Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
“Cuando el amor se enferma”
Una serie de relatos de ficción que exploran los límites del amor cuando se contamina con otras emociones al punto de transformarse en algo poco menos que monstruoso. Los personajes no son reales. Las historias son solo relatos que buscan exponer con crudeza hasta dónde puede llegar alguien que confunde el amor con otra cosa. Porque lo que estos personajes sienten no es amor, aunque lo digan con devoción.
El primer sobre apareció un martes, a la hora del almuerzo. Mauricio abrió su bolso para tomar su contenedor y ahí estaba. Un papel blanco que no debía estar allí. Lo tomó. lo abrió. Miró a su alrededor, cada uno de sus compañeros estaba en lo suyo, nadie lo estaba observando. Sin darle mucha importancia, tomó el sobre y su comida y salió de la oficina. Caminó, como siempre, hacia el parque que estaba frente al edificio de su oficina, y se sentó en el banco que acostumbraba. Ese que solía tener la combinación perfecta de sol y sombra.
Mientras comía, recordó el sobre que había metido en su bolsillo. Lo abrió y sacó un papel escrito de puño y letra “Tu sonrisa es hermosa”. No pudo evitarlo. Sonrió.
—¿Qué es esto? —se preguntó en voz baja incapaz de creer que ese tipo de cosas le pasaran a él. Metió de nuevo el papel en el sobre, y el sobre en el bolsillo. Pero esas palabras no salieron de su mente, ni la sonrisa de su rostro.
Como cada día, Sonia lo esperaba para cenar en familia. Sus hijos estaban sentándose a la mesa. Esa noche, ella había dejado la correspondencia en la mesada. Al entrar del trabajo, él la observó y no dijo nada. Ella sintió una tensión leve en el pecho. Una curiosidad torpe. Había elegido un papel sencillo, sin perfume, sin detalles ridículos. No quería parecer una adolescente jugando a la seducción. Solo quería observarlo. Ver si todavía existía en él la capacidad de reaccionar ante una mirada nueva. Si le hablaba a ella al respecto. Pero él parecía no haberse inmutado. ¿Habría visto el sobre?
Mauricio revisó las cartas de pie, junto a la cocina. Pero no dijo nada. Miró las cuentas, sugirió controlar los gastos de luz, y siguió con la rutina de siempre: aflojarse la corbata, lavarse las manos, preguntar a los chicos qué tal la escuela. Sonia lo miraba desde la mesada mientras terminaba de preparar la ensalada. Sintió una decepción inmediata, casi absurda. Esperaba algo. Una chispa. Un gesto distinto. Pero Mauricio parecía demasiado cansado para cualquier misterio.
El matrimonio llevaba años funcionando en automático. Peleaban poco, y ella llegó a pensar que también se querían poco. Habían entrado en una zona silenciosa, burocrática, donde el amor sobrevivía convertido en administración doméstica. Horarios. Compras. Reuniones escolares. Pastillas para dormir en el cajón de la mesa de luz. Sexo cada vez más espaciado y cada vez más rápido, como si ambos quisieran terminar antes de confirmar la distancia.
Esa noche, después de cenar, Sonia inició la charla.
—¿Todo bien en la oficina?
—Lo de siempre —dijo él mientras iba cambiando de canal en el televisor.
A la mañana siguiente, antes de abrir los ojos, Sonia percibió el aroma de la colonia de Mauricio. Llevaba años sin usarla. Encendió el velador y observó que Mauricio ya estaba listo para ir a trabajar.
—No escuché la alarma —murmuró ella somnolienta aún.
—No sonó —sonrió él—. Desperté antes.
Se despidió de ella con un beso en la frente y se marchó. Sonia miró su reloj y era la misma hora en que solía irse, pero no se sentía igual.
Nada era igual.
