Autoestima contingente: qué es y de qué depende

Autoestima contingente: qué es y de qué depende

Autoestima y autoconcepto: en qué se diferencian

Cuando hablamos de autoestima en el lenguaje cotidiano solemos referirnos a la valoración que una persona hace de sí misma: cuánto se aprecia, cuánto reconoce sus capacidades, cómo se siente con respecto a su aspecto, a sus decisiones, a sus vínculos y, en términos generales, qué lugar cree ocupar entre los demás. En las redes sociales, el concepto aparece con frecuencia reducido a expresiones como «tienes que aprender a valorarte», «si no te amas, nadie va a hacerlo por ti» o «trabaja en tu autoestima», como si se tratara de una cualidad que pudiera aumentarse mediante una decisión voluntaria.

La American Psychological Association define la autoestima como «el grado en que las cualidades y características contenidas en el autoconcepto de una persona son percibidas como positivas». La definición incluye la imagen física, la percepción de los propios logros y capacidades, los valores y la percepción del éxito en relación con ellos, así como la manera en que otras personas perciben y responden a esa persona (American Psychological Association, 2023).

Para comprender mejor el concepto es necesario diferenciar autoestima de autoconcepto, dos términos que suelen utilizarse como sinónimos aunque describen procesos diferentes. El autoconcepto tiene que ver, de manera general, con la representación que una persona construye acerca de sí misma: «soy una persona reservada», «me considero responsable», «soy malo para las matemáticas». La autoestima incorpora una dimensión valorativa: no solamente importa cómo me describo, sino qué valor atribuyo a aquello que reconozco en mí. Una persona puede considerarse tímida y aceptar esa característica como parte de su personalidad sin experimentar por ello una disminución de su propio valor; otra puede describirse exactamente del mismo modo y concluir que su timidez demuestra que es inferior, poco interesante o incapaz de relacionarse.

Cómo se forma la autoestima y las condiciones de valor

La valoración que una persona hace de sí misma tiene una historia. No aparece completamente formada ni depende exclusivamente de una decisión consciente, sino que se desarrolla a través de las experiencias mediante las cuales uno aprende quién es, qué puede esperar de los demás y qué lugar ocupa dentro de sus relaciones. Morris Rosenberg (1965), uno de los autores fundamentales en la investigación sobre autoestima, la definió como una actitud positiva o negativa hacia uno mismo. Detrás de esa definición aparentemente sencilla existe una cuestión importante: para poder valorarse, una persona necesita haber construido previamente alguna representación de quién es y de qué características considera propias.

Durante la infancia, ese proceso se encuentra estrechamente relacionado con las respuestas que recibe de las personas significativas. La manera en que los adultos reaccionan ante sus logros, errores, emociones, necesidades y dificultades va proporcionando información a partir de la cual el niño comienza a organizar una imagen de sí mismo. Esto no significa que los padres determinen mecánicamente la autoestima de sus hijos, ni que cada elogio produzca seguridad y cada crítica produzca inseguridad. El desarrollo es mucho más complejo. El niño interpreta las experiencias, las relaciona entre sí, se identifica con las personas que lo rodean y, progresivamente, incorpora criterios con los que comienza a evaluarse a sí mismo.

Carl Rogers (1959, 1961), desde una perspectiva muy diferente de la investigación social de Rosenberg, puso especial atención en la relación entre la valoración personal y la aceptación recibida de las figuras significativas. Para Rogers, las personas necesitan experimentar consideración positiva, aceptación y reconocimiento, pero durante el desarrollo puede ocurrir que esa aceptación sea percibida como dependiente de determinadas condiciones. El niño puede descubrir que algunas formas de comportarse reciben afecto y aprobación, mientras que otras provocan rechazo, desaprobación o pérdida de reconocimiento. Cuando esta experiencia se vuelve persistente, puede desarrollar lo que Rogers denominó condiciones de valor (conditions of worth): criterios mediante los cuales uno aprende que ciertas características, sentimientos o conductas son aceptables y otras no lo son.

Un niño puede llegar a pensar, por ejemplo, que es valorado cuando obtiene buenos resultados pero decepciona cuando fracasa; que merece reconocimiento cuando se comporta de determinada manera pero resulta problemático cuando expresa enojo; o que recibe afecto cuando satisface las expectativas de los adultos pero corre el riesgo de perderlo cuando manifiesta necesidades propias. Podemos ver que aparece una cuestión común: el valor personal comienza a relacionarse con determinadas condiciones. La persona no solamente sabe qué quiere ser o cómo le gustaría comportarse; comienza, además, a establecer requisitos para sentirse bien consigo misma. Este punto resulta fundamental porque permite distinguir entre tener valores, aspiraciones o necesidades legítimas de reconocimiento y hacer depender de ellos el propio valor.

Querer ser un buen profesional, una persona responsable, una pareja afectuosa o alguien capaz de ayudar a los demás forma parte de una vida psicológica normal. El problema aparece cuando esas características dejan de ser aspectos que la persona procura desarrollar y se convierten en requisitos internos para considerarse digna de respeto, afecto o reconocimiento. En ese momento puede comenzar a funcionar una lógica condicional: «si consigo esto, entonces valgo»; «si fracaso, valgo menos»; «si los demás me aprueban, estoy bien»; «si dejo de ser útil, dejo de tener importancia». Décadas después de los trabajos de Rogers, Jennifer Crocker y Connie Wolfe (2001) llevarían esta cuestión a un terreno específico de investigación al estudiar precisamente las condiciones de las que depende el sentimiento de valor personal. Su concepto de contingencies of self-worth —contingencias del valor personal o autoestima contingente— nos permitirá dar el siguiente paso y analizar qué sucede cuando determinadas condiciones dejan de ser simplemente importantes para una persona y pasan a determinar cuánto vale ante sus propios ojos.

