¿Por qué lo permitiste?
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
“Cuando el amor se enferma”
Una serie de relatos de ficción que exploran los límites del amor cuando se contamina con otras emociones al punto de transformarse en algo poco menos que monstruoso. Los personajes no son reales. Las historias son solo relatos que buscan exponer con crudeza hasta dónde puede llegar alguien que confunde el amor con otra cosa. Porque lo que estos personajes sienten no es amor, aunque lo digan con devoción.
Ignacio despertó con resaca, como tantas otras veces, y sin recuerdos como siempre. Se fue al baño. ni siquiera recordaba cómo había llegado pero seguramente, como era costumbre, Rafael lo había llevado.
Luego de una larga ducha, bajó y al ver el sofá de la casa de Rafael, recordó que la noche anterior había estado llorando y le había dicho, como tantas otras patéticas veces, que nadie lo quería realmente.
Llevó su mano a la frente. En verdad sentía vergüenza de sí mismo. De pronto recordó la voz de Rafael, que sonriendo, le dijo “Yo te quiero”. Ignacio, ebrio y confundido, lo miró y Rafael se acercó a él besando sus labios. Fue solo un pico, suave y tímido.
Rafael conocía esas caídas de Ignacio, luego de atragantarse con bebida, perdía la conciencia y olvidaba todo. Solo fue una picardía que hizo latir su corazón como hacía rato que no latía.
Pero para Ignacio recordar eso lo estaba hundiendo en el espanto. Las imágenes llegaban una tras otra. Luego del beso, él se lanzó sobre su amigo. Los sonidos de forcejeo y de Rafael intentando detenerlo, atravesaron su mente y se clavaron en el centro de su pecho ¿qué demonio había hecho?
No tenía sentido, nunca le habían atraído los hombres. ¿Cómo pudo forzar a su amigo? ¡A su mejor amigo! Con sus manos en la cabeza, y su estómago revuelto, tomó su abrigo y salió de la casa.
Rafael llegó por la tarde. Antes de abrir la puerta respiró profundo. Tenía que hacer como si nada hubiera pasado. Total, Ignacio no lo recordaría y todo habría quedado en el olvido. Pero para él, estaba guardado en un rincón exclusivo de su corazón.
Puso las bolsas en la mesada. Subió a bañarse y luego se puso a preparar la cena. mientras picaba la verdura, recordaba.
Más de cuarenta y cinco años llevaban juntos. Se conocieron en el jardín de infantes y nunca más se separaron. Pero la primera vez que su corazón latió por Ignacio fue ese día en la secundaria en que por fin los habían dejado ir solos a la escuela. Tenían doce años y amanecía más temprano. Rafael lo esperaba en la puerta montando su bici y vio que Ignacio doblaba la esquina pedaleando a toda velocidad.
En ese momento supo que lo que sentía iba más allá de todo lo que conocía. Ignacio era el más lindo, todas las chicas le escribían cartas y siempre salía con las más bonitas. Su sonrisa era irresistiblemente contagiosa. Si Nacho reía, él no podía evitar hacerlo.
Con el tiempo, la cercanía comenzó a generar comentarios. A él no le molestaban pero a Ignacio le hacían gracia. Hasta que un día, allá por los dieciséis años más o menos, la chica de turno le preguntó si su amigo le gustaba. Ignacio le había dicho que él no lo sabía, no estaba seguro. ¿cómo podía no saberlo? Él estaba tan seguro de estar enamorado de Ignacio como de su propio nombre. Lo sentía en su pecho, cada vez que estaban cerca.
De todos modos, como siempre, se dejó arrastrar por las locuras de Ignacio.
—Si te beso y se me para como con Cami, entonces es que me gustás.
Rafael sonrió, mientras seguía picando.
Pero aceptó. Ignacio se acercó y besó sus labios. Un pico. Lo miró. Evaluó. Se veía realmente serio. Parecía que en verdad estaba convencido de que ese testeo funcionaría.
