El rey y el mendigo
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
Durante años, el hombre había construido una imagen de sí mismo que ya no distinguía de la realidad. Si bien no era un mal gobernante ni un tirano evidente, había empezado a necesitar algo que antes le resultaba indiferente: la confirmación constante de que era admirado.
Primero fueron gestos pequeños: comentarios que esperaba escuchar, miradas que quería retener un segundo más de lo necesario. Después, decisiones más visibles: discursos más largos, ceremonias más frecuentes, retratos suyos en espacios donde antes no hacían falta. Nadie decía nada, pero todos entendieron: había que aplaudir.
Naturalmente era agradable para el soberano. No obstante, una duda comenzó a gestarse en su interior: ¿Realmente lo admiraban o solo era la costumbre?. Había aprendido a rodearse de gente que sabía exactamente cuándo asentir y cuándo callar. Con el tiempo, dejó de distinguir entre respeto y obediencia.
Mandó entonces a preparar un espacio en los jardines. Parecía un templo, aunque técnicamente no lo era. Pero en el centro hizo colocar una escultura de sí mismo. Era la imagen más serena, más firme, más perfecta que en la vida real. Durante unos días observó desde lejos cómo reaccionaban quienes pasaban por allí. Algunos se detenían, otros seguían de largo. Nadie reaccionaba como él había imaginado.
Decidió intervenir.
Ordenó que trajeran a tres personas del mercado. Pidió que no eligieran, que simplemente llevaran a las primeras tres personas. Quería ver qué hacía la gente común cuando no tenía tiempo de prepararse.
Los hicieron entrar al atardecer.
El primero vestía bien, demasiado bien, casi que combinaba con ese lugar. Sus manos mostraban costumbre de trato, de negocios, de acuerdos. Miró la escultura apenas un segundo y entendió todo sin preguntar. Se inclinó con rapidez y precisión.
—Uno no puede darse el lujo de desagradar al rey —dijo, casi como una explicación para sí mismo.
El segundo llevaba un cuaderno bajo el brazo. Observó más tiempo. Sus ojos iban de la estatua al rostro del hombre que lo miraba, y de nuevo a la estatua. A su alrededor nadie hacía nada. Parecía que inclinarse era lo correcto.
—Si esto es lo que se espera —murmuró—, entonces esto haré.
Se inclinó también, con cierta incomodidad, pero sin resistencia.
El tercero estaba descalzo.
No parecía sorprendido ni asustado. Miró la escultura, luego al hombre que daba las órdenes, y finalmente el suelo, como si buscara algo más concreto que entender.
—¿No vas a inclinarte? —dijo uno de los hombres que lo había llevado.
El hombre negó con la cabeza.
—No veo por qué.
Hubo un silencio breve.
—Estás arriesgando tu vida..
—Desde que tengo memoria es así. —El tono no era desafiante. Era simple.
—¿No tienes miedo?
El hombre levantó apenas los hombros.
—No tengo nada que perder. Mi vida no vale tanto como para temer perderla. Si alguien me ofreciera un plato de comida caliente, ahí sí tendría una razón para inclinarme.
Nadie dijo nada.
El rey, que no estaba muy lejos observando, se quedó mirándolo un momento más largo de lo que había previsto. No había argumento que discutir. No había lógica que refutar. Sólo una evidencia incómoda.
Los dos hombres se marcharon, impresionados por lo que consideraron una arrogancia innecesaria. El que estaba descalzo vio que alguien se acercaba a él. El rey apoyó su mano en el hombro del mendigo y lo condujo a la galería junto a la puerta del palacio, donde había dispuesto una mesa.
La mesa estaba servida. El rey indicó al hombre descalzo que se sentara y comiera. El mendigo comió sin apuro. Nadie habló durante la cena. Al terminar, el rey le dijo que cada noche habría un plato de comida caliente esperándolo.
Al día siguiente, la escultura ya no estaba. En su lugar, el rey mandó plantar un árbol. El mendigo regresó por la noche y encontró, tal y como le había dicho el rey, un plato de comida caliente, y junto a la mesa un par de zapatos.
El rey nunca volvió a pedir reverencias, pero de vez en cuando, se tomaba tiempo para cenar junto al mendigo. Vio en sus ojos tal gratitud que nunca hizo falta que se inclinara para que el rey tuviera la seguridad de ser respetado por las razones correctas.
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