Qué es la autoestima contingente y cómo se manifiesta

Jennifer Crocker y Connie Wolfe (2001) propusieron que, para comprender verdaderamente la autoestima, no basta con preguntarse cuánto se valora una persona. También es necesario preguntarse de qué depende esa valoración. A partir de esta idea desarrollaron el concepto de contingencias del valor personal (contingencies of self-worth), que hace referencia a aquellas condiciones que una persona considera necesarias para sentirse valiosa. En otras palabras, la autoestima deja de apoyarse principalmente en una aceptación relativamente estable de sí mismo y comienza a depender de determinados resultados, características o respuestas externas. La persona puede sentirse competente, apreciada y segura mientras esas condiciones se mantienen, pero experimentar una profunda sensación de fracaso, vergüenza o inutilidad cuando dichas condiciones desaparecen o se ven amenazadas.

La autoestima contingente puede adoptar formas muy diversas. Algunas personas basan gran parte de su valor personal en el rendimiento académico o laboral. Mientras obtienen buenos resultados, se sienten capaces y seguras; sin embargo, un error, una evaluación negativa o un fracaso pueden convertirse en una supuesta prueba de que no son suficientemente buenas. Otras personas vinculan su autoestima a la aprobación de los demás. Necesitan sentirse queridas, admiradas o aceptadas para conservar una imagen positiva de sí mismas. En estos casos, una crítica, una discusión o la sensación de ser ignoradas pueden generar un sufrimiento desproporcionado porque no solamente afectan la relación con otra persona, sino también la valoración que hacen de sí mismas. También existen formas de autoestima contingente asociadas a la apariencia física, al éxito económico, a la popularidad en redes sociales, a la capacidad de ayudar a otros o incluso al cumplimiento de determinados ideales morales.

Las redes sociales ofrecen ejemplos cotidianos de este fenómeno. Una persona puede publicar una fotografía y revisar constantemente la cantidad de “me gusta” recibidos para confirmar que sigue siendo atractiva o interesante; otra puede experimentar una intensa satisfacción cuando una publicación obtiene gran repercusión y sentirse desanimada o insuficiente cuando la respuesta es menor de la esperada. Del mismo modo, alguien puede construir gran parte de su identidad alrededor de ser eficiente, resolutivo o indispensable y experimentar culpa, ansiedad o vacío cuando necesita descansar o pedir ayuda. El problema no radica en disfrutar del reconocimiento, sentirse orgulloso de un logro o valorar la opinión de los demás; surge cuando estas experiencias se transforman en la principal medida del propio valor y la autoestima comienza a fluctuar al ritmo de aquello que ocurre en un área específica de la vida.

Cómo desarrollar una autoestima menos condicionada

Podríamos inferir que ninguna persona posee una autoestima completamente independiente de las circunstancias. Por lo general, nos sentimos afectados por los éxitos, los fracasos, el reconocimiento y las pérdidas. Sin embargo, es posible reducir el riesgo de que la valoración personal quede atrapada en una lógica de condiciones. Para ello resulta útil aprender a diferenciar lo que hacemos de lo que somos, reconocer que un error no define la totalidad de una persona, desarrollar fuentes diversas de satisfacción y sentido, aceptar las limitaciones propias sin convertirlas en defectos de carácter y revisar aquellas creencias que asocian el valor personal con el rendimiento, la aprobación o la utilidad. También puede ser importante preguntarse con honestidad qué condiciones sentimos que debemos cumplir para considerarnos valiosos. Muchas veces, la autoestima contingente se sostiene sobre reglas internas tan antiguas y familiares que terminan pareciendo verdades evidentes.

La autoestima saludable no implica sentirse extraordinario, exitoso o seguro en todo momento. Tampoco consiste en ignorar los errores o convencerse de que uno puede lograr cualquier cosa. Más bien supone desarrollar una relación con uno mismo que pueda sobrevivir a los inevitables altibajos de la vida. Los logros pueden producir satisfacción; los fracasos pueden generar decepción; las críticas pueden doler y el reconocimiento puede resultar gratificante. En sí mismo, nada de eso constituye un problema. La cuestión es si esas experiencias modifican únicamente nuestro estado de ánimo o si terminan convirtiéndose en jueces permanentes de nuestro valor personal. Cuando una persona puede atravesar el error, la pérdida, el rechazo o la frustración sin concluir que por ello vale menos como ser humano, la autoestima deja de depender exclusivamente de condiciones externas y adquiere una base más sólida y estable.

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Bibliografía Relevante:

Rogers, C. R. (1959). A theory of therapy, personality, and interpersonal relationships, as developed in the client-centered framework. En S. Koch (Ed.), Psychology: A study of a science (Vol. 3, pp. 184-256). McGraw-Hill.

Rogers, C. R. (1961). On becoming a person: A therapist’s view of psychotherapy. Houghton Mifflin.

Rosenberg, M. (1965). Society and the Adolescent Self-Image. Princeton University Press.

Crocker, J., & Wolfe, C. T. (2001). Contingencies of self-worth. Psychological Review, 108(3), 593-623.


American Psychological Association. (2023). Self-esteem. APA Dictionary of Psychology. APA Dictionary of Psychology — Self-esteem


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