—Pues no… nada —dijo sonriendo— Está claro que no me gustas.
Rafael lo miró
—Tú no besas así a Cami, así besas a las chicas cuando jugamos a la botella.
Ignacio pensó…
—Sí, es verdad —dijo
Volvió a ponerse serio y se acercó nuevamente.
—Esta vez va en serio —le había advertido.
Y sí. Lo besó como Rafael siempre había ansiado besarlo y todo su cuerpo se llenó de emoción. Refrenó su impulso de abrazarlo porque sabía que Ignacio solo estaba haciendo una prueba. Lo besó en la boca, pero Rafael lo sintió en todo su cuerpo.
Cuando Nacho se separó la seriedad era más rígida. No había sonrisa. Solo seriedad.
—Pues no… ni así —dijo.
Eso dolió.
Rafael echó la verdura en la cacerola.
Sabía que su picardía de anoche era un error. Lo supo desde que comenzó a arder dentro de él la idea. Sabía muy bien que no debió hacerlo, pero la reacción de Ignacio fue algo que no esperaba. Jamás pensó que pudiera agredirlo de esa manera.
Lo peor fue que Rafael ansiaba responder a esos deseos que Ignacio arrojó sobre él, pero no de esa manera. Nunca había sentido tanto miedo.
Mientras revolvía la cacerola secó sus ojos. “La cebolla” pensó, pero la cebolla no dolía en el pecho. Comenzó a cortar la carne, notó que su mano aún le dolía para empuñar el cuchillo.
El golpe había sido duro, pero necesario. Fue la única forma en que logró frenar a Ignacio y quitárselo de encima. Se deslizó hacia atrás en la cama, viendo que su amigo lo miraba sin poder creer que le hubiera pegado una trompada.
—Lo siento —se disculpó, aún no sabía porqué. ¿Por qué disculparse? ¿Por defenderse?
Ignacio no decía nada. Estaba ebrio, apenas pensaba. Rafael bajó la vista. Sabía que no debía decirlo. Que no debía pensarlo, y mucho menos hacerlo. Pero en ese instante, sólo podía sentir.

—Si de verdad quieres hacerlo, lo haré contigo, pero solo si eres tierno conmigo. De otra forma, no.
¿En qué estaba pensando? Se reía de sí mismo solo recordando lo que había dicho. A esta altura de la vida, decir algo así… ¿Tenía sentido? Pero era él. Era Nacho, la ternura de ese hombre era algo con lo que llevaba ya demasiado tiempo soñando. Mientras veía cómo lo ingredientes se integraban con el suave movimiento de la cuchara de madera, se estremeció. Ignacio había sido maravilloso con él. Le había dicho las palabras más hermosas. Lo había tomado con la delicadeza más absoluta. Pero, claro, estaba ebrio. ¿Cómo pudo hacer algo así? “Igual no recordará” se dijo, pero él sí. Y entre tantas emociones y sensaciones, la culpa de haberse aprovechado de su amigo, lo estaba carcomiendo.
¿En qué estaba pensando?
No solía cometer errores o por lo menos no solía arrepentirse de sus decisiones. Excepto la noche que Ignacio se casó con Leonor. Esa noche tenía un dolor tan profundo que no supo cómo deshacerse de él. Sintió que lo había perdido para siempre. Estaba enojado. No solo porque Nacho se había casado, sino porque él no podía aceptarlo. Salió, bebió y tuvo sexo con un chico que no conocía.
Algo animal.
Durante muchos días sintió asco al recordarlo. Se arrepintió muchas veces por ello y juró nunca volver a hacer algo así. La empresa constructora para la que trabajaba había conseguido una obra muy importante en el interior y él aceptó viajar como encargado. Era arquitecto. Pasó varios meses fuera de Buenos Aires. Al regresar, ya más asentado, supo que Leonor estaba embarazada.
