El hipopótamo y la tortuga
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
En las sabanas del oeste africano, cuando el sol caía pesado sobre la tierra roja, había un lugar donde todos los animales compartían un único estanque para refrescarse. Entre ellos vivía una tortuga pequeña, paciente y silenciosa, y también un hipopótamo enorme, orgulloso y rodeado siempre de siete compañeras que caminaban a su sombra.
Por aquellos tiempos, los hipopótamos no permanecían mucho rato en el agua: se refrescaban y luego deambulaban por la tierra junto al resto de los animales. A él le gustaba mostrarse, hacer ruido, hacerse notar; se sentía poderoso.
La tortuga le tenía un miedo profundo al hipopótamo y a sus compañeras, pues eran enormes y ella, muy lenta y pequeña. Pensaba que cualquiera de sus patas podía aplastarla sin que él siquiera lo advirtiera; por eso vivía moviéndose con cuidado, dando rodeos interminables y evitando la zona del estanque donde los gigantes se reunían. Su vida era un mapa de desvíos, todo para no cruzarse con lo que tanto la intimidaba.
Un día, el hipopótamo anunció un gran festín para todos los animales. Era su manera de reafirmar su poder: cuantos más lo escuchaban, más se agrandaba. El día del banquete, los animales acudieron con sus mejores adornos, y la tortuga llegó al final, arrastrando su paso lento, porque aun con miedo pensó que quizá valía la pena intentarlo.
Cuando todos estuvieron reunidos, el hipopótamo abrió su enorme boca y preguntó:
—Díganme, ¿alguno de ustedes sabe cuál es mi nombre?
Las miradas se cruzaron, confundidas; nadie lo sabía. El hipopótamo sonrió, satisfecho.
—Si nadie conoce mi nombre, nadie probará mi comida. Vuelvan la semana próxima. Si alguien lo adivina, además de comer podrá pedirme lo que quiera.
Al hipopótamo le encantaba jugar y estaba seguro de que nadie sabría su nombre, ya que solo sus compañeras lo conocían. Pero cuando la tortuga escuchó aquello, sintió que su corazón golpeaba con fuerza dentro del caparazón. Si descubría ese nombre, podría pedir algo. Pero ¿cómo averiguarlo?
Esa noche pensó durante horas, y la idea, tímida al principio, fue tomando forma: tenía miedo, sí, pero entendió que aquella era su oportunidad.
Al día siguiente decidió no rodear la zona como siempre. Se acercó, respiró hondo y avanzó lentamente para observar. Se escondió entre los matorrales y esperó. Cuando el hipopótamo y sus compañeras entraron en el agua, arrastró su cuerpo hasta la orilla y cavó un pequeño hueco. Se acomodó allí, dejando apenas el caparazón asomado.
Horas después, una de las compañeras del hipopótamo salió del agua y, sin ver a la tortuga, tropezó con ella.
—¡Ay, Mastembé! ¡Qué golpe me di! —gritó, malhumorada.
La tortuga quedó inmóvil. Había oído lo que necesitaba: el nombre del gigante. Volvió a su casa, todavía temblando, pero con una mezcla nueva de miedo y satisfacción.
Llegó el día del segundo banquete y los animales se reunieron otra vez. El hipopótamo, ufano, repitió su pregunta:
—¿Alguno conoce mi nombre?
Hubo un silencio grande y hondo; entonces se oyó la voz más inesperada:
—Yo lo sé —dijo la tortuga.
Todos se apartaron. Ella avanzó, a paso corto, con la cabeza erguida.
—Tu nombre es Mastembé.
El hipopótamo quedó rígido. No entendía cómo aquella criatura que siempre había vivido escondida había logrado descubrirlo.
La tortuga habló con calma:
—Ahora cumple tu promesa. Quiero que tú y los tuyos vivan para siempre en el lago.
El hipopótamo, avergonzado pero obligado a respetar su palabra, aceptó. Desde entonces, los grandes cuerpos permanecen en el agua y las tortugas avanzan por la tierra sin miedo a ser aplastadas.
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