El deseo del rey Tigmus
Extraído del libro
Las mil y una Noches
editado para Afectos
Érase de un rey llamado Tigmus, que gobernaba en la región de Kabul y a los Banu Sahlan, una tribu de diez mil valientes, cada uno de los cuales, a su vez, administraba cien ciudades, cien fortalezas, con sus correspondientes murallas; mi padre era señor de siete sultanes, quienes le llevaban las riquezas de Oriente y de Occidente. Era recto en sus actos, y Dios (¡ensalzado sea!) le había concedido todo esto y le había dado un gran imperio; pero no tenía ningún hijo.
El deseo de toda su vida había sido el que Dios le concediese un hijo varón a quien poder dejar su imperio al morir. Cierto día interrogó a los sabios, a los astrólogos, a los entendidos en horóscopos y les dijo:
—Haced las observaciones y determinad mi ascendente. ¿Me concederá Dios, en el transcurso de mi vida, un hijo varón a quien poder legar mi reino?
Los astrólogos abrieron los libros, hicieron el cálculo del ascendente y descendente y averiguaron su signo. Le dijeron:
—¡Oh, rey ! Tú tendrás un hijo varón, pero éste sólo nacerá de la hija del rey de Jurasán.
Tigmus se alegró mucho al oír estas palabras, y dio tales riquezas a los astrólogos y a los sabios, que no se pueden contar ni enumerar, y ellos se marcharon a sus quehaceres. El rey tenía un gran visir, que era un hábil caballero y un gran paladín, cuyo valor equivalía al de mil caballeros. Se llamaba Ayn Zar. El rey le dijo:
—¡Oh, visir! Quiero que te prepares para emprender un viaje al país del Jurasán, con el fin de que pidas, como esposa, para mí, a la hija de su rey, Bahrawan
Y explicó a su visir Ayn Zar lo que le habían dicho los astrólogos. Éste, al oír las palabras de su rey, salió al momento e hizo los preparativos para el viaje. Luego marchó de la ciudad con las tropas, con los héroes y los soldados. El rey Tigmus preparó mil quinientas cargas de seda, gemas, perlas, jacintos, oro, plata y piedras preciosas, y dispuso una gran cantidad de objetos para la boda. Lo colocó todo a lomos de camellos y mulos, y lo consignó a su visir Ayn Zar. Escribió una carta que decía:
“La paz al rey Bahrawan:
Sabe que hemos reunido a los astrólogos, a los sabios y a los entendidos, quienes nos han dicho que tendremos un hijo varón sólo en el caso de que nos casemos con tu hija.
Por ello he dispuesto que el visir Ayn Zar vaya a verte llevándote multitud de objetos para la boda. El visir me representa en todo este asunto, y le he confiado la conclusión del contrato de bodas. Espero de tu benevolencia que atiendas al visir en sus deseos, que son los míos propios, sin demora ni dilación. El bien que le hagas, será bienvenido.
No me contraríes en esto. Sabe, rey Bahrawan, que Dios me ha concedido el señorío de Kabul y el gobierno de los Banu Sahlan y que me ha dado un gran imperio. Una vez me hay a casado con tu hija, tú y yo seremos soberanos por igual, y yo te enviaré cada año riquezas que te bastarán.
Esto es lo que de ti espero”.
El rey Tigmus selló la carta y se la entregó a su visir, ordenándole que se pusiera en camino hacia el Jurasán. El visir viajó sin descanso hasta llegar a las inmediaciones de la ciudad del rey Bahrawan. Informaron a éste de la llegada del visir del rey Tigmus.
Al oírlo, dispuso que los emires se preparasen para la recepción, se preocupó de las comidas y bebidas y demás asuntos, incluyendo el forraje para los caballos. Luego ordenó que salieran al encuentro del visir Ayn Zar. Cargaron los fardos y emprendieron la marcha hasta llegar ante éste.
Colocaron los fardos en el suelo, se apearon los soldados y se saludaron unos y otros. Permanecieron en aquel sitio durante diez días, comiendo y bebiendo. Después montaron a caballo y se dirigieron a la ciudad. El rey Bahrawan salió al encuentro del visir del rey Tigmus, lo saludó, lo cogió de la mano y lo acompañó a la ciudadela. El visir ofreció en seguida al rey los fardos, los regalos y todas las riquezas, y además le entregó la carta.
El soberano la cogió, la leyó y se dio cuenta de lo que quería decir, pues entendió su significado. Se alegró mucho por ello, y dispensó al mensajero una magnífica acogida. Le dijo:
—¡Pide lo que desees! Si el rey Tigmus me pidiera mi propia vida, se la daría.
El rey Bahrawan se marchó en aquel mismo momento a ver a su hija, a su madre y a sus parientes, les explicó el asunto y les pidió consejo. Le respondieron:
—Haz lo que desees.
El rey regresó junto a Ayn Zar y le comunicó que su deseo sería complacido. El visir permaneció al lado de Bahrawan dos meses, al cabo de los cuales dijo a éste:
—Desearíamos que nos hicieses don de aquello que nos ha traído hasta aquí, pues regresaríamos a nuestro país.
El soberano replicó:
—¡De buen grado!
Mandó que se preparase la boda y se dispusiese el equipo. Así se hizo. Después ordenó comparecer a los visires, a todos los príncipes y a los grandes del reino. Acudieron todos. Mandó luego llamar a los monjes y a los sacerdotes y éstos también se presentaron, y celebraron el matrimonio de la hija de Bahrawan con el rey Tigmus.
El rey Bahrawan preparó los objetos necesarios para el viaje, y entregó tales regalos, presentes y gemas a su hija, que apenas se pueden describir. Mandó cubrir de alfombras y engalanar del modo más hermoso las calles de la ciudad: el visir Ayn Zar y la hija del rey Bahrawan emprendieron el viaje de regreso.
Tigmus, al enterarse de esto, mandó preparar la fiesta y engalanar su ciudad. Luego consumó el matrimonio con la hija de Bahrawan rompiendo su virginidad. Pocos días después la princesa quedó en estado y transcurridos los meses correspondientes dio a luz un hijo varón que se parecía a la luna en la noche del plenilunio. El rey, al saber que su esposa había dado a luz un varón, se alegró muchísimo y mandó buscar a los sabios, a los astrólogos y a los expertos en predicciones. Les dijo:
—Deseo que determinéis el ascendente y el descendente de este recién nacido, y que me digáis qué es lo que le ocurrirá durante su vida
Los sabios y los astrólogos determinaron el ascendente y el descendente y vieron que se trataba de un muchacho que sería feliz si lograba superar en su juventud, a los quince años, algunas contrariedades: si conseguía seguir viviendo después de esta edad, gozaría de un gran bienestar y sería un rey poderoso, más importante que su padre: su felicidad sería inmensa, aniquilaría a sus enemigos y tendría una vida feliz.
¡Dios es el más sabio!
El rey se alegró mucho al oír esto, le dio el nombre de Chansah y lo entregó a las nodrizas y a las amas. Su crianza fue feliz. Cuando cumplió los cinco años, el padre le enseñó a leer y empezó por el Evangelio. Después lo instruyó en el arte de la guerra y aprendió el manejo de la lanza y de la espada antes de cumplir los siete años; dedicado a la caza y a la pesca, convirtióse en un paladín en todos los ejercicios propios de la caballería.

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