No recordaba haberse sentido más feliz. Por Ignacio y por la posibilidad de conocer un hijo de él. En verdad estaba emocionado. Más aún cuando Leo le dijo que habían decidido que fuera el padrino de su bebé. Eso llenó su corazón de un amor diferente. Ser el padrino del hijo de Ignacio era algo maravilloso.
Mientras revolvía una vez más la comida y percibía con satisfacción que el aroma comenzaba a ser el adecuado, recordó a Evangelina. Ella llegó a darle el sostén que pensó que nunca tendría. Era la hija del dueño de la constructora. Era una chica algo delicada de salud. Habían viajado juntos al interior y en esos meses se habían acercado bastante. Era una buena amiga. Ella le había preguntado si no pensaba casarse. A lo que Rafael no supo cómo responder. Toda su vida había girado siempre alrededor de Ignacio.
Claro que ella había notado esos sentimientos. Pero aún así, y dado que su enfermedad avanzaba, le propuso casarse. Pasar un tiempo juntos y acompañarse. Rafael aceptó y no solo compartió con ella diez años de mucha felicidad, sino que al morir el padre de Evangelina, la constructora pasó a sus manos. Ella siempre había llevado la administración, hasta que su salud ya no se lo permitió.
El día que Eva murió lo único que lo reconfortó fue el abrazo de Ignacio y de Juan Pablo, su hijo. El vacío que Eva había llenado, volvía a devorarlo. Pero él estaba ahí. Y ahora Juampi también. Era innegable que la única constante en su vida siempre había sido Ignacio.
Por eso no podía comprender qué diablos lo había llevado a hacer lo que hizo la noche anterior. ¿En qué pensaba?
—¡Vaya! Huele delicioso —exclamó Ignacio guardando el helado en el freezer.
Las manos de Rafael que estaba lavando lo utilizado se aflojaron dejando caer las cosas en la bacha.
—¡Mierda! Me asustaste.
No era para menos, pensó Ignacio, mientras dejaba la botella de vino en la mesa. Lo que había hecho no tenía nombre. O sí, pero nombrarlo era más intolerable.
—Pensé que no trabajabas hoy.
Ignacio era médico, sus turnos eran complicados. Tenía guardias de veinticuatro horas y luego franco. Cuando se embriagaba solía ser antes de un franco. Dentro de todo era muy responsable con su trabajo.
—No trabajé. Fui… a ver a Leo y a los chicos.
Odiaba que Nacho le mintiera. ¿Por qué lo hacía? ¿Qué necesidad había? Sabía que Leonor hacía días que no sabía nada de Ignacio porque justo al regresar se la había cruzado y le había preguntado. Se habían separado en buenos términos. Y a pesar de todo ella siempre se preocupaba por él.
No dijo nada. Seguramente había estado con alguna de sus compañeras ocasionales. Las que le ayudaban a superar sus permanentes fracasos amorosos. Rafael estaba en silencio. Las palabras de Nacho no solo rompieron el silencio, sino que lo desarmaron por dentro.
—Lamento lo de anoche.
Rafael guardó la compostura
—¿Qué parte? —dijo intentando una sonrisa—. El vaso que rompiste, cuando vomitaste…
—Tú sabes por qué.
Rafael lo miró algo temeroso pero no dijo nada.
—Fui un animal contigo… pero… tú… ¿me besaste?
¿Por qué recordaba? Rafael no podía comprender. Lo había llevado al cuarto casi inconsciente. Se dio cuenta que cuando comenzó a forcejear estaba fuera de sí. Nunca antes recordó lo que hacía… ¿Por qué ahora sí?
Terminó de limpiar la cocina en silencio. Volvió a revolver la cacerola. Ignacio se acercó.
—Me dijiste que me quieres.
—Bueno, crecimos juntos. Es esperable, ¿no te parece? —respondió Rafael intentando, sin éxito, poner una distancia que lo separe de la tristeza que lo estaba envolviendo.
—¿Por qué le das tanta relevancia? Sube y prepárate que la cena ya casi está.
