El tempo de las cosas importantes

El tempo de las cosas importantes

El tempo de las cosas importantes

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

El chico caminaba de un lado al otro del living. Miraba el teléfono, lo dejaba boca abajo, volvía a mirarlo. Tenía los hombros tensos y esa respiración corta que delata que la cabeza va más rápido que el cuerpo.

—Leo, ¿qué sucede? —preguntó su padre al observarlo.

—No me responde —dijo—. Estudio, hago todo lo que tengo que hacer, por fin pude hacer un poco de tiempo para salir y le escribo, pero no me responde. No entiendo que sucede.

El padre no respondió enseguida. Estaba sentado frente al piano, con la tapa abierta. Pasó el dedo por una tecla, apenas un sonido, más para probar el aire que para tocar. Después cerró la tapa con cuidado.

—Ven aquí —le dijo—. Siéntate.

El chico se dejó caer en la silla, todavía inquieto.

—Dime una cosa ¿sabes por qué una pieza musical no se puede tocar más rápido de lo que está escrita? —preguntó el padre, sin mirarlo.

—Porque queda mal.

—No. Porque deja de ser esa música.

El padre apoyó las manos sobre sus rodillas, como quien se prepara para contar algo que conoce bien.

—Cuando yo era joven, creía que practicar más horas hacía que la música saliera antes. Que si apuraba los pasajes difíciles, si forzaba el tempo, iba a llegar más rápido al resultado. Lo único que lograba era cansarme y arruinar la obra. El error no era falta de esfuerzo. Era exceso de ansiedad.

El chico lo miraba ahora con atención.

—Una partitura tiene silencios —continuó—. Pero no son un descuido. No están ahí para rellenar después. Son parte de la música. Si uno los saca, todo se cae. En la vida pasa lo mismo. Queremos tocar solo las notas, llegar directo al final, y nos desesperan los tiempos muertos, la espera, lo que parece no avanzar.

Se levantó y abrió de nuevo el piano. Se sentó de nuevo y miró a su hijo.

—Escucha.

Tocó una melodía sencilla. Clara. Lenta. Dejó respirar cada compás.

—Si yo apuro esto —dijo, y volvió a tocarla acelerando—, no soy más virtuoso. Soy torpe. No respeto el ritmo. La música no se deja empujar. La vida tampoco.

El chico bajó la mirada. Ya no se movía con ansiedad.

—No todas las piezas tienen el mismo tiempo ni los mismos silencios. Tú puedes entender lo tuyos, y es probable que no entiendas los de los demás. 

Leo asintió lentamente.

—Tú estás haciendo lo que tienes que hacer —cerró el padre—. Estás estudiando, estás creciendo. Es un proceso. Y el proceso no se acelera sin romper algo.

El joven miró a su padre.

—Aprende a escuchar tu propio tempo. A sostener tus propios silencios. No el de los demás. El tuyo. Cuando llegue el momento, la música entra sola.

El chico asintió despacio. La ansiedad no se había ido del todo, pero ya no mandaba. Había entendido algo simple y difícil: que no todo lo valioso responde a la urgencia, y que hay cosas —las importantes— que solo maduran cuando se las deja sonar en su tiempo.

El celular de Leo sonó y el padre lo miró sonriendo mientras el chico corría a ver el mensaje tan esperado.

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