El pozo y el niño

El pozo y el niño

El pozo y el niño

Un hombre vivía en el fondo de un pozo. No sabía cuándo había caído allí. Solo que, con el tiempo, había dejado de preguntárselo. Conocía cada piedra, cada sombra. Había aprendido a moverse sin mirar. Había escrito palabras en las paredes para calmar la mente:
“Esto también es hogar.”  “La oscuridad no duele si uno se acostumbra.”  “El cielo puede esperar.”

Y así pasaban sus días. Lentos. Repetidos. Silenciosos. A veces, voces llegaban desde arriba:
—¡Sube! ¡Te tiramos una cuerda!
Pero él sonreía sin moverse:
—Gracias. Ya no me pesa estar aquí.

Un día, no hubo gritos. Solo una presencia. Un niño se sentó al borde del pozo, sin hablar.  El hombre, intrigado, alzó la vista:

—¿Qué haces ahí?

—Escucho —dijo el niño.

—¿A quién?

—A ti. Aunque aún no hables.

Hubo silencio. Largo. Sin prisa. Como en los templos. Luego el niño encendió una linterna.  La luz bajó hasta las paredes del pozo… y allí estaban. Las piedras sobresalientes. No, era una escalera. Había estado siempre ahí.

—¿Por qué no la vi antes? —susurró el hombre.

—Porque mirabas hacia adentro —dijo el niño—. No hacia arriba.

—¿Y si subo y no me gusta lo que hay?

—Entonces el pozo seguirá allí. Pero ya no serás el mismo.

El hombre dudó. El miedo aún vivía en sus huesos. Pero la luz era real. Y el silencio del niño le daba paz. Así, dio el primer paso. Luego otro. Y otro más.

Al salir, el sol le tocó el rostro. No era un milagro. Era simplemente el día. Algo que siempre había estado allí… como la escalera.

Buscó al niño para agradecer. Pero no lo vio. Ya no estaba ahí. Solo encontró la linterna. Y un papel doblado que decía: “Nadie te saca del pozo.  Pero a veces, alguien te recuerda que puedes salir.

Reflexión:

La oscuridad no es el problema. El hábito de no mirar hacia la salida… sí lo es. No se trata de huir del pozo. Se trata de recordar que no es necesario vivir allí para siempre.




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