El banco de la plazoleta
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
Todas las tardes, a la misma hora, Anibal caminaba unas diez cuadras hasta la plazoleta, desde hacía años. No sabía cuándo había empezado esa costumbre, pero ya era un hábito y hasta se había dado cuenta que los días que no podía ir porque llovía, lo necesitaba.
Tal vez, era para él como un recordatorio de que aún podía moverse por su propio pie, respirar aire fresco y ver el mundo sin apuros. Se sentaba siempre en el mismo banco, el que daba a los tilos viejos, con la espalda cómoda y el sol pegándole tibio en la cara. Un hombre de setenta y tantos que aprendió a convivir con la soledad después de enviudar, aunque nunca terminó de acostumbrarse del todo.
Olga empezó a aparecer un otoño. Caminaba despacio, apoyada en un bastón liviano, con un abrigo gris que le caía elegante sobre los hombros. Tenía una forma particular de mirar el entorno, atenta pero serena, como quien ya vio demasiadas cosas y aun así conserva la curiosidad intacta. Él la saludó la primera vez con un gesto leve; la segunda, con un comentario sobre el clima. Para la tercera, ya estaban conversando.
Hablaron de todo: hijos que vivían lejos, recuerdos del trabajo, anécdotas que ninguno había contado en años. Había en ella una calidez discreta, una inteligencia suave que le hacía bien. Él esperaba esas tardes con una mezcla de ansiedad y gratitud. Sentía que la vida, de un modo extraño, le estaba dando un pequeño regalo tardío.
Con el tiempo, caminaron juntos un par de vueltas alrededor de la plazoleta. Ella apoyaba la mano en su brazo para no tropezar, y él sentía que esa simple cercanía le devolvía algo que creía perdido: la sensación de que aún podía importar. Cada palabra, cada gesto, tenía para ambos ese tinte romántico, que sólo los sabios de la vida logran detectar. Era una presencia compartida que daba alivio. Porque lo cierto es que cuando uno llega a ciertos años, el afecto se simplifica y también se vuelve más profundo.
Un día ella no apareció. Él pensó que habría tenido un malestar, o que la lluvia de la noche anterior la habría obligado a quedarse en casa. Volvió al día siguiente, y al siguiente, sin verla. La inquietud se volvió un peso. Preguntó a dos o tres vecinos conocidos. Nadie la había visto. La cuarta tarde, mientras esperaba sentado con la paciencia agotada, se acercó la hija de ella. Una mujer seria, de modales correctos, que lo saludó con respeto y le explicó que su madre se había mudado con ella, a otra ciudad, porque su salud ya no permitía vivir sola. El viaje había sido urgente. No habría visitas de despedida.
Él escuchó en silencio. Asintió. Agradeció. La mujer se fue sin saber que acababa de romper algo que él no se animaría a contarle a nadie. No hubo llanto. A esa edad, el dolor no siempre tiene la fuerza para salir. Se queda adentro, acomodado en algún rincón del pecho como un huésped silencioso.
Volvió al banco. Miró los árboles. La vida seguía en ese murmullo de hojas y pasos ajenos. Ella no iba a regresar. Lo supo sin dramatismo, sin ilusiones, con esa lucidez que la edad impone: el amor tardío es un privilegio, pero también es frágil. Se sostiene mientras el cuerpo acompaña, mientras los días lo permiten. Cuando la vida se lo lleva, uno solo puede aceptar.
Las semanas pasaron. Él siguió yendo a la plazoleta. Alguien podría pensar que era costumbre, pero no era eso. Era la necesidad de sostener el espacio donde había vuelto a sentirse vivo por un rato. A veces miraba hacia el caminito de tierra por donde ella solía acercarse. No la esperaba, pero tampoco evitaba el impulso de mirar.
Cada vez que el sol de la tarde le daba en la cara, él sentía una gratitud tranquila. Porque incluso en la última etapa de la vida, su corazón algo gastado, todavía encontraba manera de latir con intensidad, aunque después tuviera que aprender a despedirse sin ruido.
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