Adolescencia: entre el vértigo de crecer y el arte de acompañar

Adolescencia: entre el vértigo de crecer y el arte de acompañar

Adolescencia: entre el vértigo de crecer y el arte de acompañar

Anteriormente vimos los estadios evolutivos que Piaget nos describe en la infancia, ahora vamos a enfocarnos en la última etapa de esta teoría estructuralista, que es la de las operaciones formales. Esta es una forma de pensamiento que comienza a desarrollarse —teóricamente— alrededor de los 11 o 12 años y se extienden durante la adolescencia, aunque debemos recordar que en la práctica no todos los sujetos alcanzan esta forma de pensamiento de manera plena o estable. Aquí, por las características propias de la etapa, entramos en una dimensión más compleja, no sólo desde lo cognitivo, sino —sobre todo— desde lo emocional y lo identitario.

Piaget nos dice que en esta etapa, el pensamiento ya no necesita apoyarse en lo concreto. El adolescente puede formular hipótesis, imaginar posibilidades, deducir consecuencias sin necesidad de probarlas con objetos físicos o situaciones reales. Por primera vez, se enfrenta al universo de lo abstracto: las ideas puras, los valores, los ideales, los sistemas. Aparece la capacidad de pensar sobre el pensamiento mismo, de hacerse preguntas del tipo “¿quién soy?”, “¿qué sentido tiene esto?”, “¿qué pasaría si…?”. Y con eso, irrumpe una fuerza poderosa, a veces caótica, a veces luminosa, pero siempre intensa: la necesidad de definirse.

Todo esto ocurre en una escena interna y externa marcada por tensiones. El pensamiento formal se despliega mientras el adolescente atraviesa transformaciones físicas, cuestionamientos identitarios y una profunda reconfiguración vincular. Es aquí donde los aportes de Silvia Bleichmar resultan fundamentales ya que nos permiten entender que este avance cognitivo no es un proceso aislado, sino una reorganización subjetiva que impacta en toda la trama emocional y social del joven. La psicoanalista argentina, dedicó buena parte de su obra a pensar la subjetividad en desarrollo, con especial atención a la infancia y la adolescencia. Para ella, la adolescencia no era simplemente un período de crisis, sino un momento estructurante, donde se renegocian los lazos con el deseo, con el cuerpo, con los ideales y, sobre todo, con el otro. Es desde esa perspectiva que vamos a tomar sus aportes para pensar los desafíos más intensos de esta etapa: la caída de los ideales parentales, el trabajo adolescente, la emergencia de la sexualidad y el rol insustituible del entorno adulto.

La caída de los ideales parentales 

Uno de los primeros efectos de este nuevo modo de pensar es lo que Bleichmar llama la caída de los ideales parentales. El adolescente comienza a ver a sus padres como figuras humanas, limitadas, a veces incoherentes, y ya no como los referentes todopoderosos de la infancia. Descubrir que los padres no son héroes, que no todo lo que dicen es cierto, que no siempre actúan con justicia, que también se equivocan, se contradicen, se frustran o se rinden, es sin duda uno de los movimientos más intensos y dolorosos de la adolescencia. Este derrumbe simbólico es necesario para construir autonomía, pero no por eso va a ser fácil. Puede generar enojo, decepción, tristeza o rebeldía. Para muchos chicos, este momento es vivido como una traición silenciosa. “¿Y todo lo que me dijeron antes?”, “¿por qué ahora me exigen lo que ellos no cumplen?”, “¿por qué no pueden entenderme?”. Sin embargo, lo que está en juego es la necesidad psíquica de soltar la dependencia idealizada para poder empezar a pensarse como sujeto autónomo. 

Desde la perspectiva adulta, este proceso suele vivirse con desconcierto o con dolor. Padres y madres que hasta hace poco eran el centro del mundo emocional del niño ahora se sienten desplazados, criticados, desautorizados. “¿En qué fallamos?”, “¿por qué nos trata así?”, “¿qué le pasó que ya no confía?”. No siempre se comprende que no es un rechazo personal, sino un paso necesario para que el adolescente pueda construir su propia mirada del mundo. Por eso, acompañar este proceso sin derrumbarse requiere temple emocional: sostener el vínculo sin exigir admiración, mantener la palabra sin imponerla, estar disponible sin forzar la cercanía. Se trata, en definitiva, de aceptar que no nos están abandonando, sino que estamos también nosotros en un proceso de cambio. Tenemos que reconocer en ese joven al niño que sostuvimos en brazos, y a la vez, dar lugar al adulto que será más adelante. Cambiamos para ellos, y ellos cambian para nosotros. Y eso, aunque duela, es signo de crecimiento.