Ignacio subió.

Al entrar en el cuarto lo invadieron imágenes. Pero ya no de violencia y sometimiento. Había caricias, besos, susurros… gemidos. ¿Recuerdos? ¿Hasta dónde habían llegado? La expresión del rostro de Rafael que se instaló en sus pupilas indicaba que habían llegado hasta el final.
Ignacio no podía creerlo. Caminó de un lado al otro en la habitación “¿Por qué le das tanta relevancia?” ¿Acaso para él no la tenía? Se cubrió la boca, recordó las manos de Rafael sobre su piel y lo hicieron estremecer una vez más. Como anoche.
¿Qué demonios era eso?
Cuando finalmente bajó Rafael había puesto la mesa para los dos. Ignacio estaba envuelto en una sensación extraña.
—¿Por qué lo permitiste? —preguntó al pie de la escalera.
Rafael volteó hacia él. Ahora sí que estaba asustado. Se quedó mirando a Ignacio sin decir nada. ¿Por qué lo había permitido? ¿Por aprovechar el momento? ¿Por desesperación? ¿Por compasión? Lo único que tenía en su mente en ese momento era miedo. Dijera lo que dijera podría desatar una catástrofe.
—Sabes que no me gustan los hombres —continuó Ignacio.
Rafael vio que estaba muy enojado.
—No puedo más del asco que siento de mí mismo por lo que hice.
Rafael respiró profundo. Contuvo el aire.
—¿Por qué lo permitiste? insistió.
Rafael se llenó de angustia. ¿Dónde había quedado la ternura de la noche anterior?
—¿Acaso creíste las estupideces que te dije? ¿No me conoces?
Rafael bajó la vista.
—¿Por qué mierda permitiste que pasara? —gritó Ignacio.
—¡Porque te amo! ¿Por qué más lo permitiría?
Ignacio quedó atónito.
—Querías hacerlo a lo bestia, y si no te hubiera golpeado, lo hubieras conseguido. Yo no quería eso. No quería que fuera así. Luego… fuiste más amable y… solo me dejé llevar.
—¡Estaba borracho carajo!
—Lo siento —exclamó Rafael con su voz entrecortada.
Ignacio lo miró furioso. Estaba decepcionado. No podía creer que Rafael hubiera permitido que eso pasara. Siempre se había sentido seguro con él. Si había un lugar en el que podía bajar la guardia, era junto a Rafael.
Salió de la casa dando un portazo.
Rafael se sirvió la comida. Mientras las palabras de Ignacio bombardeaban su mente: “no puedo más del asco”, “creíste las estupidez que te dije”. Miró su plato, sus lágrimas no le permitieron ver bien el plato, pero el aroma era delicioso. Era la preferida de Ignacio. Adoraba ver a Nacho comer con ganas su comida. Pero esa noche no pudo pasar un bocado.
No tenía excusas, pero tampoco arrepentimientos. No podía evitarlo. No cambiaría esa noche juntos por nada en el mundo. Aún si le costaba la amistad de tantos años. Aunque dolía como los mil demonios. Llevar a Ignacio impregnado en él de esa manera era algo de lo que no podría arrepentirse jamás.
Quiero intentarlo
Unos días después.
La constructora estaba alborotada cuando Juan Pablo llegó. Habían ganado una licitación en el sur y estaban armando el equipo que viajaría. La oficina de Rafael era un verdadero quilombo. Juan Pablo entró intentando no sumar más alboroto. Cuando Rafael lo vio sonrió.
—¡Juampi! Ven, pasa —dijo.
Hizo salir a la gente que estaba preparando papeles y se acercaron a los sillones que estaban cerca de la ventana.
—¿Tío qué pasa? —preguntó el muchacho.
—Bueno… —Rafael estaba satisfecho— Ganamos la licitación en Neuquén.
—¡Qué buena noticia! —exclamó el joven.
—Sí, tenemos poco tiempo. El lunes comenzamos. Tengo que viajar mañana.
