HISTORIA DEL DESTRIPADOR CON LA MUJER DE UN NOBLE

HISTORIA DEL DESTRIPADOR CON LA MUJER DE UN NOBLE
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HISTORIA DEL DESTRIPADOR CON LA MUJER DE UN NOBLE

Este es uno de los cuentos 
de Las mil y una Noches

Era la época de la peregrinación y la gente daba vueltas en torno de la Kaaba. Mientras todo el lugar estaba lleno de gente, un hombre se colgó de los velos de la Kaaba diciendo de todo corazón: «Te ruego, ¡oh Dios!, que ella se enfade con el marido para que yo la posea». Un grupo de peregrinos le oyó, le detuvo y le llevó delante del jefe de la peregrinación después de haberle pegado mucho.

Dijeron: «¡Emir! Hemos encontrado a este hombre en los lugares santos diciendo esto y esto» . El Emir de la peregrinación mandó ahorcarlo pero el reo protestó: «¡Emir! ¡Por amor al Enviado de Dios (¡Él le bendiga y le salve!) escucha mi historia, mi relato y después haz conmigo lo que quieras!» «¡Cuéntalo!»

Refirió: «Sabe, ¡oh Emir!, que soy un destripador que trabajo en la limpieza de las reses y llevo la sangre impura y las entrañas al estercolero. Cierto día en que iba con mi asno cargado tropecé con las gentes que huían. Uno de ellos me dijo: “¡Métete en esta calleja, si no quieres que te maten!” Pregunté: ¿Por qué huyen?” Me contestó otro: “Los criados de Fulana, esposa de un personaje principal, despejan el camino para que pueda pasar sin que nadie la vea; apalean a todos los que encuentran”. Me metí con el asno en un recoveco para esperar a que se disolviese la aglomeración; vi a los criados con los bastones en la mano que daban escolta a unas treinta mujeres entre las cuales iba una que parecía una rama de sauce; era muy hermosa, perfecta, graciosa, fascinante.

Todas las demás eran sus criadas. Cuando esta mujer llegó a la entrada del recoveco en que yo me había metido, miró a derecha e izquierda y llamó a un eunuco. Éste corrió hacia ella; la mujer le dijo algo al oído; el eunuco se acercó a mí y me agarró —mientras todos los que estaban a mi lado huían—; otro eunuco cogió mi asno y se lo llevó. El que me había detenido me ató con una cuerda y me llevó consigo. Yo no entendía lo que pasaba; la gente, detrás de nosotros, gritaba: “¡Dios no permita tales cosas! ¡Pero si es un pobre destripador! ¿Por qué le habéis atado con cuerdas?” Los eunucos respondían: “¡Tenedle compasión y Dios (¡ensalzado sea!) la tendrá con vosotros! ¡Dejadle andar!” Yo me decía: “Estos eunucos me han detenido porque su señora ha notado el olor de las entrañas y se ha molestado. Tal vez esté encinta o se encuentre mal. ¡No hay fuerza ni poder sino en Dios, el Altísimo, el Grande!” Marché detrás de ellos hasta que llegaron a la puerta de una gran casa. Entraron; yo les seguí. Me hicieron pasar hasta llegar a una gran sala. No sé cómo describir sus bellezas: estaba recubierta por grandes tapices. Después entraron en ella algunas mujeres.

Yo seguía atado y tenía al lado al eunuco. Pensaba: “En esta casa van a atormentarme hasta que muera; nadie va a enterarse de mi muerte”. Me metieron en un hermoso baño que estaba al lado. Entraron tres esclavas que se sentaron a mi alrededor y me dijeron: “¡Quítate esos harapos!” Me desnudé y una de ellas empezó a frotarme los pies, otra a lavarme la cabeza y la tercera me hizo masaje. Cuando hubieron terminado me envolvieron en paños y me dijeron: “¡Vístete!” Repliqué: “¡Juro por Dios que no sé vestirme!” Se acercaron y me vistieron mientras se burlaban de mí. Después tomaron botellas llenas de agua de rosas y me perfumaron. En su compañía me dirigí a otra sala y —¡por Dios!— no sé cómo describir su belleza; ¡tal era el número de sus pinturas y tapices! Encontré en ella una mujer que estaba sentada en un diván de mimbre con patas de marfil. En espera de sus órdenes había un grupo de muchachas.

