Infancia en crisis: Reflexiones sobre la niñez. 

Infancia en crisis: Reflexiones sobre la niñez. 

Infancia en crisis: Reflexiones sobre la niñez. 

Quienes trabajamos con niños, quienes somos padres, quienes frecuentan las redes sociales o simplemente encienden el televisor a diario, asistimos con estupor a un momento crucial: cada vez nos cuesta más reconocer, en los más pequeños, aquella idea de ‘niño’ que hemos incorporado culturalmente.

Esa idea de “protección al menor” con la que crecimos, ya no estaría siendo sencillo llevarla a cabo. Hace unos cuarenta años, los medios de comunicación preservaban a los niños con sus restricciones y censuras. Hoy la información más descarnada y cruda les llega a nuestros chicos mediante la tele, en internet, a sus celulares, o a través de sus amigos,  sin que podamos evitarlo. 

Como adultos, nos sentimos desubicados cuando vemos que los más pequeños se maquillan, hacen bailes sensuales, apuestan en casinos virtuales, nos hablan de cosas que no conocemos, y por supuesto, cuando encontramos que hay delitos graves y aberrantes cometidos por niños.

Este tipo de cosas nos sacuden las estructuras y nos deja en un estado de parálisis, puesto que todo lo que hemos aprendido sobre la niñez en los últimos años, nos conduce directamente a la justificación de decir que “como son niños, no saben lo que hacen”. O bien pensar que “seguramente han tenido una infancia difícil”; o peor aún, sostener que “sólo son casos aislados”, intentando negar una realidad que nos golpea al punto de dejarnos sin saber cómo responder, sin saber qué hacer. 

Un poco de historia

Podría sorprendernos, pero la idea de la “niñez” como etapa diferenciada de la vida humana es una invención bastante reciente. Durante gran parte de la historia, los niños no eran considerados esencialmente distintos de los adultos, más allá de su tamaño o sus limitaciones físicas. Eran, simplemente, “adultos pequeños”. Nuestros padres y abuelos, relatan con naturalidad cómo trabajaban siendo aún muy pequeños y nosotros los oímos sin siquiera poder imaginarlo.

En la Edad Media, por ejemplo, los registros muestran que los niños comenzaban a trabajar apenas tenían fuerza para hacerlo. A los 7 años podían ser aprendices, soldados o incluso casarse. No existía una categoría simbólica que los protegiera, ni una estructura social que los concibiera como “seres en desarrollo”. Eran útiles o sobrantes, según el contexto económico y familiar.

Fue recién entre los siglos XVII y XVIII, con el auge de la burguesía europea, cuando comenzó a configurarse una idea distinta de infancia. Filósofos como John Locke y Jean-Jacques Rousseau plantearon que el niño no era simplemente un adulto en miniatura, sino un sujeto en formación que necesitaba ser guiado, educado, protegido. La familia moderna y el sistema escolar emergente fueron fundamentales en esa transformación.

La Revolución Industrial también tuvo lo suyo: por un lado, explotó la mano de obra infantil en fábricas, pero por otro, generó las primeras leyes que empezaron a limitar esas prácticas y a reconocer derechos para los menores.

Ya en el siglo XX, con los avances de la psicología, especialmente desde Freud y Piaget, la infancia pasó a entenderse como una etapa crucial en la estructuración de la personalidad. Aparecieron entonces términos como “etapas del desarrollo”, “crianza”, “traumas infantiles”. La niñez se volvió no sólo una categoría jurídica y pedagógica, sino también emocional y simbólica. Pero no nos engañemos: esta idea de infancia como un paraíso protegido, como un mundo ajeno al dolor y a la violencia, nunca fue universal. Fue —y sigue siendo— un privilegio de clase, de época, de geografía. Hay infancias que nunca llegan a conocer los alcances reales del término. 

Así como la niñez fue, en algún momento, una categoría inexistente, lo mismo ocurre con la adolescencia. No siempre existió una etapa intermedia entre la infancia y la adultez. Durante siglos, el pasaje era abrupto: una vez que el cuerpo estaba listo, el niño pasaba a ser adulto. Así, sin más. La pubertad marcaba el ingreso al mundo adulto, con sus responsabilidades, castigos y deberes. No había “transiciones”.

