Buluqiya y el origen de los genios

Buluqiya y el origen de los genios

Buluqiya y el origen de los genios

Extraído del libro
Las mil y una Noches

Buluqiya descendió del monte y anduvo sin cesar hasta que se aproximó a la orilla del mar. Se sentó un rato en ella para admirar el monte, los mares y las islas. Pasó la noche en aquel sitio, y al amanecer se untó los pies con el jugo que habían sacado de la planta, y se internó en el mar, andando durante días y noches y admirando los terrores, los prodigios y las exquisiteces que encierra. Avanzó ininterrumpidamente durante dos meses enteros, sin ver montes, ni islas, ni tierras, ni valles, ni costas, hasta el fin de aquel mar. Tenía un hambre tan intensa, que cogía los peces y se los comía Avanzó sin cesar por la superficie de las aguas, y así llegó a una isla que parecía ser el Paraíso. 

Buluqiya puso pie en ella y admiró sus bellezas. Empezó a recorrerla y a examinarla a derecha e izquierda. Era cerca del mediodía. Avanzó hasta encontrar un manzano. Extendió la mano para coger y comer, cuando una persona gritó desde el mismo: 

—¡Si te acercas a este árbol y comes algo de él, te partiré en dos mitades!

Buluqiya se fijó en quien hablaba: era un hombre que tenía cuarenta codos de altura (según los codos en uso en aquella fecha). Al verlo, se asustó muchísimo y se abstuvo de tocar el árbol.

Buluqiy a le preguntó: 

—¿Por qué me impides comer de este árbol?

—Porque tú eres un hombre, y tu padre Adán olvidó el pacto hecho con Dios, le desobedeció y comió de este árbol.

—¿Quién eres? ¿A quién pertenece esta isla? ¿De quién es este árbol? ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Sarahiya. Este árbol y la isla pertenecen al rey Sajr; yo soy uno de sus criados, y me ha encargado de la custodia de la isla.

A continuación, Sarahiy a preguntó a Buluqiya: 

—¿Quién eres? ¿De dónde vienes a este país?

Buluqiy a le contó toda su historia, desde el principio hasta el fin. Sarahiya replicó:

—¡No temas!

En seguida le sirvió alimento, y Buluqiya comió hasta hartarse.

Después se despidieron, y Buluqiya anduvo sin parar durante diez días. Cruzó montes y arenales hasta que descubrió una nube de polvo flotando en el aire. Avanzó en la dirección de donde provenía y oyó voces, gritos y un gran tumulto. Se acercó al lugar de donde llegaban, y así alcanzó un gran valle, cuya longitud era de dos meses. Miró hacia el lugar de donde venían los gritos y vio hombres a caballo que combatían y derramaban su sangre, que formaba un verdadero río. Su voz parecía la del trueno; empuñaban lanzas, espadas, barras de hierro, arcos, venablos; sostenían una enconada batalla. Buluqiya se asustó muchísimo.

Mientras él se mantenía a la expectativa, los combatientes lo vieron, se contuvieron y suspendieron el combate. Un grupo de ellos se le acercó y quedó admirado de su forma. Un caballero avanzó y le preguntó: 

—¿Qué cosa eres? ¿De dónde vienes? ¿Adónde vas? ¿Cómo has podido encontrar el camino y llegar a nuestro país?

—Soy uno de los hijos de Adán; llego, errante, por amor a Mahoma, que Dios bendiga y salve. Pero he perdido el camino.

El caballero le explicó, mientras sus compañeros se admiraban de la forma y de las palabras del visitante: 

—Nosotros no hemos visto jamás a un hijo de Adán, ni ninguno de ellos ha llegado a nuestra tierra. 

Buluqiya le preguntó:

—¿Qué clase de criaturas sois vosotros?

—Somos genios.

—¡Caballero! ¿Cuál es la causa de vuestra guerra? ¿Dónde está vuestra morada? ¿Cuál es el nombre de esta tierra y de este valle?

—Nuestra morada está en la Tierra Blanca. Dios (¡ensalzado sea!) nos manda venir cada año a esta región para combatir a los genios incrédulos.

—¿Dónde está la Tierra Blanca?

—Detrás del Monte Qaf, a una distancia de setenta y cinco años de viaje. Esta tierra se llama de Saddad b. Ad, y nosotros venimos a ella para combatir. No tenemos más ocupación que la de loar y santificar a Dios. Nuestro rey se llama Sajr. Ahora debes acompañarnos para que él te vea y te contemple.

Los genios transportaron a Buluqiya a su morada. Éste vio grandes tiendas de seda verde en un número tal que sólo Dios (¡ensalzado sea!) puede conocerlo; entre ellas había una de seda roja, que tenía una anchura de mil codos: sus cuerdas eran de tela azul, y sus pivotes, de oro y de plata. Buluqiya se quedó admirado ante ella. 

Lo acompañaron hasta introducirlo en la tienda: era la del rey Sajr. Avanzaron hasta llegar ante éste. Buluqiya clavó la vista en el rey, que estaba sentado en un gran trono de oro rojo, incrustado de perlas y aljófares.

