A mí me pasa lo mismo – relatos cortos de amor

A mí me pasa lo mismo – relatos cortos de amor

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

El primer día que Julián vio a Bruno fue en el pasillo del colegio, cuando ambos llegaban tarde y chocaron de tan distraídos que venían. Iban juntos a la misma clase, pero esa mañana ambos se vieron por primera vez. 

El portazo de la preceptora los sobresaltó a los dos, pero quedaron unos segundos quietos, mirándose sin saber por qué, como si se reconocieran de algún sueño que todavía no podían recordar. Ninguno dijo una palabra, pero el contacto de los hombros dejó una marca silenciosa que los acompañó toda la mañana.

A partir de ese día empezaron a ser conscientes el uno del otro. Bruno se sentaba adelante, Julián al fondo. Pero de pronto empezaron a encontrarse en cada recreo. No estaba pactado, ninguno de los dos lo buscaba, simplemente sucedía. 

Julián llegó temprano una mañana, apoyó la mochila junto a la ventana y Bruno apareció a los pocos minutos. Tal vez por casualidad, aunque todos sabían que nadie pasa seis veces por el mismo lugar en diez minutos si no tiene un motivo. 

Julián lo había notado.

Bruno era el mejor alumno, Julián era un desastre. Hablaban poco, ambos pensaban que tenían poco en común. Sin embargo, compartían algún que otro comentario sobre la profesora de Historia, alguna broma seca sobre las tareas  de matemáticas, pero en esas conversaciones breves se escondía una electricidad que los dos sentían. 

Julián lo miraba de reojo, intentando descifrar ese gesto entre tímido y descarado que tenía Bruno, y Bruno, cada vez que podía, encontraba una excusa para rozarle el brazo.

El día que hicieron grupo en Literatura fue inevitable. 

—Julián Carballo, vas a preparar el trabajo con Bruno. A ver si así prestas más atención. 

La profesora los juntó sin saber lo que estaba alimentando. Bruno estaba nervioso, no se lo esperaba. Julián estaba emocionado, hacer grupo con Bruno era la garantía de una buena nota. Se quedaron después de hora para terminar el trabajo, y en el aula vacía, sin el ruido de todos, pareció que el mundo se había retirado para darles espacio. 

Hicieron el trabajo rápido, casi mecánico, solo para sacarse la obligación de encima. Bruno insistía. Julián lo seguía algo rezagado. Lo realmente importante fue el silencio posterior. Cuando terminaron, esos minutos que ninguno de los dos dijo nada, algo entre ellos estaba gritando. Estaban sentados uno al lado del otro, sin moverse.

Julián intuía que había algo ahí que no se estaba diciendo y eso era un poco incómodo. Pero por alguna razón pensó que preguntar sería mucho peor. Cuando salieron, ya estaba oscureciendo. El colegio quedaba medio dormido, con las luces del patio encendidas y ese olor a tarde fría que siempre acompaña el otoño. Caminaron hasta la calle sin hablar. Pero Julián se frenó de repente, aunque no sabía muy bien qué decir. 

Bruno, que se había sobresaltado, pensó que se había dado cuenta de todo y  lo miró con la inseguridad típica de alguien que siempre parecía esconderse.

—Te acompaño hasta la esquina —dijo, Julián con la voz más estable que de costumbre.

Bruno asintió, porque cualquier palabra le hubiese temblado demasiado.

Caminaron despacio, cuidando que los pasos no se adelantaran, como si los dos quisieran que ese tramo durara un poco más. En la esquina, cuando ya no había excusas para seguir, Bruno respiró hondo. Se metió las manos en el bolsillo, miró hacia abajo y después lo enfrentó, directo, con una sinceridad que desarmaba.

—Yo creo que… me gustas —soltó, sin más.

No había poesía, ni rodeos, ni trucos. Una verdad dicha con la transparencia de quien se anima por primera vez.

El corazón de Julián le golpeó el pecho con una fuerza que no esperaba. Se rió, nervioso, casi incrédulo, y sintió cómo la valentía le subía por dentro. Bruno pensó que se burlaba de él y sin decir nada se alejó.

Julián lo vió y con un par de zancadas lo alcanzó. Dio un paso más, lo suficiente para que sus hombros volvieran a rozarse, como aquel primer día. Bruno lo miró con desconfianza.

—Yo… no entiendo la tarea de matemáticas. —dijo Julián.

Bruno se detuvo ahora.

—¿Escuchaste lo que te dije? —preguntó nervioso.

—Sí —dijo Julián con seguridad—. ¿Y tú? ¿Escuchaste lo que te dije?

Bruno lo miró desconcertado.

—Claro que sí —respondió.

—¿Entonces qué? ¿Me vas a ayudar? —preguntó Julián.

Bruno bajó su rostro. Asintió.

Julián sonrió y siguió caminando junto a él. Bruno estaba inquieto. No estaba muy seguro de lo que ese silencio significaba. Había dejado salir con sinceridad lo que llevaba atorado en su pecho, pero ¿acaso fue ignorado? 

Se detuvo en la puerta de su casa. Julián estaba detrás de él. Bruno lo miró sin decir nada. 

—¿Cuándo puedo venir? —preguntó Julián entusiasmado.

—¿Mañana? —respondió Bruno tímidamente pero con la urgencia de no perder tiempo.

—¿Me das tu número? —dijo Julián entregándole el celular. 

Él escribió su número. Julián agradeció y se marchó corriendo. 

Bruno entró en su cuarto y arrojó con bronca la mochila sobre la cama. En ese instante su celular comenzó a vibrar. Lo tomó y al encenderlo vio que era Julián. “A mí me pasa lo mismo”. Bruno, tomado por la sorpresa, se dejó caer en la cama. 

Sonrió.

Pataleó de gusto y en un grito sordo dejó salir toda esa emoción que de pronto lo había embargado. Había futuro en ese mensaje. Había promesa. Había ese tipo de algo que se instala antes de que nadie pueda nombrarlo.

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Autor: Benicio de Seeonee

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