Pero eso empezó a cambiar, especialmente en el siglo XX, con el surgimiento de nuevas miradas sobre el desarrollo humano. El término “adolescente” comenzó a popularizarse con la psicología del desarrollo (G. Stanley Hall fue uno de los primeros en usarlo con fuerza en 1904) y con la ampliación de los sistemas educativos: al haber más chicos que permanecían en la escuela hasta los 16 o 18 años, emergió un nuevo sujeto social, ni niño ni adulto. Este sujeto empezó a ser pensado como vulnerable, como inmaduro, como alguien que “todavía no está listo” para la vida adulta. Y así fue naciendo la adolescencia tal como la entendemos hoy: una etapa de búsqueda de identidad, de conflicto con la autoridad, de exploración emocional y sexual, de indefinición.

Hollywood, por su parte, hizo lo suyo. A partir de los años 50, con películas como Rebelde sin causa o Grease, la adolescencia se volvió un territorio cultural: ropa, música, lenguaje propio, rebeldía. Apareció la idea del “teenager”, con todo un mercado construido a su alrededor. El adolescente pasó a ser no solo una etapa del desarrollo, sino también un consumidor ideal: con tiempo, con intereses propios, con deseos distintos de los de sus padres.

Sin embargo la adolescencia también es una categoría atravesada por la desigualdad. No todos los jóvenes tienen tiempo para buscar su identidad. No todos exploran ni se rebelan con seguridad. Muchos adolescentes, especialmente en contextos de pobreza estructural o violencia, no tienen adolescencia: pasan de la infancia rota a la adultez forzada sin escalas. 

Algunos de los hechos que nos interpelan

En los últimos meses, distintos episodios estremecieron a la opinión pública. No por el crimen en sí, sino por quiénes lo cometieron. Chicos. Muy chicos.

  • Un grupo de niños de 13 años, en Mendoza, atacó brutalmente a un compañero durante una clase de inglés, mientras reproducían un reto viral de TikTok llamado “Chiflá, chiflá”.
  • En Ingeniero Maschwitz, circuló un audio de WhatsApp donde un grupo de adolescentes planificaba un tiroteo escolar con nombres propios, referencias a la masacre de Columbine y una frialdad espeluznante.
  • En las plataformas de streaming, series como Adolescencia (Noruega) o Atrapados (Argentina) muestran, con una crudeza dolorosa, lo que ocurre cuando la infancia crece y los referentes adultos no alcanzan a comprender sus formas de comunicarse.
  • El caso “Kim” puso a la sociedad frente a un hecho de una violencia inusitada donde dos adolescentes, arrojando a una pequeña de siete años por la ventanilla del auto, le provocaron la muerte.
  • En Santander, España, un grupo de adolescentes de entre 16 y 17 años, agredieron físicamente a un compañero con parálisis cerebral.

Entonces la pregunta ya no puede ser evitada: ¿Podemos seguir hablando de “niñez” y “adolescencia” como conceptos universales que responden sólo a la edad cronológica? ¿No será hora de aceptar que esas categorías hacen agua?

Cuando las categorías no alcanzan

Podríamos decir que no alcanzan, porque, ¿cómo encajamos en ellas a un chico de 13 años que abusa sexualmente de un compañero como respuesta a un challenge de Tiktok? ¿Cómo clasificamos a un grupo de pibes de clase media que organizan un tiroteo escolar por WhatsApp, como si pactaran una previa? ¿Cómo explicamos a adolescentes que roban un auto, arrojan a una niña por la ventanilla y la matan como si nada? ¿Decimos que “no sabían lo que hacían”? ¿Que son víctimas del contexto? ¿Que son apenas niños confundidos? O estamos frente a otra cosa, algo que ya no entra en los moldes heredados.

La verdad incómoda podría ser que: algunos chicos hoy crecen sin niñez. Otros, sin adolescencia. Y muchos, sin ninguna de las dos. Lo que nos llevaría a suponer que actualmente los niños tal y como los veníamos pensando, son cada vez menos. Quizás por la masividad de los medios de difusión. O por la crisis que atraviesa la institución familiar. Incluso podría ser por internet. O simplemente por los cambios culturales que se han ido sucediendo. El punto es que los niños entran de lleno en la lógica adulta —del consumo, de la violencia, del poder— sin haber pasado por los filtros simbólicos que antes ofrecía la familia, la escuela, la comunidad. Y cuando esas mediaciones fallan, lo que queda es un territorio sin ley, sin límite y, muchas veces, sin empatía. 

