
Tomó el teléfono y avisó que no iría, que no se sentía bien.
Esa noche llegó a la conclusión de que si dormía, debía hacerlo allí. La idea de dejar la roca sola le resultó insoportable. De pronto, todo a su alrededor comenzó a generarle desconfianza. Escuchaba ruidos que antes no existían. Calculaba distancias. Medía amenazas. La roca seguía inmóvil en el centro de la sala, pero él ya no lo estaba.
Y así, mientras se convencía de haber encontrado algo valioso, había empezado a perder algo más difícil de recuperar. Porque en el mismo instante en que dijo “esto me pertenece”, algo, sin palabras ni resistencia, respondió: “entonces, tú me perteneces también”.
Un día, sintió hambre, pero ya no quedaba nada en la casa. Miró la roca. No podía dejarla para ir al mercado.
© 2021–2026 Benicio de Seeonee. Obra publicada bajo licencia Creative Commons BY-NC-ND 4.0 Internacional .
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