Alí, el persa, y Al-Rasid

Alí, el persa, y Al-Rasid
Rate this post

Alí, el persa, y Al-Rasid 

Relato extraído de
Las mil y una Noches 

Se cuenta también que cierta noche en que el Califa Harún al-Rasid estaba intranquilo, mandó llamar a su visir, y cuando lo tuvo delante, le dijo: 

– Chafar, esta noche estoy muy intranquilo, tengo el pecho angustiado. Me gustaría que idearas algo para distraerme y alegrarme. 

– Emir de los creyentes: Tengo un amigo que se llama Alí, el persa. Sabe muchas historietas y magníficas anécdotas, que alegran los corazones y hacen desaparecer las penas del corazón.

– ¡Tráemelo!

– Oír es obedecer. – Chafar salió de palacio en busca del persa, despachó gentes tras él y, cuando lo tuvo delante, le dijo: 

– Acepta la invitación del Emir de los creyentes. 

– ¡Oír es obedecer! – se dirigió con él al palacio, y cuando estuvo delante del Califa, éste le permitió que se sentara. Así lo hizo. El soberano le dijo: 

– ¡Alí! Esta noche tengo el pecho oprimido. He oído decir que sabes historietas y anécdotas. Cuéntame algo que haga desaparecer mi preocupación y me agudice el ingenio. 

– ¡Emir de los creyentes! ¿Quieres que te cuente algo que haya visto con mis propios ojos, o bien que haya oído referir con mis oídos?

– Si has visto algo de particular, cuéntalo.

– ¡Oír es obedecer! Sabe, ¡oh Emir de los creyentes!, que hace algunos años abandoné mi país natal, Bagdad, en compañía de un muchacho que llevaba un pequeño pero magnífico saco. Entramos en una ciudad, y mientras yo vendía y compraba, se me echó encima un hombre curdo, injusto y agresivo, y me quitó el saco, diciendo: “Este saco y todo lo que contiene me pertenece”. Yo grité: “¡Musulmanes! ¡Salvadme de las manos del más desvergonzado de los injustos!” Todos los allí presentes, gritaron: “Id ante el cadí y aceptad su sentencia”. Nos marchamos ante el cadí. Yo estaba confiado en su juicio. Al entrar nos colocamos ante él. Preguntó: “¿Por qué habéis venido? ¿Cuál es el pleito que os trae?” “Somos dos querellantes, y nos contentaremos con tu juicio.” “¿Cuál de vosotros es el demandante?” El curdo se adelantó, y dijo: “¡Dios ayude a nuestro señor, el cadí! Este saco y todo lo que contiene es mío. Lo había perdido, y lo he hallado en poder de este hombre”. El cadí preguntó: “¿Cuándo lo perdiste?” “Ayer, no he podido dormir a causa de su pérdida.” “Si lo reconoces, describe lo que contiene.” “En mi saco hay dos lápices de plata, colirio para los ojos, y una toalla para las manos; he metido en él dos tazas doradas, dos candelabros, contiene además dos tiendas de campaña, dos platos, dos cucharas, una almohada, dos tapetes de cuero, dos agujas, un vaso, dos escudillas, un caldero, dos broches, un recipiente, una aguja grande, dos cuentagotas, una gata, dos perras y una bandeja; dos bolsas, una chaqueta y dos pellizas; una vaca con dos terneros, una cabra con dos cabritas; un cordero con dos ovejillas; dos tiendas de campo, un camello, dos camellas, un búfalo, dos toros, una leona, dos leones; una oca, dos zorras; un colchón y dos divanes; un castillo, dos salones, una cocina con dos puertas y una pandilla de curdos, que darán fe de que este saco es mío.” Luego me preguntó a mí: “¿Qué dices tú?” Yo, Emir de los creyentes, me adelanté, aturdido por las palabras del curdo, y dije: “¡Dios haga poderoso a nuestro señor el cadí! En este saco mío sólo había una casita derruida y otra sin puertas; una habitación para perros; una escuela para chicos y unos jóvenes jugando a los dados; tiendas con sus correas, las ciudades de Basora y Bagdad, el castillo de Saddad b. Ad, y, además, el horno de un herrero, la red de un pescador, un bastón, pivotes, chicas y chicos y mil alcahuetes que darán fe de que el saco es mío”.

