Diferencias – Cuando el amor no alcanza

Diferencias – Cuando el amor no alcanza

Diferencias

Cuando el amor no alcanza

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Diego y Martín llevaban cuatro años juntos. 

Cuatro años que habían sido una mezcla insólita entre pasión, discusiones, reconciliaciones explosivas y silencios prolongados que siempre terminaban con un abrazo que parecía salvarlo todo.
La verdad es que se amaban sin medias tintas. Ese tipo de amor que desborda, que entusiasma, que promete más de lo que puede sostener.

Diego era artista gráfico. Vivía con el corazón en la boca, las ideas en ebullición y la mochila lista para salir corriendo a cualquier lado. Tenía una sensibilidad brillante, una creatividad que no sabía estarse quieta. Martín, en cambio, respiraba orden. Contador desde los veinticuatro, prolijo en cada movimiento, disciplinado, paciente. Su casa estaba siempre limpia, sus horarios definidos, sus proyectos delineados con precisión magistral. No había riesgos y si los había estaban perfectamente contemplados..

Se querían mucho, sí, pero quererse no los hacía compatibles.

A veces Diego llegaba a casa excitado por un proyecto o por una idea que había surgido en un café con desconocidos. Martín lo escuchaba, sonreía, hacía un esfuerzo por compartir el entusiasmo. Pero no lograba comprender cómo podía embarcarse así de lleno en una idea sin analizarla antes.
Otras noches, Martín hablaba de invertir, de ahorrar, de planificar una casa más grande, un perro, dos si la vida lo permitía. Diego decía que sí, que lo veía, que quizás… pero su mirada se iba lejos, a lugares donde los perros y las hipotecas no entraban.

Lo que unía a esos dos hombres era enorme. Lo que los separaba, también.

Un viernes, Diego llegó con esa expresión que Martín ya conocía: la de una decisión tomada.
—Me ofrecieron un intercambio de tres meses en Europa. Berlín, talleres, gente creativa, la movida completa. Y… quiero ir.
Martín sintió un pinchazo en el estómago.
—Está bien —dijo con voz clara—. Te voy a esperar.

¿Qué más podía decir? Lo dijo convencido. O quiso estarlo. Porque amaba a Diego con un amor adulto, de esos que no necesitan cadenas, pero era un amor que lo incluía en todos sus proyectos. 

Los tres meses fueron largos. Martín se mantuvo ocupado, trabajó, mantuvo la casa impecable, se aferró a una rutina que calmaba la ansiedad. 

Diego mandaba fotos: murales, festivales, gente nueva, noches eternas. Se lo veía feliz. Un “feliz” distinto. Un feliz que no se nutría de volver a casa, sino de seguir rodando.

Cuando Diego volvió, traía ojeras de viaje, un cuaderno lleno de dibujos y una energía que no entraba por la puerta.
Martín lo abrazó fuerte. Diego también. Pero algo detrás de ese abrazo ya estaba quebrado.

Esa primera noche, después de cenar, se quedaron en la cama en silencio. No había tensión. Había certeza. Diego miraba el techo. Martín miraba a Diego, no podía negar que había extrañado terriblemente verlo a su lado. 

—Creo que esto ya no nos queda del mismo tamaño —dijo Diego, con una tristeza sincera—. Yo allá respiré distinto. Sentí que era… yo.
Martín tomó aire. No quería llorar. 

—¿Y aquí no eres tú? 

Diego giró su rostro y miró a Martín. No dijo nada. Solo lo abrazó. Pero el abrazo ya no salvaba. Martín estaba deshecho. Antes hubiera discutido, hubiera pedido que se quedara, hubiera usado el miedo como argumento. Pero ya no.

Abrazó a Diego con el miedo de que fuera el último abrazo, la última vez que podría sentirlo. Con la desesperación de tener que quitarlo de todos sus sueños, y de todos sus proyectos. Lo abrazó con el amor que siempre le había tenido.
—Te amo, Martín.. —le dijo. 

—No me digas eso mientras te estas despidiendo.

—Pero es lo que siento. Te amo, lo único que me faltó allá, fuiste tú. Pero tú nunca hubieras estado en un lugar como ese.
Martín entendía que las diferencias entre ambos se imponían con una brutalidad que lo aniquilaba. Retener a Diego era cruel, cortarle las alas, no dejarlo ser él mismo. Lo amaba demasiado como para hacer algo así.
Se separaron un poco, pero sin soltarse. Parecía que de hecho, ninguno de los dos quería interrumpir el contacto. Pasaron la noche hablado sobre los planes de Damián. Qué haría, dónde iría. Martín asintió. De alguna manera, se sentía tranquilo. Damián tenía todo claro. Ahora solo le quedaba reconstruir su futuro sin él. En ese momento deseó tener un poco de la creatividad que Diego derrochaba. 

A la mañana siguiente, Diego se fue con su mochila. Martín se quedó acomodando las sábanas, respirando hondo. Pensó que si no hubiera sido amado, quizás se podría recuperar más rápido y seguir adelante. Pero cuando el amor está, cuando se siente y se vive, y aún así no alcanza, todo es más difícil de superar. 

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Autor: Benicio de Seeonee


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