Alí Sar y Zumurrud, un reencuentro inesperado

Alí Sar y Zumurrud, un reencuentro inesperado
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Alí Sar y Zumurrud, un reencuentro inesperado

Relato extraído de 

Las mil y una Noches 

Este cuento empieza por el final “Zumurrud y Alí Sar vivieron felices”, aunque no por siempre. Su felicidad fue objeto de envidias y un buen día Zumurrud fue secuestrada y vendida como esclava. Luego de muchas desventuras logró escapar disfrazada de soldado, y terminó asumiendo el reinado de una ciudad. Gobernó con el apoyo y el amor de su pueblo por dos años, hasta que a la ciudad llegó un hombre joven, cansado, hambriento. Zumurrud supo de él y mandó que lo trajeran a comparecer ante ella. Llevaba tiempo esperando reencontrarse con su amado y cada vez que un viajero llegaba a la ciudad, ella pedía verlo y conocerlo. Los guardias fueron por él y cuando estuvo delante de Zumurrud la saludó y besó el suelo. Ésta le devolvió el saludo y le trató con deferencia. Aún si pasaron años, aún si la tierra del camino estaba adherida en su rostro, aún si se veía abatido, ella supo que ese hombre era a quien tanto tiempo había esperado. Seriamente preguntó: 

– ¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu oficio? ¿Por qué has venido a esta ciudad? – Alí Sal respondió: 

– ¡Rey ! Me llamo Alí Sar y soy hijo de comerciantes. Mi país es el Jurasán. He venido a tu ciudad buscando una esclava que se me ha perdido, una esclava que me es más querida que la vista y el oído. Desde que no la tengo mi espíritu está con ella. Tal es mi historia 

Zumurrud mandó al chambelán que le llevasen a Alí Sal al baño y que le diesen una túnica hermosa escogida en el vestuario real; que le hiciesen montar en uno de los caballos del rey y que al caer el día le acompañasen a palacio. El chambelán contestó: 

– ¡Oír es obedecer! –  y se lo llevó consigo. Zumurrud esperaba impaciente la llegada de la noche para encontrarse a solas con el amado de su corazón. Al caer la tarde se encerró en su dormitorio aparentando tener mucho sueño. Tenía por costumbre no dejar dormir en su habitación más que a los dos esclavitos de servicio. Una vez en su habitación mandó llamar a su amado Alí Sar. Se sentó en el lecho: una vela iluminaba su cabeza y otra los pies; toda la habitación estaba alumbrada por lámparas de oro. Cuando la gente se enteró de que mandaba a buscar al joven quedó admirada y cada uno quiso decir lo que pensaba. Uno decía: «El rey está prendado de este joven y mañana le nombrará jefe del ejército»

Al entrar en la habitación, Alí Sar besó el suelo y pronunció los votos de rigor. Zumurrud se dijo: «He de divertirme un rato con él antes de darme a conocer» Dijo: 

–  ¡Alí! ¿Has ido al baño?

– Sí, señor mío.

– Come ese pollo y la carne; como estás cansado bebe ese vino dulce y después ¡ven aquí!

– Alí Sar Contestó: 

– ¡Oír es obedecer! – Hizo lo que le había mandado y cuando hubo terminado de comer y de beber la reina insistió: 

– ¡Ven al lecho y hazme masaje! – Alí empezó a hacerle masajes en los pies y en las piernas: eran más suaves que la seda. Zumurrud mandó:

– ¡Sube más arriba! – Alí contestó: 

– ¡Perdona, señor! ¡No me atrevo más allá de la rodilla!

– ¿Te arriesgas a contrariarme? ¡Pues va a ser una noche maldita para ti!… ¡es necesario que me obedezcas, pues te voy a hacer mi querido y te nombraré Emir de mis emires! –  El joven contestó: 

– ¡Rey del tiempo! ¿En qué debo obedecerte?

– ¡Desnúdate y ponte de cara al lecho! – Alí replicó: 

–  ¡Esto es algo que no he hecho nunca en mi vida! ¡No lo haré! Si me fuerzas a hacerlo te acusaré ante Dios en el día del juicio. Coge todas las cosas que me has dado y déjame marcharme de tu ciudad. – Alí Sar rompió a llorar y a sollozar. El rey insistió: 

– ¡Desnúdate y tiéndete boca abajo! De lo contrario te cortaré el cuello. – El joven lo hizo y ella se le colocó en la espalda: era una piel tersa, más suave que la seda y más blanda que la manteca. Alí Sar pensó: «Este rey vale más que todas las mujeres» . Ella esperó un rato colocada encima de su espalda; después se tendió de espaldas mientras Alí Sar se decía: «¡Loado sea Dios!». La reina le dijo: 

– Acariciame. De lo contrario te mato – Siguió con la espalda en la cama, cogió la mano del joven y la colocó en sus partes: eran más lisas que la seda, blanco, redondo y tieso; caliente como el calor del baño o de un corazón amante que se consume de pasión. Alí Sar se dijo: «Este rey tiene unas partes que son una maravilla extraordinaria». La pasión se apoderó de él; su cuerpo estaba completamente encendido. Ella, al verlo, se rió, se carcajeó y le dijo:

– ¡Señor mío! ¿Te ha podido ocurrir todo esto sin reconocerme?

– ¿Quién eres tú, oh rey ?

– Yo soy tu esclava Zumurrud. – Al oír esto la besó, la abrazó y se abalanzó sobre ella con locura. ¡Llevaba tanto tiempo buscándola! Acompañando sus caricias con alabanzas, y con gritos de alegría y más y más caricias de amor hasta el punto de que los eunucos la oyeron.

Corrieron, preocupados, miraron desde detrás de la cortina y vieron a su rey tumbado y encima a Alí Sar moviéndose ella gemía de placer y lo acariciaba. Los eunucos dijeron: 

– Estos movimientos no son propios de un hombre. Tal vez este rey sea una mujer» . Guardaron el secreto y no lo revelaron a nadie.

Al día siguiente Zumurrud mandó a buscar a todo el ejército y a los principales personajes del reino y les hizo comparecer. Les dijo: 

– Deseo marcharme al país de este hombre. Elegid vosotros mismos un regente para que os gobierne hasta mi retorno – Contestaron a Zumurrud que le oían y la obedecerían.

Después se consagró a los preparativos del viaje y reunió víveres, riquezas, provisiones, objetos de regalo, camellos y mulas. Emprendió el camino y no cesó de viajar hasta el país de Alí Sar. Entró en su casa, distribuyó regalos y limosnas. Éste tuvo hijos con ella y (ahora sí) vivieron del modo más feliz hasta que les llegó el destructor de las dulzuras y el disgregador de las sociedades. ¡Gloria al Eterno, al que nunca muere! ¡Loado sea Dios en todo caso!

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