—¿Te vas?
—Así es.
—¿Es por lo que pasó con papá?
Siempre tan incisivo. Rafael bajó su rostro sonriendo con profundo orgullo. Ese muchacho sabía preguntar. Tenía veinticinco años, era psicólogo y tenía una gran habilidad para hacer la pregunta precisa sin rodeos.
—Es cierto que cometí un error y tu padre se enojó conmigo. Espero que con el tiempo podamos hablar al respecto. Pero este viaje es porque, yo ya estuve en el sur hace años y conozco como es el terreno, el clima, necesito estar a cargo para que todo salga bien
—¿Cuál fue el error? Porque papá te odia.
Rafael cerró sus ojos. Ignacio lo odiaba y él, en cambio, lo amaba como siempre. Aún a pesar de todo. Sonrió con dolor. Se puso de pie y se acercó al escritorio. Necesitaba ocuparse en algo y continuó guardando las cosas que había apartado, en la caja que estaba sobre la silla.
—Intentaré solucionarlo cuando regrese —dijo.
Juan Pablo se levantó también y lo siguió.
—Durmieron juntos, ¿verdad?
Rafael no respondió. Aún si tenía la certeza de haber compartido con Ignacio cada instante de esa noche, parecía que estaba solo en ese sentimiento. Absolutamente solo.
—Tío…
—Juampi, créeme. Yo lo solucionaré. Pero necesito tiempo.
—¿Estás enojado con él?
—No.
—¿Qué fue lo que pasó? Ustedes pelearon muchas veces, pero nunca fue así.
—Tú lo dijiste. Peleamos muchas veces. Siempre hemos sabido encontrar el camino. Lo volveremos a encontrar.
—Papá no está bien. Mamá está preocupada. ¿Podrías intentar solucionarlo antes de irte?
Rafael suspiró. ¿Cómo lo miraría a los ojos? ¿Qué le diría? Se llenaba de miedo solo de imaginarse una vez más frente a esa mirada de Ignacio la noche que salió de su casa.
—Creo que es mejor dejar que las cosas se calmen. Te prometo que hablaré con él al regresar.
No muy conforme, pero comprendiendo que era inútil insistir, Juan Pablo le deseó un buen viaje y se marchó. Rafael odiaba esa situación. Amaba a Ignacio, amaba a Juan Pablo, y no era capaz de enfrentar a ninguno de los dos. ¿En qué mierda estaba pensando cuando permitió que sucediera?
Respiró profundo, llevó la caja a la camioneta y dejó todo en orden para que en su ausencia, la empresa no tuviera contratiempos. Salió al amanecer. El viaje era muy largo y el terreno en que construiría el complejo de cabañas, estaba en la montaña. Estaba seguro que el viaje, el trabajo, y cambio de aire le ayudaría a encontrar la forma de abordar la situación con Ignacio.
Los día pasaban y se sentía cada vez peor. La culpa y su falta de respeto hacia el amigo que conocía de toda su vida lo estaban consumiendo. Dormía poco. Comía de vez en cuando y más de una vez cayó en una crisis de llanto que no fue capaz de controlar hasta que agotado se quedó dormido.
Tantos años de vida, de experiencia, de conocimientos, de sabiduría, pisoteados en un momento de flaqueza. Era realmente imperdonable. Se lo dijo una y otra vez, se lo repetía cada vez que pensaba cómo encarar a Ignacio. Cada vez que intentaba imaginarse pidiéndole perdón, solo podía decirse que era imperdonable.
Dolía.
Ya no podía sentirse impregnado de él sin recordar que él sentía asco de sí mismo. Y no podía imaginar terminar su vida de esa manera. Nada importaba más que su amistad y ese amor fraternal que siempre los había unido.
Mientras miraba el plano, y veía con satisfacción los esqueletos de las cabañas ya en pie, sus ojos se llenaron de lágrimas… seguramente por el viento y la tierra.
—¡Rafaaa!