El trabajo adolescente

Junto con esa caída de los padres se activa lo que Bleichmar, en articulación con Freud y Aulagnier, denomina el trabajo adolescente. Ya no se trata sólo de adaptarse al mundo, sino de reconstruirse por dentro. El adolescente debe renunciar a su identidad infantil sin tener aún una nueva identidad consolidada. Esto implica duelo, vacilaciones, contradicciones. La pregunta “¿quién soy?” no es retórica: es una especie de puerta que joven atraviesa buscando su propia identidad. El trabajo adolescente es psíquicamente arduo porque implica sostener la incertidumbre, imaginar posibilidades, tolerar el no saber.

Bleichmar retoma la noción de que en la adolescencia se trabaja psíquicamente para volver a armar un yo que ya no se sostiene en los pilares de la infancia. Hay duelo, hay derrumbe, hay intento de reconstrucción. El adolescente debe despedirse de la identidad infantil que lo nombraba —“el obediente”, “la aplicada”, “el que no da problemas”—, pero todavía no tiene una nueva identidad consolidada a la cual aferrarse. Está entre dos orillas: ya no es quien fue, pero todavía no sabe quién será. Y en ese entre, se debate, se busca, se contradice, se agota.

Para los padres, este proceso puede resultar agotador. Lo que antes funcionaba —una rutina, una respuesta clara, un límite firme— ahora parece fallar sin explicación. De pronto, el hijo se encierra, la hija contesta mal, lloran sin saber por qué, explotan por cosas mínimas o se muestran indiferentes a todo. Lo primero que atinamos es a pensar que se trata de una etapa de locura transitoria, de capricho, de mala educación. Pero no: es trabajo psíquico. No se ve, pero se siente. Acompañar este trabajo sin “morir en el intento” implica transitar el caos sin querer ordenarlo del todo. Validar el desconcierto, abrir espacios de escucha, y aceptar que no siempre habrá respuestas. A veces, la mejor forma de estar es no presionar: simplemente dejar en claro que uno está disponible para hacerle frente a la tormenta, que no hace falta tener todo resuelto para merecer ser querido.

La sexualidad adolescente: 

Por supuesto, todo esto ocurre en un cuerpo que cambia, se erotiza, se vuelve visible y deseante. Bleichmar insiste en que la sexualidad adolescente no es un problema a controlar, sino un proceso a acompañar. No se reduce a conductas sexuales: implica la construcción del deseo, de la imagen corporal, del género, de la identidad. La sexualidad es una dimensión estructural del sujeto que se activa con fuerza en esta etapa y exige adultos disponibles para escuchar sin escandalizarse, para hablar sin invadir, para alojar sin infantilizar. El silencio, la censura o la sobreexposición no resuelven nada: solo aumentan la confusión y la vergüenza.

La sexualidad en esta etapa se convierte en un despertar estructural que reordena el psiquismo entero. Como bien señala la autora, no se trata simplemente de genitalidad ni de actividad sexual, sino del deseo en construcción, del cuerpo como escenario emocional, del género, la identidad, la atracción, la vergüenza, la exposición. Todo cambia: la imagen corporal se vuelve central, y con ella emergen fantasmas, comparaciones, inseguridades. La mirada del otro pesa, el deseo propio asusta, y a veces se lo reprime, se lo sobreactúa o se lo esconde detrás de conductas que los adultos no siempre saben leer.