Al verme se puso de pie y me llamó. Me acerqué a ella y me mandó que me sentase. Tomé sitio a su lado y ordenó a las esclavas que nos sirviesen de comer. Nos dieron una magnífica comida, con guisos de toda suerte y cuyos nombres desconozco. Jamás en la vida he sabido en qué consistían. Comí hasta hartarme. Se llevaron los platos y me lavé las manos. Mandó que nos trajesen los frutos y nos los sirvieron en el acto. Me invitó a comer y así lo hice. Cuando terminamos de comer mandó a una de las muchachas que nos sirviese de beber. Nos trajeron vinos de todas las clases; al tiempo que quemaban en los pebeteros aromas variados. Una de las jóvenes, parecida a la luna, nos escanciaba en medio de las tonadas que tocaban los instrumentos de cuerda. La señora que estaba sentada a mi lado y yo nos embriagamos. Yo creía que todo era un sueño. 

Después dijo por señas a una criada que nos preparase el lecho en aquel mismo lugar. Así lo hizo. Se puso de pie, me llevó de la mano hasta él y dormimos juntos hasta la llegada de la aurora. Cada vez que la estrechaba contra mí exhalaba un aroma de almizcle y de perfumes. Yo creía que me encontraba en el paraíso o que estaba soñando. Al amanecer me preguntó dónde vivía. Respondí: “En tal sitio”. Me mandó que me marchase y me dio su pañuelo bordado en oro y en plata, atado, que contenía algo. Me dijo: “Esto es para que vayas al baño”. Me alegré y me dije: “Si contiene cinco céntimos tendré para mi comida de hoy”. Salí de su casa como si saliese del paraíso y me marché al almacén en que vivía. Abrí el pañuelo y me encontré cincuenta mizcales de oro. Los enterré y me senté en la puerta después de haber comprado dos céntimos de pan y condimentos. Almorcé y me puse a pensar en lo que me había sucedido. 

Al atardecer, mientras seguía en la misma situación, se me acercó una joven y me dijo: “Mi señora te llama”. Fui en su compañía hasta la puerta de la casa; pedí permiso, entré, besé el suelo ante ella y mandó, como de costumbre, que nos sirviesen de comer y de beber. Después dormí con ella como la noche anterior. Al amanecer me entregó un segundo pañuelo con cincuenta mizcales de oro. Lo cogí, salí, me marché al almacén y lo enterré.

Llevé este tipo de vida durante ocho días: iba a visitarla al atardecer y salía al alborear la mañana. Durante la noche del octavo día, mientras estaba durmiendo con ella, entró corriendo una esclava que me dijo: “¡Levántate y métete en ese cuarto!” Me metí en él y vi que daba a la calle. Mientras permanecía allí se armó un gran alboroto y los cascos de los caballos repiquetearon en la calle. La habitación tenía una ventana que daba sobre la puerta. Miré por ella y vi un joven montado a caballo que parecía la luna llena en el momento de aparecer por el horizonte: venía precedido por los mamelucos y los soldados que estaban a su servicio. Se acercó a la puerta, se apeó, entró en la habitación y encontró a aquella mujer sentada en el lecho. Besó el suelo ante ella y después se le aproximó, y le besó la mano. Ella no le dirigió la palabra pero él la trató con humildad hasta que la persuadió a hacer las paces y pasó la noche con ella.

Al llegar la mañana los soldados acudieron a buscarle; montó a caballo y salió por la puerta. La mujer vino a buscarme y me dijo: “¿Has visto a ése?” “Sí.” “Es mi esposo. Voy a contarte lo que me ha ocurrido con él. Un día estábamos los dos sentados en el jardín del interior de la casa. Él se marchó, de repente, de mi lado y estuvo ausente durante mucho rato. Notando que tardaba me dije: ‘Tal vez haya ido al retrete’. Me dirigí a éste y no le encontré. Pasé por la cocina, vi una criada y le pregunté por él. Me indicó donde estaba: ¡durmiendo con una criada! Entonces juré del modo más solemne que había de cometer adulterio con el hombre más sucio y más inmundo. El día que te cogieron los eunucos llevaba ya cuatro días dando vueltas por la ciudad en busca de alguien que reuniese estas características: tú eres la persona más sucia y más inmunda que encontré: te mandé detener y ocurrió lo que Dios tenía dispuesto que ocurriese. Ahora ya he cumplido el juramento que había hecho”. Añadió: “Cuando mi esposo vuelva a tener relaciones con alguna esclava, a dormir con ella, te prometo que te mandaré llamar y volveremos a las andadas”. Mientras yo escuchaba estas palabras ella me asaeteaba el corazón con las flechas de su mirada y yo lloraba hasta causarme llagas en los párpados. 

La joven mandó que me marchase y me entregó cuatrocientos mizcales de oro. Yo me fui y he venido hasta aquí para pedir a Dios (¡gloriado y ensalzado sea!) que su marido vuelva a dedicarse a la criada para que yo pueda volver a su lado.»

El Emir de la peregrinación al oír este relato soltó a aquel hombre y dijo a los presentes: «¡Dios os bendiga! Rezad por él, pues tiene disculpa» .

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