LA PRINCESA CRISTIANA Y EL MUSULMÁN

LA PRINCESA CRISTIANA Y EL MUSULMÁN

LA PRINCESA CRISTIANA Y EL MUSULMÁN

Extraído del libro
Las mil y una Noches

Se cuenta que Sidi Ibrahim al-Jawwas (¡Dios tenga misericordia de él!) refería: 

En cierta época mi espíritu me incitaba a visitar el país de los incrédulos; intenté quitármelo de la cabeza, pero no pude; procuré desechar la idea, pero fue imposible. Entonces me puse en camino, recorrí sus regiones, crucé sus comarcas; la ayuda de Dios me protegía y su protección me seguía; no encontré ningún cristiano que no apartase su mirada de mí y que no se alejase. 

Llegué a una ciudad y junto a la puerta encontré un grupo de esclavos cubiertos de armas, con mazas de hierro en la mano. Al verme se acercaron y me dijeron: “¿Eres médico?” Contesté: “Sí”. “Pues acude a la llamada del rey.” Me condujeron ante el soberano: era un rey poderoso, de noble rostro; cuando entré me miró y me preguntó: “¿Eres médico?” “Sí.” “Conducidle ante ella, pero antes de que entre explicadle la condición.” 

Me sacaron y me dijeron: “El rey tiene una hija a la que aqueja una grave enfermedad; los médicos no han sabido curarla; todos los médicos que se presentan ante ella y la tratan, sin curarla, son condenados a muerte por el rey. Di qué te parece”. “El rey ha mandado que me conduzcáis ante ella; introducidme pues.” Me acompañaron ante su puerta. 

En cuanto llegué, llamaron. Gritó quien estaba en el interior: “Haced entrar al médico que posee el secreto portentoso”. Un hombre muy anciano abrió rápidamente la puerta y dijo: “¡Entra!” Entré y vi una amplia habitación cubierta por flores de toda clase; una cortina tapaba uno de los ángulos detrás de la cual se oía un leve gemido que salía de un cuerpo extenuado. Me senté delante del velo y quise saludar con la fórmula musulmana. Pero me acordé de las palabras del Profeta (¡Dios le bendiga y le salve!): “No pronuncies el saludo con la fórmula ‘La paz sea sobre ti’ cuando te encuentres a judíos y cristianos. Cuando los encuentres en la calle, fuérzales a pasar por el lado más estrecho”. Me abstuve, pero ella me dijo desde detrás de la cortina: “¡Jawwas! ¿Dónde está el saludo que indica la unidad de Dios y la pureza?”»

 Esto me admiró y pregunté: “¿De dónde me conoces?” “Cuando los corazones y las ideas son puras la lengua expresa lo que encierra el pensamiento. He pedido a Dios, ayer, que me mandase uno de sus santos para que por su mediación me llegase la salvación. Desde uno de los ángulos de mi habitación se me ha gritado: ‘No te entristezcas: te enviaré a Ibrahim al- Jawwas’”. 

Le pregunté: “¿Cuál es tu historia?” “Hace ya cuatro años que se me hizo patente la verdad: Él es el que habla, el Intimo, el Allegado, el Contertulio. Mi familia clavó en mí los ojos, hicieron cábalas y me creyeron loca. Todos los médicos que por su encargo entraban a verme me han molestado; todos sus visitantes me han fastidiado”. Pregunté: “¿Y qué te ha hecho adoptar esta creencia?” “Pruebas evidentes y prodigios manifiestos; cuando se te ilumina el camino distingues al guía y al guiado.”

Mientras yo estaba hablando con ella se acercó el viejo que la tenía bajo su custodia y le preguntó: “¿Qué hace tu médico?” “Ha diagnosticado la enfermedad y ha acertado con la medicina.” El viejo me demostró su alegría y su alborozo, me trató con afecto y cariño y corrió ante el rey para informarle. Éste ordenó que se me tratase con generosidad. Continué visitándola durante siete días. Ella me dijo: “¡Abu Ishaq! ¿Cuándo huiremos al país del Islam?” “¿Cómo podrás salir? ¿Quién te ayudará?” “El mismo que te hizo llegar hasta mí y que te condujo a mi presencia.” “¡Qué bien has hablado!” Al día siguiente salimos por la puerta de la fortaleza ocultos a todos los ojos, pues cuando Él quiere que algo sea dice “Sé” y es.

Jamás vi a nadie más constante que esa muchacha en el ayuno y en la oración; durante siete años vivió cerca del Templo Sagrado de Dios, allí murió y la tierra de La Meca cubrió su tumba. ¡Que Dios haga descender sobre ella la misericordia!




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