Podríamos estar entonces, frente a una falla que no sería del chico. Lo que falla sería la categoría con la que intentamos comprenderlo. Falla la idea de “menor de edad” como sinónimo de inocencia. Falla la justicia que, atravesada también por esta idea, no sabe qué hacer. Falla el relato social que nos dice que todo menor es “no punible” por el solo hecho de tener menos de 16 años. Y fallamos también nosotros, los adultos, al pretender que nuestros pibes sean como éramos nosotros… cuando el mundo que los rodea ya no es ese mundo que nosotros conocimos.

Todo esto nos deja en claro algo fundamental: ni la niñez ni la adolescencia son “naturales”. No están impresas en el ADN. Son construcciones culturales, históricas, jurídicas. Las fuimos inventando como sociedad para nombrar, proteger y organizar las distintas etapas de la vida. Pero el problema que afrontamos hoy es que esas categorías, que alguna vez funcionaron, y nos permitieron comprender el mundo, hoy empiezan a hacer agua.

La ley en cortocircuito

En Argentina, la edad de imputabilidad está fijada en 16 años. Por debajo de eso, un menor no puede ser juzgado penalmente. Puede ser asistido, alojado, observado, pero no puede ser condenado. La ley parte de una idea: el niño no tiene aún la madurez para responder por sus actos como un adulto. Tiene derechos. Necesita cuidado. Y eso está bien. Pero, ¿qué hacemos cuando ese mismo niño comete un crimen atroz, planificado, ejecutado con conciencia plena y a veces hasta con orgullo? ¿Seguimos tratando la situación con la misma lógica? 

El sistema jurídico entra en crisis. No porque sea garantista. Sino porque está pensado para una infancia que ya no existe. Y los adultos no queremos verlo. Preferimos repetir mantras como “la cárcel no es solución” —lo cual es cierto— sin preguntarnos si estamos haciendo algo antes de que un chico llegue a ese punto. La ley no alcanza. Pero tampoco somos capaces de modificarla. Nos cuesta hacer lugar a la idea del delito cuando el que lo cometió ha sido un niño. Un niño empuñando un arma y apretando el gatillo con la intención de herir o matar es una imagen impensable para muchos de nosotros. Y como no podemos ni imaginarlo, cuando sucede nos sentimos paralizados. 

Insistimos en proteger algo que ya no quiere ser protegido. No por capricho. No por rebeldía. Sino porque quizás, ya no tiene caso, ya no necesita ser protegido. Sea porque nunca conocieron esa protección; porque no saben lo que es; o porque no confían en ella. ¿Y si en vez de protegerlos a ciegas, empezamos a guiarlos? A mirarlos en serio. A escuchar lo que duele. A marcar un límite, no como castigo, sino como gesto de amor.

Volver a mirar: entre la protección y la guía

Las generalizaciones en las cuestiones que hacen al campo social siempre van en detrimento de las individualidades. Las categorías que ya nos está costando sostener, universalizan a los niños y a los adolescentes, forzando e imponiendo el mismo tratamiento para todos los casos. Quizás el desafío hoy no sea proteger a todos los chicos por igual. Sino aprender a mirar con lucidez y amor: distinguiendo al niño que necesita ser protegido, del que necesita ser guiado. Porque no todo niño necesita lo mismo. Algunos piden contención. Otros piden límites. Otros, apenas, una presencia firme que no se derrumbe ante su angustia. Para dar una respuesta correcta, necesitamos ser adultos presentes. Es decir, estar ahí, en ese momento clave y que los chicos lo sepan, que tengan claro que cuentan con nosotros. También tenemos que tener criterio, en otras palabras, ser capaces de discernir con sentido común, con claridad, y con cierta ética interna. Para exigir que respondan responsabilizándose por sus acciones. Siempre con sensibilidad para darles la contención necesaria. Con el coraje para decirles “no” cuando hace falta, y con el compromiso de quedarnos ahí cuando todo se desmorona.

Para aquellas familias que atraviesan el miedo y la confusión, no hay manuales. Pero hay claves posibles:

  • Estar. Incluso cuando no se sabe qué hacer.
  • Nombrar. Aunque duela.
  • Pedir ayuda. Sin vergüenza.
  • Escuchar. De verdad. No para corregir, sino para entender.
  • Poner palabras donde hay vacío.

Es posible que el acto más revolucionario sea mirar a nuestro hijo y decirle, aunque sea en silencio: “Estoy acá.” Tal vez ahí, justo ahí, empiece otra historia.




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