La voz de Ignacio en su cabeza lo conmovió. Se puso las antiparras y miró a su gente. Todos estaban enfocados en la tarea.
—¡Rafaaa!
De nuevo. Ya sin aliento volteó.
Ignacio estaba de pie junto a su auto agitando su mano.
Por unos segundos no supo qué hacer. Permaneció estático para no correr hacia él y abrazarlo, volviendo a complicar todo. No dejaría esta vez que sus sentimientos hablaran por él. No volvería a pasar por encima de Ignacio nunca más. Se quitó el casco y lo dejó sobre el mapa en el capot de la camioneta.
Caminó a paso lento. Ignacio se acercó también.
—Nacho, ¿qué haces aquí?
—Me estoy volviendo loco. Necesito hablar contigo.
—¿Condujiste hasta aquí?
—Sí salí anoche.
Rafael vio que Ignacio estaba demacrado.
—¿Bebiste?
—No. Y no volveré a hacerlo en toda mi vida.
Rafael tragó amargamente.
—Ven.
Rafael llevó su mano a la boca y chifló. El Capataz volteó y Rafael lo llamó. Lo dejó a cargo y llevó a Ignacio al hotel.
—Mi auto —dijo Ignacio al pasar junto al vehículo.
—Mañana vienes por él.
—¿Mañana?
—Sí, necesitas descansar.
—Lo que necesito es aclarar todo entre nosotros —dijo Ignacio cabizbajo.
—Entiendo.
Al llegar al hotel, Rafael pidió una habitación y la recepcionista le informó que se desocupaba una por la tarde. Rafael la reservó. Mientras tanto, llevó a Ignacio a la suya. Sacó del armario una remera y un pantalón. Lo dejó sobre la cama y miró a su amigo.

—Descansa.
—¿A dónde vas? —preguntó Ignacio inquieto.
—Tengo que trabajar.
—Necesito que hablemos.
—Descansa, hablaremos luego. No te ves nada bien y ya no quiero más confusiones.
La voz de Rafael sonó firme, precisa.
—Entonces… ¿Estabas confundido?
Rafael lo miró con una expresión complicada. Claro que no estaba confundido, sabía muy bien lo que sentía y lo que deseaba. Simplemente no hizo lo correcto.
—Solo descansa. Hablaremos después.
Rafael salió de la habitación dejando a Ignacio sumido en dudas, miedos y confusión. Se dio una larga ducha y se acostó. No era la cama de Ignacio. No era cómoda. Pero llevaba varios días durmiendo muy mal y de pronto, la certeza de que en un rato Rafael regresaría, le dio un sosiego que le permitió descansar profundamente.
Rafael llegó a la obra y trató de concentrarse. llevaba un par de meses allí y ya casi todo el predio estaba montado. Solo quedan revestimientos exteriores y luego el trabajo en el interior de cada inmueble. ¿Qué le diría? ¿Cómo pedir perdón por algo que era imperdonable? Finalmente Ignacio fue más íntegro que él, que se portó como un cobarde yéndose lejos en lugar de dar la cara.
El día se hizo largo. Cuando Ignacio abrió los ojos ya el atardecer iluminaba la habitación de una manera realmente reconfortante. Se sintió demasiado ansioso. Salió de la habitación y cruzó la calle. Allí mismo estaba el mirador de la ciudad, desde donde la vista maravillosa y casi sin fin, atraía a los turistas.
El aire se percibía diferente. Respiró hondo. Un grupo de jóvenes ruidosas se acercó a la baranda y él volteó a verlas. Sabía que les llamaba la atención. Cincuenta años, pelo entre cano, alto, delgado. Siempre le habían dejado claro lo atractivo que era para ellas. Primero lo miraron. Luego se acercaron y le pidieron que les tomara una foto con el paisaje de fondo. Él lo hizo. Luego lo rodearon y comenzaron a hablarle de los sitios que habían visitado.