Una noche, al llegar, le dio una flor. Una flor que no había comprado. Eso era evidente, la había cortado de alguna planta. Una flor insulsa y vulgar. Pero a Sonia la dejó sin palabras. Otra noche, mientras ella esperaba a los chicos que habían ido a jugar a la pelota, preparaba la cena. Poco después, risas y carcajadas aproximándose llamaron su atención. Por el camino se acercaba Mauricio con sus hijos, riendo y pateando la pelota. Había ido por ellos a la canchita.
El fin de semana también se levantó antes. El sábado en la mañana incluso tarareó algo mientras preparaba café, y ese detalle insignificante perturbó a Sonia más que cualquier otra cosa. Hacía años que no lo escuchaba tararear.
El segundo sobre apareció dos semanas después. Había estado algo ansioso y revisaba su bolso varias veces al día. Cada vez que se alejaba del escritorio, al volver chequeaba si había algún sobre nuevo. Esta vez, apenas la vio, lo abrió con entusiasmo. “Me gusta tu perfume”. Sonrió con satisfacción.
Esa noche, Sonia se enfocó con detenimiento en cada movimiento. Entró sonriendo, saludó con entusiasmo, conversó con sus hijos, la abrazó mientras ella limpiaba la cocina y le dijo que la cena había estado deliciosa. Ella sintió una punzada breve.
Era cierto, la carta no decía demasiado. Ella había tenido cuidado. Nada explícito. Nada sexual. Lo importante era despertar una sensación, no iniciar una aventura concreta. Pero él no le decía nada. ¿Por qué no le hablaba de eso? Quizás pensaba que era alguien del trabajo. ¿Le habría dicho algo a alguien del trabajo?
Una noche, llevó flores a la casa, y no eran flores arrancadas por ahí. Esa vez fue un ramo de flores frescas y perfumadas. Los chicos aún no regresaban de jugar a la pelota. Sonia no podía recordar si alguna vez le había comprado flores antes, pero estaba segura de que esa era la primera vez. Cuando se las entregó, él se fue al cuarto. Ella las miró largo rato, debería haberse sentido satisfecha. El experimento funcionaba. Las cartas habían despertado algo. Pero entonces apareció la pregunta: ¿Por qué había necesitado creer que otra mujer lo admiraba para convertirse otra vez en esa versión luminosa de sí mismo? Sin que pudiera percibirlo, se instaló en su pecho una sensación muy humillante.
Comenzó a observarlo con una atención enfermiza. Descubrió detalles que antes le pasaban desapercibidos. La forma en que sonreía al revisar el teléfono aunque no hubiera mensajes. El cuidado nuevo con su ropa. La energía distinta al hablar con los chicos. Incluso parecía dormir mejor.
—¿Qué piensas? ¿Debería rasurarme? —preguntó ese sábado por la mañana.
Ella lo observó. Vestía un pantalón deportivo impecable. Nuevo. Su torso descubierto, mirándose al espejo. La barba del día anterior asomaba casi como una sombra sobre su rostro. Sonia lo miró sin responder. Muchas veces le había sugerido dejar crecer la barba y él le había dicho que era mejor no hacerlo. ¿Por qué ahora el cambio? ¿Quién le habría pedido que no se rasure? Bajó la vista.
—Está bien así —dijo ella. él le sonrió.
Esa idea de que había alguien más en su vida, dándole consejos y entusiasmo, empezó a pudrirlo todo. Ya no tuvo fuerzas para escribir nada nada. Sonia podía notar en su marido la presencia de otra mujer. Una mujer que lo llenaba de luz y de energía. Cuando regresó del paseo con los chicos, mientras él se bañaba ella llenó a sus hijos de preguntas. ¿Dónde fueron? ¿Con quién? ¿Se cruzaron con alguien? ¿Qué hicieron? Los chicos respondían entusiasmados, con alegría. Disfrutaban mucho de sus salidas con su padre. Sonia dudaba. Llegó a pensar que quizás los chicos estaban cubriendo a su padre. ¿Acaso habían conocido a la otra mujer? ¿Y si era mejor que ella? Todos estaban felices, excepto ella.