A la derecha del rey estaban los genios, y a su izquierda, los sabios, emires, grandes del reino y demás personalidades. El rey Sajr, al verlo, mandó que entrasen. Se presentaron ante su soberano, y Buluqiya avanzó, lo saludó y besó el suelo ante sus manos. El rey Sajr le devolvió el saludo y le dijo: 

—Acércate a mí, hombre. 

Buluqiya se aproximó hasta él. Entonces el rey ordenó que le colocasen una silla a su lado, y los servidores lo hicieron así. Sajr le ordenó que se sentase en la silla. Buluqiya se sentó. El rey le preguntó: 

—¿Qué clase de ser eres?

—Soy un hijo de Adán; soy un israelita.

—Cuéntame tu historia y refiéreme todo lo que te ha ocurrido. ¿Cómo has llegado hasta esta tierra?

Buluqiya explicó al rey todos sus viajes, desde el principio hasta el fin, y Sajr quedó admirado de sus palabras. A continuación, ordenó a los sirvientes que extendiesen los manteles. Los pusieron, colocaron platos de oro rojo, platos de plata y platos de bronce. Unos contenían cincuenta camellos hervidos; otros, veinte; otros, cincuenta cabezas de ganado; había allí mil quinientos servicios. Buluqiya, al ver aquello, quedó completamente admirado. Seguidamente, los genios empezaron a comer, y Buluqiya los acompañó hasta quedar harto, y a continuación dio gracias a Dios (¡ensalzado sea!). Inmediatamente después se llevaron los guisos y sirvieron las frutas. Luego alabaron todos a Dios (¡ensalzado sea!) y rezaron por su profeta Mahoma, al que Él bendiga y salve. Buluqiya quedó boquiabierto al oírles citar el nombre de Mahoma. Dijo al rey Sajr:

—Quiero hacerte algunas preguntas. 

—¡Pregunta lo que desees!

—¡Rey! ¿Quiénes sois? ¿Cuál es vuestro origen? ¿Cómo podéis conocer a Mahoma, al que

Dios bendiga y salve, hasta el punto de rezar por él y quererlo?

El rey Sajr le contestó: 

—¡Buluqiya! Dios (¡ensalzado sea!) ha creado el fuego en siete estratos, uno encima de otro; entre cada uno de ellos hay un abismo de mil años de distancia. Ha dado al primero el nombre de Chahanna, y lo ha destinado para los creyentes en rebeldía que hayan muerto sin arrepentirse. El segundo se llama Laza, y lo ha destinado a los incrédulos; el tercero se denomina Chahim, y está destinado a Gog y Magog; el cuarto, Sair, lo ha destinado a los secuaces de Iblis; el quinto, Saqar, está preparado para aquellos que descuidan la plegaria; el sexto se llama al-Mutama, y está destinado a los judíos y cristianos, el séptimo se llama al-Hawiy a, y en él arderán los hipócritas. Tales son los siete estratos

Buluqiy a observó: 

—¿La Chahanna constituye el menor de todos sus castigos, ya que se encuentra en la parte superior?

—Sí; es el menor de todos, a pesar de que en ella se encuentran mil montes de fuego; cada uno de éstos tiene setenta mil valles de fuego; cada valle, setenta mil ciudades de fuego; cada ciudad, setenta mil fortalezas de fuego; cada fortaleza, setenta mil casas de fuego; cada casa, setenta mil sitiales de fuego, y cada sitial, setenta mil clases de tormento. ¡Oh, Buluqiya! En cada uno de los siete estratos de fuego no hay tormentos más ligeros que en los otros, ya que la Chahanna se encuentra en el primer piso. El número y clase de tormentos de esas capas sólo lo conoce Dios (¡ensalzado sea!).

Buluqiya cayó desmayado al oír las palabras del rey Sajr. Al volver en sí, rompió a llorar y exclamó: 

—¡Oh, rey ! ¿Cuál será nuestra suerte?

