La Grieta en el Óleo

La Grieta en el Óleo

La Grieta en el Óleo

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Elias era el restaurador más meticuloso de la ciudad. Su vida transcurría entre lupas, disolventes y pigmentos, obsesionado con una sola cosa: la perfección técnica. Para él, el mundo se dividía en objetos bien conservados y objetos defectuosos.

Un día, el museo le entregó un retrato del siglo XVIII. Al colocarlo bajo la lámpara de alta intensidad, Elias soltó un suspiro de asco. El cuadro estaba “enfermo”. A través de su lente de aumento, veía una red de grietas minúsculas que corrompían el rostro de la joven noble pintada.

—Es un desastre —le dijo a su aprendiz—. Mira estas fisuras. El artista fue descuidado, o quizás el lienzo es de mala calidad. Es una estructura rota, una fealdad que emana desde el interior de la obra.

Durante semanas, Elias trabajó frenéticamente. Aplicó resinas, cambió los barnices y usó pinceles de un solo pelo para ocultar las grietas. Pero, inexplicablemente, cada mañana al volver al taller, las fisuras parecían haberse multiplicado.

—¡Es imposible! —gritó Elias—. ¡Esta pintura es una basura que se cae a pedazos! ¡No soporta la luz, no soporta el aire!

Su obsesión llegó al punto de empezar a ver grietas en otros lugares. Criticaba la piel de su aprendiz, las paredes del taller, incluso el cristal de sus propias gafas. Se quejaba de que el mundo entero se estaba “resquebrajando” y que nadie más que él tenía la agudeza visual para notar tanta decadencia.

Una tarde, en que estaba exhausto y con los ojos inyectados en sangre, el aprendiz se acercó tímidamente y le entregó un paño de seda limpio.

—Maestro, por favor… antes de seguir con el cuadro, limpie su lupa.

Elias lo apartó con desprecio, pero por un segundo de duda, miró el cristal de su lente fuera de su ojo. La lente estaba intacta. Confundido, se acercó al espejo del taller para lavarse la cara.

Al mirarse en el espejo, pensó que sus ojos le habían jugado una mala pasada. No eran las pinturas, ni las paredes, ni la piel de los demás. Sus ojos, seguramente ya estaban cansados por décadas de esfuerzo y rigidez. Esa tarde, al salir del trabajo, fue a ver a un viejo oftalmólogo, el Dr. Arcas, y le planteó su problema..

—Todo lo que miro tiene fisuras. La gente, los cuadros, incluso las paredes de su consultorio están llenas de grietas minúsculas. 

El Dr. Arcas lo miró en silencio. Le pidió que se sentara frente a la lámpara de hendidura y examinó sus ojos con detenimiento. Tras unos minutos, apagó la luz y se quitó las gafas.

—Elias, no es el mundo esté agrietado —dijo el médico con calma—. Lo que ves en cada rostro y en cada cuadro es un mapa exacto de tu propia condición. Tienes una patología degenerativa en el humor vítreo.

Elias se quedó helado.

—¿Qué quiere decir?

—Quiere decir que esas grietas que tanto te molestan en los demás son, en realidad, opacidades dentro de tus propios ojos.

El profesional le indicó el mejor tratamiento para poder recuperar esa agudeza visual tan requerida en su trabajo. Antes de terminar el médico le dijo:

—Recuerda que el tratamiento empieza por entender que el observador siempre es parte de la obra.

Elias salió del consultorio y, por primera vez en años, no intentó juzgar la imperfección de la calle. Ya no estaba seguro si las grietas estaban fuera o dentro de él.

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Autor: Benicio de Seeonee

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