Una noche, al regresar de la oficina, Mauricio fue especialmente atento con ella. Demasiado atento. Le preguntó cómo había estado su día. Cocinó. La abrazó por la espalda mientras ella lavaba platos. Incluso la besó en el cuello con una suavidad olvidada.
Sonia sintió miedo.
Comenzó a revisar sus cosas. Primero con culpa. Después con desesperación. Teléfono. Bolsillos. Correos electrónicos. Gastos de tarjeta. Horarios. Kilometraje del auto. Nada. Absolutamente nada. No había llamadas sospechosas. No había hoteles. No había mensajes borrados. No existía ninguna prueba de otra mujer.
Sin embargo, Mauricio seguía transformándose. Volvió al gimnasio. Empezó a reír más. Los chicos parecían más felices cerca suyo. No era el mismo de siempre. Y esa diferencia la estaba destruyendo. Y cuanto mejor estaba él, peor estaba Sonia. La contradicción era insoportable.
Una noche, mientras él dormía, ella abrió el cajón de su mesa de luz buscando algo que justificara su angustia. Encontró las notas perfectamente dobladas y acomodadas en una esquina del cajón. Las había leído, las había conservado. ¿Por qué no le había dicho nada al respecto? ¿Quién pensaba él que las había escrito? ¿Alguien del trabajo? ¿Alguna vecina del barrio? ¿Qué rostro y qué voz le había puesto él a esas palabras?
A partir de ese momento, las dudas dejaron de ser racionales. ¿Quién demonios le estaba escribiendo a su marido?
Empezó a seguirlo. Esperaba afuera de la oficina. Revisaba recibos. Interpretaba silencios. Cada gesto amable de Mauricio se convirtió en evidencia de una traición perfectamente disimulada. Una tarde lo siguió al salir de la oficina y vio entrar en una cafetería, unos minutos después, salió sonriendo mirando el teléfono.
El corazón le golpeó tan fuerte que tuvo que detener el auto. Lo siguió varias cuadras. Mauricio no hizo nada extraño. Manejó hasta una plaza, compró helado y volvió a casa con los chicos. Esa noche él preparó la comida para sus hijos y llevó a Sonia a la cafetería en la que había reservado mesa más temprano.
Pero Sonia lejos de sentirse halagada, sintió náuseas. La estaba llevando al mismo lugar en que se había encontrado con la otra mujer. Él le mencionó unos planes que tenía. Quería hacer un viaje. Solo ellos dos. Los chicos eran adolescentes y podrían estar un fin de semana solos en casa. Mauricio sonrió. Ella estaba perdida. Nunca habían hecho un viaje. Tantas veces ella se lo había pedido, pero él siempre estaba cansado, o abrumado por el trabajo. ¿Quién era esa mujer que lo estaba manipulando para que hiciera todas esas cosas que nunca había querido hacer?
Sonia lo odiaba en esos momentos. Odiaba su calma. Odiaba la forma en que parecía mirarla desde un lugar distante, casi compasivo. La osadía de ocultar su traición entre sonrisas y gestos amorosos. Asco sentía.
No hubo más notas, pero él no lo mencionó. Ni cuando las recibió ni cuando dejó de recibirlas. Como si ella no existiera. Como si las notas no hubieran existido. Pero Mauricio siguió cambiando igual. Eso terminó de destruirla. Seguramente alguien más le escribía pero él se encargaba de ocultar todo.
Una tarde encontró a Mauricio mirando fotos viejas en la computadora. Él sonrió apenas al verla.
—Mira esto.
Era una foto de ambos en la playa, muchos años atrás. Antes de los hijos. Antes del desgaste. Sonia sintió un dolor extraño. Mauricio parecía mirar esas imágenes con ternura genuina. Ella las miraba como pruebas forenses de una escena perdida. Dos semanas después, él organizó el viaje. Solo un fin de semana. Sin chicos. Sin teléfonos. A la misma playa.
