Beso Robado

Beso Robado

Beso Robado

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

La tarde caía sin prisa y la casa estaba en silencio, un silencio extraño que no solía darse entre tareas escolares, ollas en el fuego y voces superpuestas. Silvana había logrado mandar a todos a hacer sus cosas. Su marido había salido, los chicos estaban entretenidos en sus mundos, y por una vez la rutina le aflojaba la soga. Pero en lugar de alivio, sentía un peso difícil de describir. Era la mezcla de años enteros entregados a otros, de días repetidos, de la carrera que había quedado archivada bajo la etiqueta “cuando se pueda”. La palabra futuro ya no la estimulaba: la incomodaba.

Se sentó en la cocina, apretando un repasador entre las manos, como si pudiera exprimir desde allí lo que no se animaba a gritar. No sabía por dónde empezar. Sabía que estaba agotada, pero no sabía de dónde sacaría fuerzas para admitirlo.

El timbre sonó. Y fue casi un alivio.

Era Julia.

La vio entrar sin esperar invitación. Esa costumbre de cruzar la puerta sin protocolo venía de años, pero esa tarde le pareció un salvavidas. Julia la observó apenas un segundo, lo suficiente como para entender que algo estaba mal.

—¿Qué pasó? —preguntó con voz baja.

Silvana respiró hondo, como quien se rinde ante lo inevitable. Y entonces se quebró. No fue un llanto controlado ni digno. Fue la caída libre de alguien que sostuvo demasiado, durante demasiado tiempo.

Julia no habló. 

La abrazó. 

Era su amiga de tantos años. De miles de llantos y otro tanto de abrazos. Abrazos firmes, decididos, seguros. Una forma de contener todo eso que a Silvana la estaba desbordando. Julia, silente, dejó que Silvana apoyara la frente en su hombro y luego lloró hasta que la respiración se le cortó en pequeños espasmos. No recordaba la última vez que alguien la había sostenido así, sin pedir explicaciones, sin mirar el reloj. Había sido fuerte por tanto tiempo que ya había perdido la cuenta.

—Estoy cansada, Juli —logró decir, con la voz ronca—. Me perdí en todo esto. No sé en qué momento dejé de ser yo.

Julia la apartó apenas. Le sostuvo la cara con ambas manos, los pulgares secándole las lágrimas. Esa intimidad, tan precisa, tan justa, la hizo sentir comprendida, apoyada. 

—Vos no te perdiste —dijo Julia—. Te apagaron. Y ahora estás necesitando prenderte de nuevo.

Silvana asintió y cerró los ojos, buscando sostén. Y en vez de ofrecerle palabras tranquilas, Julia se acercó más. Tan cerca que el aire entre ellas dejó de existir. Silvana abrió los ojos un instante, apenas para confirmar lo que estaba pasando.

Y antes de que pudiera procesarlo, Julia la besó.

No fue un beso dubitativo. Fue un gesto decidido, profundo, pero cuidado. Un beso que no pedía permiso porque nacía, justamente, de ver su dolor y querer aliviarlo. Un beso que surgía de algo mucho más viejo que esa tarde. Silvana lo sintió en la piel, en la boca, en los años que llevaba conteniéndose para sostener una vida que ya no le pertenecía del todo.

La sorpresa le tensó el cuerpo, pero no la alejó. Era su amiga. ¿Cómo alejarla? Cuando se separaron, apenas unos centímetros, Julia no se disculpó. No retiró las manos. No retrocedió.

—Hace tiempo que quería hacerlo —dijo con la voz tranquila, como quien dice una verdad que cargó demasiado—. Y hoy… no pude guardarlo más más. No puedo verte más así.

Silvana no sabía qué responder. La garganta le temblaba. La culpa, la duda, la tristeza, la desesperación… todo era una mezcla brutal. Pero detrás de esa tormenta había algo claro: nadie más que ella la había mirado así en los últimos años y necesitaba que siguiera siendo así..

—Juli… No… Por favor, no me hagas esto. —imploró Silvana.

Julia bajó suavemente las manos y las dejó sobre la mesa, dándole espacio. Su primer impulso fue retirarse. Pero cuando se puso de pie, Silvana la detuvo. 

—No te vayas. Tomemos unos mates —dijo aún acongojada. 

Julia asintió. Aunque un sentimiento pesado le llenaba el pecho cada vez que la veía llorar de esa manera. Pero no insistió. Simplemente esperó. Silvana tardó unos segundos en recuperar el aire. 

Cuando finalmente lo hizo, se limpió el rostro con el repasador y puso la pava. No pidió explicaciones ni preguntó nada. El silencio de Silvana fue letal para Julia. No estaba para justificar sus sentimientos. No quería pedir perdón por amarla. No estaba dispuesta a dejar que siguiera cayendo cada vez más profundo apagándose poco a poco. Permaneció en silencio, perdida en sus sentires, hasta que Silvana se volvió a sentar frente a ella y alcanzó a apoyar la mano encima de la suya.

Un gesto simple, Pero definitivo.

Silvana eligió algo que era suyo, algo que la sostenía. Que necesitaba para poder seguir siendo fuerte. Eligió ese espacio para ser vulnerable de vez en cuando, para dejarse caer con la certeza de que había un par de brazos que la iban a sostener. Eligió su amistad, a su mejor amiga. 

Y Julia lo entendió.

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Autor: Benicio de Seeonee

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