Desde muy chica, los médicos le explicaron que su corazón no funcionaba como el de los demás. Naturalmente no se trataba de una frase poética ni una metáfora: había nacido con una cardiopatía congénita que la obligaría a vivir con controles periódicos, límites claros y una atención constante a señales que otros ni registraban. Fatiga temprana, palpitaciones, mareos. Si bien durante años no sintió nada de eso, el saberlo fue suficiente para que el miedo se instalara temprano y aprendiera a convivir con él.
Desde hacía un tiempo que venía viendo a las niñas patinando en el club del barrio. Cuando volvía de la escuela muchas chicas estaban en la pista en sus patines y un deseo muy profundo comenzó a brotar en el centro de su pecho, demasiado cerca de su corazón.
Un día, cuando ella tenía quince años, habló con sus padres y les pidió que la apoyaran.
Sus padres se miraron primero y luego la miraron a ella. Le dijeron que irían de a poco. Comenzarían lentamente con rutinas muy simples y si todo iba bien avanzarían. Y la condición más importante fue que pararían cuando el cuerpo lo pidiera. Así empezaron.
Al principio fueron tramos cortos, casi tímidos. Ella aprendía a escuchar su respiración, a reconocer cuándo el cansancio era normal y cuándo no. Sus padres la acompañaban y aún si sentían felices al verla disfrutar, no podían dejar de estar preocupados y siempre alerta.
Aprendieron a leerla sin invadirla. Con el tiempo, los pasos se hicieron más firmes, las coreografías más largas. El corazón no había cambiado, el problema aún estaba allí, deslizándose en la pista con la niña, pero ella había aprendido a habitarlo.
Amaba tanto la sensación de patinar que no demoró en superarse y ponerse a la altura del resto de las chicas. Por lo que la profesora les propuso a los padres incluirla en la competencia.
La idea era impensable para sus padres, pero ella ansiaba poder participar. La decisión no podría ser tomada de golpe. Los médicos fueron claros: no era imposible, pero sí riesgoso. No había una prohibición absoluta pero sí algunas advertencias. Ella entendió algo importante entonces: no se trataba de desafiar al cuerpo, sino de pactar con él.
Finalmente, decidieron hacerlo.
Durante uno de los entrenamientos más exigentes, el dolor apareció. Fue una señal precisa. Se detuvo. Ajustaron el plan. Cambiaron el ritmo, agregaron pausas y controles más frecuentes. Siguió adelante sin negarse a lo que sentía. Persistir no significó avanzar a ciegas, sino hacerlo con lucidez.
Antes de la competencia participó de una exhibición. Sus padres estaban maravillados cuando se pusieron de pie y aplaudieron con entusiasmo al terminar la performance.
La joven iba avanzando superándose una y otra vez. Sus padres le habían dicho que no tenía que demostrar que podía con todo. Ella lo tenía claro, pero cada vez que se calzaba sus patines, y se deslizaba por la pista, tomaba conciencia de que vivir con un corazón distinto no implicaba vivir a medias.
Un canal de televisión local transmitió el evento. Casi sin darse cuenta, la historia de esta niña se fue haciendo más y más conocida. Con el tiempo, su recorrido ayudó a visibilizar otras historias parecidas a la suya. Se organizaron espacios de acompañamiento, se financiaron centros de atención, se habló del tema desde la perspectiva médica, la individual y la familiar.
Naturalmente, ella nunca dijo que su condición fuera una virtud. Decía, simplemente, que era una realidad, la suya. Y que aprender a convivir con ella había sido la forma más honesta que encontró de estar en el mundo.
Su corazón nunca fue estándar. Su vida tampoco.
Pero era inmensamente feliz.
Únete a la comunidad de Afectos.org
Si estos contenidos te acompañan, puedes unirte a nuestra comunidad para recibir nuevos textos, reflexiones y materiales que seguimos creando cada semana.
- Ella es mía – “Cuando el amor se enferma” - abril 13, 2026
- El banco vacío y la mirada atenta - abril 10, 2026
- El deseo que vuelve - abril 9, 2026

