La leyenda del Sol y la Luna

La leyenda del Sol y la Luna

La leyenda del Sol y la Luna

Esta es una leyenda griega y cuenta que Sol y Luna eran una pareja de jóvenes amantes cuyo amor era tan pero tan puro que hasta llamó la atención de los dioses. 

Lo que sentían ambos era tan grande que Afrodita, la diosa del amor y de la belleza se sintió celosa. Esos jóvenes mortales sin atributos vivían un amor que ella no conocía. ¿Cómo era posible que pudieran amar de esa manera tan intensa? Envidiosa de la pareja, bajó del Olimpo con todo su bagaje de belleza y seducción y, adiestrada en el arte de la conquista, estaba dispuesta a mostrarles que su amor no era sincero. 

Intentó seducir a Sol, provocándolo, tentándolo, con todo ese poder que solo ella es capaz de manejar y que ninguna mujer podía igualar. Pero el joven la miró a los ojos y le dijo con todo respeto:

la leyenda del sol y la luna
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– Mi Señora, sin duda es usted la mujer más hermosa que había visto en mi vida, pero mi corazón le pertenece a Luna, mi amada esposa. Ella es la única mujer a la que puedo desear.

Afrodita estaba furiosa. No sólo acababa de ser rechazada, sino que ese par de tristes mortales estaba viviendo un amor que ni los dioses conocían. Y eso era algo que ella no podía permitir. Indignada, los convirtió en astros y los envió al cielo. A Sol lo condenó a iluminar el día y a Luna la sentenció a alumbrar la noche. Satisfecha con su venganza puesto que los amantes ya no se verían, ya no estarían juntos prodigándose su amor y convencida que poco a poco ese amor se acabaría, Afrodita volvió al Olimpo.

Sin embargo, y a pesar de todo, Sol y Luna seguían amándose como siempre. En medio de la desolación de estar separados, descubrieron que si ambos se estiraban sobre el horizonte los días claros podían verse en la distancia y sonreírse. Alguna que otra vez, Luna demoraba su partida y se asomaba tímidamente solo para ver a Sol brillando en lo alto majestuoso. Y eso los hacía felices.

Entonces Zeus, conmovido al ver que el amor tan puro y tan profundo no cambiaba, les concedió de vez en cuando, la posibilidad de volver a fundirse el uno con el otro en un solo cuerpo, aunque solo sea por unos instantes, en lo que conocemos como eclipses.

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