El espejo de Matsuyama
Una historia del antiguo Japón
Hace muchos años, en Japón, vivían en la provincia de Echigo, una parte remota de Japón incluso en la actualidad, un hombre y su mujer. Llevaban casados varios años y habían sido bendecidos con una hija pequeña. Era la alegría y el orgullo de sus vidas, y en ella tenían una fuente interminable de felicidad. No podía haber en todo el Imperio una familia más feliz.
Un día, hubo mucha alegría en la casa, pues de repente habían convocado al padre a la capital por negocios. En estos días de ferrocarriles y jinrikisha1 y otros rápidos medios de transporte, es difícil percatarse de lo que un viaje de Matsuyama a Kioto suponía. Las carreteras eran duras y malas, y la gente común tenía que andar todo el camino, aunque fueran cientos de kilómetros. Sin duda, en aquellos días era tan difícil ir a la capital como para un japonés actual ir a Europa. Así que la esposa estaba muy ansiosa mientras ayudaba a su marido a prepararse para el largo viaje, al saber qué tarea tan ardua le esperaba.
—No te pongas nerviosa, volveré pronto —dijo el hombre—. Mientras estoy lejos, cuida de todo, en especial de nuestra pequeña hija.
—Sí, nosotros estaremos bien, pero tú debes tener cuidado y no tardar un día más de lo necesario en volver con nosotras — dijo la esposa, mientras las lágrimas caían como lluvia de sus ojos.
Nunca habían estado separados antes. Pero él sabía que tenía que irse, pues la convocatoria era imperativa. Con mucho esfuerzo, atravesó rápidamente el pequeño jardín y salió por la puerta. Su esposa, cogiendo a la niña en sus brazos, corrió hasta la puerta y lo vio pasar por la carretera entre los pinos hasta que se perdió en la niebla de la distancia.
Mientras el tiempo pasaba rápido en la silenciosa casa, el marido terminó sus negocios y volvió. El hombre había viajado día tras día, expuesto a las lluvias y al calor, durante un mes entero, y su piel estaba bronceada por el sol, pero su amada esposa e hija lo reconocieron nada más verlo y corrieron a abrazarlo desde ambos lados, cada una tirando de las mangas para saludarlo con emoción poco contenida.
El hombre y su esposa se alegraron de ver que el otro estaba bien. En cuanto se sentaron en las esterillas blancas, el padre abrió una cesta de bambú que había traído con él, y sacó una hermosa muñeca y una caja lacada llena de pasteles.
—Aquí tienes —le dijo a la pequeña—. Un regalito para ti. Es un premio por cuidar tan bien a tu madre y la casa mientras estaba fuera.
—Gracias —dijo la niña, inclinando la cabeza hasta el suelo, y después puso su mano como si fuera una pequeña hoja de arce, con los dedos ansiosos por tomar una muñeca y la caja.
Ambas, al venir de la capital, eran más hermosas que nada que hubiera visto. No había palabras para expresar la felicidad de la pequeña niña, su rostro parecía arder de felicidad y no podía ver ni pensar en otra cosa. Después, el marido volvió a revolver en la cesta y esta vez sacó una caja de madera cuadrada, cuidadosamente atada con hilo rojo y blanco, y se la dio a su esposa.
—Y esto es para ti.
La esposa tomó la caja y la abrió con cuidado para sacar un disco de metal con asa. Un lado era brillante como un cristal, y el otro lado estaba cubierto de un grabado de pinos y cigüeñas, que había sido tallado en su suave superficie como si fueran reales. Nunca había visto algo así en su vida, pues había nacido y crecido en la provincia rural de Echigo. Miró el
disco brillante y se sorprendió al ver su rostro.
—¡Veo a alguien en esta cosa redonda! ¿Qué es lo que me has dado?
El marido se rio.
—Vaya, pues es tu propio rostro. Lo que te he traído se llama espejo y quienquiera que mire en su superficie podrá ver su propio rostro reflejado. Aunque no se puede ver en un sitio tan alejado como este, se han usado en la capital desde tiempos antiguos. Allí, el espejo se considera un objeto necesario para una mujer. Hay un viejo proverbio que dice: «Si la espada es el alma del samurái, el espejo lo es de la mujer», y según la tradición popular, el espejo de una mujer muestra su propio corazón, si lo mantiene limpio y brillante, su corazón es igual de puro y bueno. Es también uno de los tesoros que forman las joyas del emperador. Debes guardar con cuidado tu espejo y usarlo con amor.
La esposa escuchó a su marido y se alegró de aprender tantas cosas que desconocía. Y le gustó aún más el precioso regalo, un símbolo de su amor mientras había estado lejos.
—Si el espejo simboliza mi alma, sin duda lo atesoraré como una posesión valiosa y nunca lo usaré descuidadamente —dijo. Lo levantó hasta su frente, para agradecer el regalo y después lo guardó en la caja y se lo llevó.
Pasó el tiempo y la felicidad de la familia se rompió debido a una gran desgracia: la buena y gentil mujer y madre cayó enferma un día. En los primeros días de su enfermedad, el padre y su hija pensaron que era sólo un catarro y no se preocuparon demasiado. Pero los días pasaron y la madre no mejoró, sino que se debilitaba cada día. El padre y la hija estaban desconsolados por la pena, y día y noche pasaban al lado de la madre. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, la vida de la mujer no pudo salvarse.
