Capítulo 7
El rostro de Skír
Aldo permanecía de pie frente a Skír.
Ya no temblaba.
El juicio no había sido una condena. Había sido una revelación. Y ahora, solo quedaba una decisión.
El ente lo rodeaba. No amenazante. Presente. Como si la sombra esperara, por fin, no ser rechazada.
—¿Y si te dejo entrar… qué soy yo después? —preguntó Aldo.
La voz no respondió.
Porque la respuesta ya estaba dentro de él.
Cerró los ojos.
Y entonces, sintió el dolor.
Todo. Sin filtros. No solo el suyo. El de la niña. El de su bisabuelo. El del niño que fue. El de cada Guardián que ofreció una parte de sí para que el mundo no se rompiera del todo. Una corriente de llanto mudo, de preguntas sin respuesta, de decisiones tomadas en la oscuridad por el bien mayor… pero que dejaron cicatrices profundas.
Y en ese torrente, Aldo no se hundió. Se sumergió con los brazos abiertos y cuando abrió los ojos, ya no estaba en el abismo.
Estaba en una habitación sin paredes, sin suelo, sin techo, solo agua. Pero no lo cubría, simplemente lo contenía. Era como si flotara en una conciencia líquida. En el centro, el niño.
Él.
No más joven. No más roto.
Solo… él.
Se miraron.
—¿Por qué tardaste tanto? —preguntó el niño con una sonrisa serena.
—Porque no sabía que te necesitaba.
—Lo sabías. Solo que te dolía demasiado recordarlo.
Aldo asintió. Dio un paso. Y luego otro. Hasta estar frente a él.
—¿Me perdonas? —susurró.
El niño negó suavemente con la cabeza.
—No tengo que hacerlo. Porque yo… nunca te dejé.
Y entonces, lo abrazó.
No fue un gesto físico. Fue una fusión.
Un calor que no quemaba. Una luz que no cegaba. Una presencia que no invadía, sino que completaba.
Durante un instante eterno, Aldo fue dos.
Y luego, fue uno.
Cuando volvió en sí, el abismo ya no estaba.
Estaba arrodillado en la cima del acantilado, con el bastón de Ewan en la mano y la niña dormida a su lado. La grieta… cerrada. El mar… en silencio. No en espera. En paz.
La concha blanca que la niña sostenía entre los dedos comenzó a deshacerse en polvo. No como destrucción. Como liberación.
Y la niña, al despertar, no dijo nada. Solo lo miró con unos ojos nuevos. Propios. Humanos. Ya no era un canal. Era una vida.
Y Aldo… era un Guardián. Por fin completo.
Capítulos de esta serie:
1.- El Guardián del Agua
2.- Aldo y la herencia olvidada
3.- Aldo y las Sombras en St. Kilda
4.- Aldo y la niña que sueña
5.- Aldo y El eco y la grieta
6.- Aldo y El Niño que Fue

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