La mochila de Jean de La Fontaine

La mochila de Jean de La Fontaine
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La mochila 

de Jean de La Fontaine

Cuentan que Júpiter, antiguo dios de los romanos, convocó un día a todos los animales de la Tierra ante su trono. Quería ofrecerles que pudiesen decir, sin temor, si alguno tenía quejas por su aspecto o por su suerte. Cuando se presentaron, les preguntó, uno por uno, si creían tener algún defecto. De ser así, él prometía mejorarlos hasta dejarlos satisfechos.

– Ven acá, mona, y habla tú en primer lugar – dijo el dios –. Mira a todos esos animales y compara sus bellezas con las tuyas. ¿Acaso estás plenamente contenta? ¿O crees, quizás, tener algún defecto? Yo podría ayudarte…

– ¿Me habla a mí, señor? – saltó la mona – ¿Yo, defectos? Me miré en el espejo y me vi espléndida. Tengo cuatro patas, como todos, y mi retrato me parece hermoso. En cambio, el oso, ¿se fijó? ¡No tiene cintura!

– Que hable el oso – pidió Júpiter. Todos creyeron entonces que el oso se quejaría, pero no: alabó grandemente su figura.

– Aquí estoy – dijo el oso – con este cuerpo perfecto que me dio la naturaleza. ¡Suerte no ser un mole como el elefante! ¡Es una masa informe, sin belleza! ¡Debería cortarse las orejas y alargarse la cola!

– Que se presente el elefante… – dijo Júpiter. Éste se adelantó y, con un discurso muy discreto, dijo cosas muy parecidas.

– Francamente, señor – declaró – no tengo de qué quejarme, aunque no todos pueden decir lo mismo. Ahí lo tiene el avestruz, con esas orejitas ridículas…

– Que pase el avestruz – siguió el dios, ya un poco cansado.

– Por mí, no se moleste – dijo el ave – ¡Soy tan proporcionado! ¡Tan veloz! ¡Puedo correr a la velocidad de la luz! En cambio, la jirafa…, con ese cuello…

Júpiter hizo pasar a la jirafa, quien, a su vez, dijo que los dioses habían sido generosos con ella.

– Gracias a mi altura, veo los paisajes de la tierra y del cielo, no como la tortuga, que sólo ve los cascotes. – La tortuga, por su parte, dijo tener un físico excepcional.

– Mi caparazón es un refugio ideal. Cuando pienso en el sapo, que tiene que vivir a la intemperie…

– Que pase el sapo – dijo Júpiter algo fatigado.

Así siguieron pasando: el sapo acusando a la señora ballena de ser demasiado gorda, ésta hallando a la hormiga muy pequeña, quien a su vez se juzgaba como un coloso comparada con el señor gusano…

– ¡Basta! – exclamó Júpiter – Sólo falta que un animal ciego como el topo critique los ojos del águila.

– Precisamente – empezó el topo – quería decir dos palabras: el águila tiene buena vista, pero ¿no es horrible su cogote pelado?

– ¡Esto es el colmo! – dijo Júpiter dando por terminada la reunión – Todos se creen perfectos y piensan que los que deben cambiar son los otros.

Entonces, los despachó luego de escucharlos criticarse entre ellos y hallarse cada cual tan contento de sí mismo.

Somos como águilas para el prójimo y cual topos para nosotros mismos. Nada perdonamos a los demás y, a nosotros, todo porque nos vemos con distintos ojos que al vecino.

Así, el creador nos hizo a todos con alforja; puso, detrás, la mochila de nuestras faltas y, delante, la bolsa de los defectos ajenos.

Moraleja: antes de criticar a los demás, debemos darnos cuenta de nuestros propios defectos. Reflexionar y NO juzgar al prójimo.





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