Un día, mientras la chica estaba sentada en la cama de su madre, intentando ocultar con una alegre sonrisa la preocupación que le reconcomía el corazón, la madre se levantó y tomó su mano, y la miró directa y amorosamente a los ojos. Sacó la mano y sacó de un lado de la almohada una caja cuadrada de madera atada con una cuerda de seda borlada. Tras deshacer los nudos con cuidado, sacó el espejo que su marido le había regalado años antes. Su respiración era trabajosa y habló con dificultad.
—Cuando eras pequeña, tu padre fue a la capital y me trajo como regalo este tesoro: es un espejo. Esto es lo que te doy antes de morir. Si, cuando haya dejado de estar en esta vida, te sientes sola y deseas verme, saca este espejo y en su clara y brillante superficie siempre me verás, así podrás encontrarte conmigo a menudo. —Con estas últimas palabras, la mujer moribunda le dio el espejo a su hija.
La mente de la buena madre pareció quedarse en calma, y volvió a hundirse en el lecho. Sin decir ni una palabra más, su espíritu pasó tranquilo al Otro Mundo ese mismo día.
La hija y el padre estaban desolados y confusos, y se abandonaron a su amarga pena. Sentían que era imposible olvidar a la amada mujer que hasta ese momento había llenado sus vidas y enterrar su cuerpo sin más. Pero ese estallido inevitable de lamentaciones pasó, y a pesar de estar conmocionados por la resignación, recuperaron el control de su corazón.
Aun así, a la hija le parecía que su vida había quedado desolada. El amor que sentía por su madre no disminuyó con el tiempo, y tanto quería recordarla, que todo en su vida diaria, hasta la lluvia y el viento, le recordaban la muerte de su madre y todo lo que habían amado y compartido juntas. Un día, mientras su padre estaba fuera, y ella estaba haciendo las tareas de la casa sola, su soledad y su pena la abrumaron.
Se tiró al suelo de la habitación de su madre y lloró como si su corazón se hubiera roto. De repente, se irguió. Por fin se acordó de las últimas palabras de su madre. En el espejo vio reflejada la cara de su madre.
—¡Oh! Mi madre me dijo cuando me dio el espejo como regalo de despedida, que cuando mirara en él podría verla. Casi me había olvidado de sus últimas palabras, ¡qué estúpida soy! ¡Tomaré el espejo y veré si es posible!
Se secó rápido los ojos y se acercó al armario donde había guardado la caja que contenía el espejo. Su corazón latía con fuerza por la expectación al levantar el espejo y mirar en su cara pulida. ¡Sorprendente, las palabras de su madre eran verdaderas! Cuando podía, se iba a su habitación y cerrando las pantallas, sacaba el espejo y miraba, según pensaba, el rostro de su madre. Era su única alegría en esos días aciagos.
Un día, su padre la encontró así ocupada. Entró en el cuarto y la vio inclinada sobre algo con mucho interés.
—Hija, ¿qué estás haciendo? —le preguntó—. ¿Y qué es eso que tienes ahi?
—¡Padre! — La chica se asustó. Se sentó atontada y avergonzada. No quería que su padre se preocupara por su tristeza.
—Dime ¿por qué siempre estás sola en tu habitación estos días? — Entonces, la hija, aunque no quería confesar cómo adoraba la memoria de su madre, vio que debía decírselo a su padre. Así que sacó el espejo, y lo puso ante él.
—Esto —dijo— era lo que estaba mirando ahora mismo.
—Vaya —dijo sorprendido—. ¡Este es el espejo que traje como regalo a tu madre cuando fui a la capital hace muchos años! ¿Y lo has guardado todo este tiempo? Entonces, ¿por qué pasas tanto tiempo delante del espejo?
Entonces le dijo las últimas palabras de su madre y cómo había prometido ver a su hija cuando ella mirara en el espejo. Pero su padre no podía entender la simplicidad de su hija al no saber que lo que veía reflejado en el espejo era en realidad su propio rostro y no el de su madre.
—¿Qué quieres decir? —preguntó—. No entiendo cómo puedes ver el alma de tu madre perdida al mirar el espejo.
—Pero es cierto —dijo ella—, y si no me crees, mira tú mismo. —Y puso el espejo ante ella. Allí, mirando desde el otro lado del espejo, estaba su propio rostro dulce. Señaló el reflejo con seriedad—: ¿Todavía dudas de mí? —le preguntó con emoción, mirándolo a la cara.
Con una exclamación de repentina comprensión, el padre dio una palmada con fuerza.
—¡Qué estúpido soy! Por fin lo entiendo. — La niña y su madre eran como dos gotas de agua, por eso al mirar el reflejo de su rostro todo este tiempo, la muchacha pensaba que estaba cara a cara con ella. Era sin duda una niña leal. Parecería una tontería, pero no es así, muestra cuán profunda era su piedad filial y cómo de inocente era su corazón. Vivir acordándose siempre de su madre, le había ayudado a crecer a su imagen y semejanza. Qué inteligente por su parte decirle eso a la niña.
Y su padre se echó a llorar. Pensó cuán solitaria debía sentirse la pobre chica, y todo lo que debía haber sufrido extrañando a su madre.
—Te admiro y te respeto, hija mía. — le dijo abrazándola con amor
Fragmento
Extraído para Afectos de: Fábulas y Leyendas de Japón
Adaptado por: Benicio

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