 El curdo, al oír estas palabras, se puso a llorar y a sollozar y exclamó: “¡Nuestro señor, el cadí! Que mi saco es ése, es de sobras conocido, y contiene todo lo que he descrito y, además, fortalezas, castillos, cigüeñas, fieras, hombres que juegan al ajedrez y a las damas, en mi saco hay también una yegua con dos potros; un semental y dos caballos de carreras; dos lanzas larguísimas, fieras, liebres, ciudades, aldeas, una alcahueta y dos chulos, que se dividen a medias las ganancias; un hermafrodita, dos ahorcados; un ciego y dos videntes; un cojo, un paralítico, un sacerdote con dos diáconos; un patriarca y dos monjes, y un cadí con sus notarios, que darán fe de que este saco es mío”. El cadí me preguntó: “¿Y tú, qué me dices?” Yo, Emir de los creyentes, estaba furibundo. Me adelanté y añadí: “¡Dios sostenga a nuestro señor el cadí! Llevo también en mi saco una cota de malla, una losa, depósitos de armas y mil machos cabríos; unos prados de pastos para las ovejas, mil perros ladrando; jardines, viñedos, campos de flores y de hierbas aromáticas, higos, manzanas, cuadros, estatuas, botellas, copas, novios, cantantes, fiestas, pendencias, griteríos. Hay campiñas con ladrones armados de espadas, lanzas, arcos y flechas que salen por la mañana de incursión; hay amigos, compañeros, personas entrañables, cárceles para castigos y tertulias de amigos; tambores y añafiles, banderas y estandartes, chicos y chicas, esposas con sus trajes de boda y esclavas cantoras: cinco abisinias, tres de la India, cuatro medinesas, veinte griegas, cincuenta turcas, setenta persas, ochenta curdas y noventa georgianas; están, además, el Tigris y el Éufrates, una red de pescador, una piedra de hacer fuego y acero; Iram la de las columnas, mil personas colgadas, y alcahuetes; hay hipódromos y establos, mezquitas y baños; un albañil, un comerciante; maderas y clavos; un esclavo negro con una flauta, un almocadén y un hombre importante; ciudades, capitales, cien mil dinares, Kufa y Anbar, veinte cajas llenas de telas, cincuenta almacenes de víveres, Gazza, Asqalán y Egipto, desde Damieta hasta Assuán; el palacio de Cosroes Anusirwán; también está Salomón; asimismo, en el saco se extiende la tierra que hay desde

Wadi Numán hasta el Jurasán; Balj e Ispahán; las regiones desde la India hasta el Sudán. Hay además (¡Dios prolongue la vida de nuestro señor el cadí!), túnicas, telas y mil navajas de afeitar, afiladas para rasurar la barba del cadí si desprecia mi castigo y no sentencia que ese saco es mío”.

Al oír el cadí todas estas palabras quedó perplejo y dijo: “Veo que sois dos personas sin escrúpulos o un par de herejes dispuestos a jugar con la magistratura y con los jueces, sin temer el escándalo. Ningún narrador ha descrito ni nadie ha escuchado cosa más prodigiosa que la que acabáis de referir; nadie ha pronunciado jamás tales palabras. ¡Por Dios! Desde la China hasta Sacharat Umm Gaylán, desde Persia hasta el Sudán, desde Wadi Numán hasta la tierra del Jurasán, nadie ha oído jamás lo que acabáis de decir, ni daría crédito a lo que afirmáis. ¿Es que este saco constituye un mar sin fondo? ¿Es que encierra el día del juicio, puesto que en él están reunidos buenos y malos?” El cadí ordenó que fuese abierto el saco. Así lo hicieron, y salió un pan, un limón, un queso y unas aceitunas. Yo tiré el saco delante del curdo y me fui.

El Califa, al oír la historieta de Alí el persa, se echó a reír de tal forma que cayó de espaldas, y le hizo un hermoso regalo.

Únete a nuestro canal en Telegram y no te pierdas nada

Benicio
Últimas entradas de Benicio (ver todo)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Descubre más desde Afectos

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Configurar y más información
Privacidad