En esas estaban cuando Rafael bajó de la camioneta. Las risas de las jóvenes capturaron su atención y giró el rostro hacia ellas. No le sorprendió verlo en el centro, como siempre. Sonrió. Aunque tomado por una tristeza vieja y conocida.
Cuando Ignacio alzó la vista y lo vio, se despidió de las jóvenes y corrió hacia Rafael. Traía un papel en la mano. Mientras entraban le explicó que, como había bajado sin el teléfono, las chicas anotaron sus números y sus redes en el papel. Les dijo también que eran de Buenos Aires.
Rafael no decía nada.
Estaba cansado y muy nervioso. Tomó ropa limpia y se internó en el baño. Al salir vio a Ignacio en la ventana.
—¿Aún están ahí? —preguntó.
—No sé. Hay gente, quizás sí.
—¿Les escribiste? —Ignacio ni siquiera había pensado en hacerlo.
—No —dijo.
—¿Lo harás? —preguntó Rafael.
Luego que hizo la pregunta se arrepintió. Otra vez estaba dejando hablar a sus sentimientos. No podía permitirse eso. Ya no más.
—No.
La respuesta de Ignacio fue contundente.
—¿Quieres ir a comer algo? —preguntó Rafael.
—Después.
Asintió y se sentó en la silla junto a la puerta del baño. Ignacio al verlo se sentó en la cama frente a él.
—Aquella noche ¿Estabas confundido? —preguntó sin rodeos.
—No, Nacho. No lo estaba. Sólo tomé la decisión equivocada.
—Tú no tomas decisiones equivocadas. Ese soy yo.
—Pues ya ves. Yo también la pifio a veces.
Ingnacio bajó su rostro.
—¿Desde cuándo… tú… querías que eso pasara?
Rafael se puso de pie.
—Yo no quería que eso pasara. Yo no quiero esto, Nacho —dijo indicando la tensión entre ambos—. Te dije que cometí un error. Me equivoqué.
—¿Por qué me besaste?
Rafael exhaló.
—No sé, Nacho. Llorabas diciendo que nadie te quería. Que ninguna mujer te valoraba y yo llevaba años a tu lado y jamás notaste nada.
Ignacio bajó su rostro de nuevo algo avergonzado. Definitivamente no volvería a beber.
—Creo que sentí lo mismo que tú… Y quise mostrarte que estabas equivocado.
Rafael volteó hacia la ventana. No podía distinguir sin los anteojos si esas jóvenes aún estaban en el mirador.
—Ya estoy viejo para esto. No quiero tener que dar tantas explicaciones.
—Pero yo las necesito —dijo Ignacio.
Rafael respiró hondo.
—Lo sé. Lo sé —Ignacio se puso de pie y se acercó a Rafael.
—¿Desde cuándo sientes… eso por mí?
—No lo sé. Pero me dí cuenta el día que fuimos solos a la escuela por primera vez.
A Ignacio le costó trabajo recordar ese día. Abrió su boca lleno de sorpresa e incredulidad. Se acercó a la cama y se sentó. Sosteniendo su cabeza entre sus dedos.
Tantos años. Tanto silencio. Tantos cuidados.
Volteó hacia Rafael y lo miró. Ese hombre lo había amado desde que era apenas un niño. ¿Cómo nunca se percató de eso?
—¿Por qué nunca me dijiste nada? ¿Pensabas morir sin decírmelo?
—¿Qué caso tenía, Nacho? Tú eres ese que vi cuando llegué al hotel.
—No —dijo Ignacio poniéndose de pie.
—Siempre has sido así. Y yo sabía que siempre sería así.
Ignacio lo observó en silencio.
—Nacho, yo me equivoqué. Yo nunca debí permitir que pasara. Y no me va a alcanzar lo que me queda de vida para pedirte perdón.
Ignacio se puso de pie y caminó hacia la ventana.
