Detrás de las palabras 

Detrás de las palabras 

Detrás de las palabras 

El universo de Elia se limitaba a la pantalla de su portátil. Escritora con alma de poeta, volcaba sus sentimientos en versos que compartía en un foro online de literatura. Sus palabras, cargadas de melancolía y belleza, resonaban en el corazón de un lector anónimo que firmaba como “A”.

“A” era un misterio. Sus comentarios eran escuetos pero profundos, como ecos que amplificaban la esencia de los poemas de Elia. Poco a poco, comenzaron a intercambiar mensajes privados, explorando un territorio virtual donde las palabras eran el único contacto físico.

Elia imaginaba a “A” como un hombre taciturno de mirada profunda, quizás un músico o un viajero incansable. Él, por su parte, vislumbraba a Elia como una mujer de espíritu libre, con una sonrisa que iluminaba las palabras que escribía.

Sus conversaciones se extendían durante horas, abordando temas que iban desde la literatura y la filosofía hasta sus sueños y miedos más profundos. Compartían sus canciones favoritas, se recomendaban libros y se contaban anécdotas de sus vidas, construyendo un universo compartido a base de palabras.

Nunca intercambiaron fotos ni revelaron sus verdaderos nombres. Su relación se basaba en la pureza de la conexión intelectual y emocional, un vínculo intangible pero poderoso. No necesitaban imágenes ni voces; sus almas se comunicaban a través de la escritura.

“A” era un refugio para Elia, un confidente invisible que comprendía sus versos y sus silencios. Ella, a su vez, era la musa de “A”, la inspiración que daba vida a sus reflexiones. 

Nunca consideraron la posibilidad de un encuentro físico. Su amor florecía en el espacio virtual, un territorio donde las palabras eran el único contacto necesario. Se amaban en la distancia, en la intimidad de los mensajes privados, en la resonancia de cada palabra escrita.

Un día, los mensajes de “A” comenzaron a espaciarse. Elia sintió una punzada de preocupación, una sombra que se extendía sobre su mundo virtual. Preguntó qué sucedía, pero las respuestas de “A” eran evasivas, cargadas de un cansancio profundo.

Finalmente, llegó el mensaje que Elia temía:

Elia, mi querida Elia. He guardado silencio durante un tiempo porque no quería preocuparte. Pero ha llegado el momento de decirte la verdad. Estoy enfermo. Una enfermedad grave, incurable. He luchado con todas mis fuerzas, pero ya no me quedan muchas. Quería despedirme de ti, agradecerte por cada palabra, por cada momento compartido. Tú has sido la luz en mis últimos días, el eco que me ha recordado que la belleza existe en el mundo. Te amo, Elia. Te amaré siempre, entre las líneas y más allá.

El mundo de Elia se derrumbó. Las palabras de “A” resonaban en su mente como un eco doloroso, un adiós que la dejaba sumida en la más profunda tristeza. Intentó responder, escribirle palabras de consuelo y esperanza, pero las palabras se negaban a salir.

Pasaron los días, y no hubo más mensajes de “A”. El silencio se hizo ensordecedor, un vacío que resonaba en cada rincón de su mundo virtual. Elia supo, sin necesidad de confirmación, que “A” se había ido.

Nunca se vieron. Nunca se tocaron. Su amor existió entre las palabras, en la intimidad de un espacio virtual que ahora se sentía vacío y frío. Elia guardó cada mensaje, cada poema, cada canción que habían compartido, como un tesoro invaluable, un testimonio de un amor que trascendió la distancia y la muerte.

El recuerdo de “A” se convirtió en un susurro constante en su corazón, un eco perpetuo de un amor que floreció en la virtualidad y que, aunque truncado por la muerte, perduraría para siempre en la memoria de Elia. La duda sobre si hubieran sido felices juntos en la vida real se desvaneció ante la certeza de un amor que, aunque intangible, fue real y profundo.

Con el tiempo, el dolor agudo del duelo comenzó a ceder, dando paso a una serena nostalgia. Elia volvió a leer los mensajes de “A”, ya no con lágrimas en los ojos, sino con una sonrisa melancólica. Recordaba sus conversaciones con cariño, las risas compartidas entre líneas, las reflexiones profundas que habían tejido juntos. El recuerdo de “A” ya no era una herida abierta, sino una cicatriz que le recordaba un amor único e irrepetible. Un amor que, aunque nacido en la virtualidad, había dejado una huella imborrable en su corazón, un eco feliz que resonaría para siempre en su memoria.




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