El herrero taumaturgo | Las mil y una noches

El herrero taumaturgo | Las mil y una noches

EL HERRERO TAUMATURGO

Extraído del libro
Las mil y una noches

Se refiere que un hombre pío se enteró de que en tal y tal ciudad había un herrero que metía la mano en el fuego y cogía el hierro al rojo vivo sin sufrir el menor daño. 

Dicho hombre se dirigió a aquella ciudad, preguntó por el herrero y se le indicó su domicilio. Al verle le contempló y vio que hacía lo que se le había dicho. Esperó hasta que hubo concluido su trabajo. Entonces se acercó a él, le saludó y le dijo: 

– Desearía ser tu huésped esta noche

– ¡De mil amores!

 Le condujo a su casa, cenó con él y durmieron juntos. El huésped no vio ni que se levantase ni que se dedicase al rezo. Se dijo: « Tal vez se haya escondido». Pasó con él una segunda y una tercera noche sin ver que cumpliese más que las obligaciones religiosas estrictas; no realizaba las recomendadas y por la noche sólo se levantaba un momento. Le dijo: 

–- Hermano mío. He oído hablar del carisma que Dios te ha concedido y lo he visto por mis propios ojos; a continuación he intentado ver las prácticas de ascetismo que realizas, pero no he visto que hicieses nada que sea propio para recibir los carismas, ¿de dónde te vienen?

El herrero dijo: 

–- Te contaré la causa. Yo estaba enamorado apasionadamente de una muchacha y la solicité con insistencia, sin conseguirla, pues estimaba en mucho la castidad. Vino un año de una gran sequía, de un gran hambre; la comida faltaba y la necesidad iba en aumento. Un día, mientras estaba en mi casa, llamaron a la puerta. Salí a abrir y la encontré en el dintel. Me dijo: “¡Hermano mío! Estoy muy hambrienta y levanto mi cabeza hacia ti. ¡Dame de comer por amor de Dios!” Le repliqué: “¿Es que no sabes cuán grande es mi amor y lo mucho que sufro por tu culpa? No te daré nada de comer hasta que te entregues a mí”. “¡Morir es preferible a desobedecer a Dios!” 

Se marchó, volvió al cabo de dos días y me dijo lo mismo que la primera vez: le contesté igual. Entró en la casa y se sentó: estaba a punto de morir. Coloqué la comida delante de ella. Derramó lágrimas y exclamó: “¡Aliméntame por amor de Dios, Todopoderoso y Excelso!” Repliqué: “¡No lo haré, por Dios, a menos de que te entregues!” “La muerte es preferible a tener que sufrir el castigo de Dios (¡ensalzado sea!).” Se levantó, dejó allí el alimento… 

Estuvo ausente dos días al cabo de los cuales volvió a llamar a la puerta. Salí. El hambre le había debilitado la voz. Me dijo: “¡Hermano mío! Las privaciones me han agostado y no puedo mostrar mi faz a nadie más que a ti, ¿me darás de comer por amor de Dios (¡ensalzado sea!)?” “¡No… a menos de que te entregues!” Entró, se sentó en la casa. 

Yo no tenía preparada la comida. Cuando se hubo cocido y la hube puesto en la escudilla, Dios (¡ensalzado sea!) me tocó con su gracia. Me dije: “¡Ay de ti! Esta mujer está mal de la cabeza y de religión. Se ha abstenido de comer hasta el momento en que ya no puede aguantar más de tan grande como es el hambre que padece. Ha rechazado la comida una vez tras otra mientras que tú no cesas de desobedecer a Dios (¡ensalzado sea!)”. Exclamé en voz alta: “¡Dios mío! Me arrepiento ante Ti por lo que me obcecaba la mente”. Cogí la comida, me presenté ante ella y le dije: “¡Come, pues no te ocurrirá ningún mal! Lo hago por amor de Dios, Todopoderoso y Excelso”. La mujer levantó los ojos al cielo y exclamó: “¡Dios mío! Si dice la verdad, hazle inmune al fuego en este mundo y en el otro. Tú eres todopoderoso y puedes oír la plegaria”. 

La dejé allí y fui a apagar el fuego del brasero. Era invierno y hacía frío. Un tizón me cayó encima pero y o no noté ningún dolor por voluntad de Dios, Todopoderoso y Excelso. Entonces se me hizo patente que su plegaria había sido escuchada. Cogí la brasa con la mano y no me quemé. Fui a presentarme ante la mujer y le dije: “¡Alégrate! ¡Dios ha escuchado tu plegaria!” El bocado se le cayó de la mano y exclamó: “¡Dios mío! Así como me has mostrado que mi plegaria, en lo que a este hombre afecta, ha sido atendida, coge ahora mismo mi espíritu. Tú eres poderoso sobre todas las cosas”. En el mismo momento Dios se apoderó de su alma. (¡Él tenga misericordia de ella!)




Benicio
Últimas entradas de Benicio (ver todo)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *



Descubre más desde Afectos

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Afectos
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.