Para muchos padres, este terreno es francamente incómodo. Temen lo que no pueden controlar, proyectan sus propias historias, o simplemente callan, esperando que la escuela, las redes o el azar “eduquen” en su lugar. Con frecuencia al intentar hablar con ellos recibimos un rechazo rotundo. Pero tenemos que tener siempre presente que el silencio adulto no protege a nuestros chicos, por el contrario, los desampara. Por otro lado, la sobrepresencia moralizante tampoco ayuda: invade, culpabiliza, aleja. ¿Cómo hacemos entonces? Lo cierto es que encontrar el equilibrio no es fácil. Acompañar la sexualidad adolescente implica salir de los binarismos establecidos: bueno – malo, prohibición – permisividad, y todas las demás. La idea es poder construir una presencia disponible, respetuosa, que habilite el diálogo sin obligar. Se tiene que poder hablar del deseo sin escándalo, escuchar sin prejuicio, sostener sin invadir. Y sobre todo, implica dejar en claro que el cuerpo —con todo lo nuevo que se está inscribiendo— no es un problema a resolver, sino una parte vital de la identidad que se está gestando.

El rol del entorno: 

La mente adolescente florece cuando hay un campo simbólico fértil, pero también límites claros. La psicoanalista subraya que el adolescente necesita adultos que estén presentes sin absorberlo. Ni la sobreprotección ni la indiferencia ayudan. Los padres que intentan seguir siendo el centro exclusivo del mundo del joven entran en conflicto con la emergencia inevitable del grupo de pares, que se vuelve fundamental para la constitución de la identidad. Esta exogamia no deberíamos vivirla como una traición, sino como un pasaje: el adolescente necesita espejos nuevos para verse, contrastarse y elegirse. El grupo no sustituye a la familia, pero ocupa un lugar simbólico que los adultos no podemos ocupar, pero debemos aprender a respetar sin retirarnos del todo. 

Por esto sostenemos que en medio del torbellino adolescente, el entorno adulto es clave. Pero no como centinela ni juez, sino como presencia firme y disponible. Silvia Bleichmar insiste: los adolescentes no necesitan padres perfectos, ni tampoco amigos encubiertos, sino adultos que los miren sin horror, que los escuchen sin dramatismo, simplemente, que estén. La tarea no es simple, porque el adolescente empuja los bordes, discute, se encierra o se expone, prueba límites. Pero esos límites son necesarios: no para coartar, sino para dar marco simbólico. Un marco que no se impone con gritos ni castigos vacíos, sino con palabra consistente, con afecto sostenido, con actos que digan “acá estoy, aunque no me elijas, aunque aún no entiendas que lo que hago y digo es por tu bien”.

Para muchos adultos, ver al adolescente alejarse es vivido como una pérdida. Madres y padres encuentran que ya no se los consulta, ya no se los admira, ya no se los necesita como antes, y esto es vivido con profundo dolor. Pero ese repliegue de los chicos es parte del crecimiento. El grupo de pares se vuelve fundamental, y eso no es un desprecio hacia la familia, sino una ampliación del mundo. La maduración exige exogamia simbólica: el chico necesita otros espejos para poder elegir quién quiere ser. Aceptar ese movimiento sin sentirse desplazado requiere madurez adulta: saber estar sin ser el centro, saber ceder lugar sin desaparecer.

La adolescencia es una metamorfosis integral, donde el viejo yo infantil se quiebra y aún no hay certezas firmes para reemplazarlo. Bleichmar nos ayuda a ver que no es una crisis patológica, sino un trabajo psíquico vital: redefinir vínculos, deseos, ideales. Es difícil, claro que sí. Para ellos y para nosotros. Pero si logramos ver el proceso con más lucidez y menos temor, quizás podamos acompañar con mejores herramientas. Y acompañar no significa tener todas las respuestas, sino estar presentes mientras se buscan. Acompañar es poder gestionar el silencio y también la furia, es dar lugar sin soltar del todo. Acompañar es decir “estoy”, incluso cuando no nos dejen entrar. Y tal vez, solo tal vez, eso les alcance para no sentirse tan solos en el vértigo de crecer.


▼ Recursos Adicionales

Bibliografía Relevante:

Piaget, J. (1954). La construcción de lo real en el niño (obras completas en castellano).
Bleichmar, S. (2005). La subjetividad en riesgo (incluye el ensayo “Tiempos difíciles. La identificación en la adolescencia” publicado en la revista Encrucijadas, UBA, 2002)


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