—¡Buluqiya! No temas, y sabe que todo aquel que ama a Mahoma no se quemará en el fuego, y se salvará de éste gracias al Profeta (¡Dios lo bendiga y lo salve!). El fuego huirá delante de todos aquellos que pertenezcan a su religión. Dios ha creado el fuego. Las primeras criaturas que Él puso en la Chahanna fueron dos seres pertenecientes a su ejército. Uno de dios se llamó Jalit, y el otro, Malit. Dio a Jalit la figura de león, y a Malit, la de lobo. La cola de Malit estaba hecha a la manera de una hembra: tenía un color moteado. La cola de Jalit tenía la contextura de un varón; ésta poseía la forma de una serpiente; aquélla, la de una tortuga; la longitud de la cola de Jalit era de veinte años de camino. Dios (¡ensalzado sea!) mandó que las dos colas se uniesen, y de ello nacieron serpientes y escorpiones, cuya morada es el fuego, pues Dios atormenta, por su medio, a los que envía al infierno. Las serpientes y los escorpiones se reprodujeron y se multiplicaron. Luego Dios (¡ensalzado sea!) mandó que las colas de Jalit y Malit se uniesen y cohabitasen por segunda vez. Se reunieron, cohabitaron y la cola de Jalit fecundó la cola de Malit, la cual tuvo siete varones y siete hembras, que fueron desarrollándose hasta hacerse mayores. Entonces se unieron varones y hembras, que obedecieron al padre, salvo uno, que se rebeló y fue convertido en gusano; este gusano es Iblis, a quien Dios maldiga. Iblis había sido un arcángel de Dios, a quien sirvió hasta el punto de ser elevado al cielo, colocado junto al Clemente y transformado en jefe de los arcángeles. Al crear Dios a Adán (¡sobre él sea la paz!), mandó a Iblis que se prosternase, pero éste se negó a hacerlo. Dios (¡ensalzado sea!) lo desterró y le maldijo. Iblis, al reproducirse, dio origen a los demonios. Los seis varones que nacieron antes que él, dieron origen a los genios creyentes, y nosotros somos de su estirpe. Tal es nuestro origen, Buluqiya.

Buluqiy a se admiró de las palabras del rey Sajr. A continuación dijo: 

—¡Rey! Desearía que ordenaras a uno de tus sirvientes que me llevara a mi país. 

—No podemos hacerlo, a menos que nos lo mande Dios (¡ensalzado sea!); pero si quieres marcharte de nuestro lado, mandaré que acuda ante ti uno de mis corceles. Montarás en su lomo, y le ordenaré que te conduzca hasta los confines de mis Estados; una vez te encuentres en éstos, hallarás a las gentes del rey Barajiya. Al ver el caballo lo reconocerán, te harán descender de su lomo y nos lo devolverán. No podemos hacer nada más.

Buluqiya, al oír estas palabras, se puso a llorar, y replicó: 

—¡Haz lo que quieras!” El rey mandó que le llevasen el caballo. Lo condujeron ante él, y colocaron a Buluqiya encima. Le recomendaron: 

—¡No te bajes de la silla, ni des golpes ni incites a gritos al corcel! Si hicieses esto, te mataría. No dejes de cabalgar en silencio hasta que se detenga. Entonces, baja del lomo y sigue tu camino.

—¡De buen grado! –Replicó Buluqiya. 

Montó a caballo, cabalgó un buen rato entre las tiendas y siguió su marcha hasta pasar por las cocinas del rey Sajr. Buluqiya se fijó en las calderas colgadas: en cada una había cincuenta camellos, mientras el fuego llameaba por debajo. El viajero, al ver tales vasijas y contemplar su tamaño, quedó completamente admirado de ello, mientras las contemplaba. El rey, al ver que Buluqiya miraba la cocina con interés, creyó que tenía hambre y ordenó que le acercasen dos camellos asados. Así lo hicieron, y los ataron detrás de él, a la grupa del caballo. Se despidieron, y éste viajó hasta llegar al confín de los dominios del rey Sajr. 

El caballo se detuvo, y Buluqiya se apeó y se sacudió el polvo del viaje. Unos hombres se acercaron, examinaron el caballo, lo reconocieron, se hicieron cargo de él y se pusieron en marcha junto a Buluqiya, hasta llegar al rey Barajiya. Buluqiya, al presentarse ante el rey, lo saludó.

Barajiya le devolvió el saludo. Estaba sentado en un magnífico pabellón, rodeado por todas sus tropas, paladines y rey es de los genios, que se extendían a derecha e izquierda. El rey mandó a Buluqiya que se acercase. Le obedeció. Después le ordenó que se sentase a su lado y fueron extendidos los manteles: el rey Barajiya se encontraba en la misma situación que Sarj. Cuando sirvieron los guisos, comieron, y Buluqiya lo hizo también hasta quedar harto, después de lo cual dio las gracias a Dios (¡ensalzado sea!). El rey preguntó a su huésped: 

—¿Cuándo te has separado del rey Sarj?

—Hace dos días.

—¿Sabes cuál es la distancia que has recorrido en ese par de días? Has hecho un trayecto de setenta meses. Al montar a caballo, éste ha sabido en seguida que eras un hijo de Adán, se ha asustado y tratado de tirarte de su lomo. Por eso le han puesto por lastre ese par de camellos.

Buluqiya, al oír las palabras del rey Barajiya, se admiró y dio gracias a Dios (¡ensalzado sea!) por haberlo salvado. El rey Barajiya añadió:

—Cuéntame todo lo que te ha ocurrido y cómo has llegado a este país. 

Buluqiya le refirió todo lo que le había acontecido y cómo había viajado hasta llegar al país en que se encontraba. El rey se admiró mucho al oír sus palabras. 

Buluqiya permaneció a su lado dos meses. Al cabo de los dos meses de estar con el rey Barajiya, se despidió de él y empezó a recorrer la tierra de día y de noche.




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