—Le pregunté a Juampi, por qué el alcohol permite que hagamos cosas que estando sobrios no haríamos —dijo mirando por la ventana— Y me dijo que el alcohol y drogas, lo que hacen es inhibir los diques morales. Esos que nos dicen “esto sí” y “esto no”.
Rafael lo miró, no estaba seguro de haber comprendido.
—Yo jamás he tomado a nadie por la fuerza. Ni siquiera con Nancy, que le gustaban las cosas algo rudas, llegué a hacer algo así.
Ignacio volteó hacia Rafael.
—No puedo entender por qué intenté forzarte.
La mirada de Ignacio estaba nublada por la vergüenza y el arrepentimiento.
—Nacho, —dijo Rafael anticipando un momento incómodo para ambos— ninguno de los dos hizo las cosas bien esa noche. Tú no debiste agredirme y yo no debí haberme quedado después de haberte golpeado.
—¿Por qué te quedaste?
—Por egoísta. Porque no pensé en ti.
—Antes dijiste que porque me amabas.
—Te amo, Nacho, pero eso no es una justificación.
—Yo… —balbuceó Ignacio. Estaba nervioso y Rafael lo percibió—. Yo quiero intentarlo estando sobrio.
Los ojos de Rafael se abrieron desconcertados. Dio un paso atrás. Ignacio siendo Ignacio una vez más.
—No. De ninguna manera.
Se alejó de él caminando por la habitación repitiendo una y otra vez “No”.
—O sea que, tú prefieres hacerlo cuando estoy borracho.
Rafael alzó la vista hacia Ignacio. Eso lo ofendió. No solo por lo desacertado de la inferencia, sino porque fue el mismo Ignacio quien le dijo cómo se sentía aquella vez.
—No quiero volver a pasar por eso. Esa noche cometí el peor error de toda mi vida, Nacho. No va a volver a pasar.
—No voy a ser rudo, ni voy a agredirte.
—Tú mismo me dijiste estando sobrio que no podías más del asco que sentías.
—Estaba furioso contigo —murmuró cabizbajo.
Había recordado cada palabra, cada caricia. Había recordado cada sensación. Todo venía de pronto en aluviones a su mente. Como un manotazo de alguien que se resiste a morir ahogado en el olvido.
—No voy a dejarme arrastrar por una locura tuya nunca más.
—Quiero que sea nuestra locura.
—No quiero cometer otro error contigo. No me quiero arrepentir más.
—Tomemos la decisión juntos —dijo Ignacio acercándose a Rafael—, y si nos equivocamos juntos afrontaremos las consecuencias.
Rafael titubeó.
No quería dejarse llevar, pero las palabras de Ignacio entibiaban su alma. Ignacio se acercó aún más.
—Crecí contigo, Rafa. No quiero envejecer sin ti.
—Ni yo. Pero no tenemos que volver a tocar ese tema.
—Pero yo quiero hacerlo. Me lo debes.
Rafael se tomó el entrecejo, como hacía siempre que tenía un problema. Ignacio sonrió.
—¿Qué es lo peor que puede pasar? —preguntó risueño.
Rafael alzó una ceja, y lo miró sin decir nada. Extendió su mano hacia el hombro de Ignacio y lo acercó a él.
—Ven aquí —le dijo y lo abrazó con fuerza.
—Te extrañé —murmuró Ignacio—. Estos meses fueron una mierda.
—También para mí.
—Jamás volveré a agredirte —dijo Ignacio, estrechándolo también con fuerza.
—Ni yo volveré a hacer algo cuando estás ebrio.
Ignacio se apartó de él y lo miró.
—No volveré a estar ebrio.

Rafael sonrió y apoyó su frente en la de Ignacio.
—Mira nada más lo que había que hacer para que dejes de beber…
Exclamó Rafael.
Ignacio lo miró sorprendido. Rafael sonrió.
—Si lo hubiera hecho antes, seguramente no tendrías ni gastritis ni hígado graso…
—Eso no tiene gracia —dijo Ignacio.
Pero ya no se soltó de Rafael.
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