Sonia aceptó porque parte de ella todavía quería encontrar la verdad. Estaba convencida de que en algún momento cometería un error. Una llamada. Un mensaje. Algo.
La cabaña estaba junto a un lago, aislada entre árboles altos que amortiguaban el sonido del mundo. El lugar era hermoso de una manera casi irritante. Demasiado perfecto para una relación que se estaba pudriendo por dentro. La primera noche intentaron comportarse como antes. Cenaron. Tomaron vino. Hablaron de los chicos. Pero la tensión estaba viva bajo cada frase. Mauricio la observaba con atención silenciosa, como si entendiera que ella estaba acercándose a un límite. Y Sonia ya no podía detenerse.
—¿Quién es ella? —preguntó de golpe.
Mauricio dejó el vaso lentamente sobre la mesa. La miró desconcertado.
—No entiendo.
—Sé que tienes otra mujer.
Mauricio sonrió incrédulo.
—¡No te atrevas a burlarte de mi! —gritó ella golpeando la mesa.
El rostro de Mauricio se tensó de pronto. La voz de ella resonó demasiado fuerte dentro de la cabaña. Pero dentro de él sonó aún peor.
—Clari ¿qué sucede? —Sonia sintió una descarga brutal de rabia.
Se levantó de pronto y se dirigió a la cocina. Mauricio, sin comprender, la siguió angustiado. Se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
—Clari… —dijo intentando comprender.
—¡No me mientas más!
Ella ya no escuchaba. No podía ver más que a un traidor frente a ella. Todo el dolor acumulado durante meses había encontrado finalmente una forma concreta. Otra mujer. Tenía que existir. Era la única explicación.
Mauricio avanzó un paso, quizás buscando abrazarla con amor.
—Escúchame.
Pero Sonia ya había tomado el cuchillo de la mesa. El sonido de la hoja perforando la carne fue ensordecedor para ambos. Mauricio quedó en silencio. Sus ojos abiertos, llenos de incertidumbre. Ahora sí ella lo estaba viendo. Fue en ese momento en que las manos de Mauricio se cerraron sobre las suyas, que pudo notar que su esposo no sabía de qué estaba hablando. La expresión de sorpresa absoluta en ese rostro frente a ella, la sacudió.
Cayeron juntos al suelo, ella sin soltar el cuchillo, él sin soltarla a ella.
—¿Quién es ella? —preguntó Sonia incapaz de soportar no saber quien era la mujer que le había robado a su marido.
—No hay…nadie más…
Jadeó él. Sus manos comenzaron a temblar.
—Claro que sí. ¿Quién creíste que te escribió esas notas?
—Tú.
Sonia retrocedió horrorizada. El cuchillo seguía en su mano. La camisa blanca que Mauricio vestía se tenía de un rojo oscuro casi negro. Sonia vio que él intentaba respirar sin dejar de mirarla con una mezcla insoportable de dolor y tristeza.
Y entonces dijo algo que terminó de destruirla.
—Siempre supe… que eras tú.
Sonia sintió que el mundo perdía estructura.
—Reconocí… tu manera de escribir… Tu letra.
Sonia comenzó a negar con la cabeza lentamente. No. No. Eso no podía ser cierto.
—No había nadie más —susurró él—. Solo tú.
Ella sintió que el aire desaparecía de la habitación. Mauricio sonrió apenas. Una sonrisa débil, agotada.
El silencio posterior fue monstruoso. Sonia cayó de rodillas junto a él mientras la sangre avanzaba entre los mosaicos de madera. Intentó presionar la herida. Intentó decir algo. Pero las palabras ya no tenían ninguna utilidad. Mauricio respiró una última vez, mirándola todavía con esa tristeza imposible.
Y después su cuerpo dejó de luchar.
Sonia permaneció allí durante horas, cubierta de sangre, abrazándolo en el piso de la cabaña mientras comprendía lentamente la dimensión exacta de lo que había hecho.
Había asesinado al hombre que había vuelto a enamorarse de ella, como la primera vez.
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