Yo soy bueno
“Cuando el amor se enferma”
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
Una serie de relatos de ficción que exploran los límites del amor cuando se contamina con otras emociones al punto de transformarse en algo poco menos que monstruoso. Los personajes no son reales. Las historias son solo relatos que buscan exponer con crudeza hasta dónde puede llegar alguien que confunde el amor con otra cosa. Porque lo que estos personajes sienten no es amor, aunque lo digan con devoción.
Siempre he intentado ser una buena persona. No lo digo con orgullo, ni mucho menos para que me feliciten. Es simplemente lo que corresponde. Uno hace lo que tiene que hacer, ¿no? Ayudar, estar, servir, contener.
Lo he hecho toda la vida.
Naturalmente.
Mis vecinos me adoran. No lo digo yo, lo dicen ellos. Me han dejado notas en la puerta: “Gracias por estar siempre”, “No sé qué haríamos sin ti”, “Eres un ángel”. Yo no necesito que me lo digan, pero admito que reconforta. No por vanidad, sino porque confirma que lo que hago tiene sentido. Que estoy en el camino correcto.
Trabajo en la biblioteca del barrio. Es un lugar tranquilo. La mayoría pasa de largo, pero yo lo mantengo impecable. Ordeno los libros por temática, por autor, incluso por grado de oscuridad. Me gusta que las personas encuentren lo que buscan sin tener que pedir ayuda… aunque si la piden, ahí estoy yo. Siempre con una sonrisa.
Hace poco, una señora mayor —doña Mirtha, vive en el edificio de al lado— se enfermó. Nadie se enteró. Nadie, salvo yo. Sentí que algo andaba mal cuando no la vi salir una mañana. Toqué timbre. Nada. Esperé. Volví a la noche.
La encontré tirada en el piso.
Llamé a emergencias.
Le sostuve la mano.
Le leí un salmo mientras llegaba la ambulancia.
Ella no dijo nada, pero me miró con una gratitud silenciosa que no olvidaré jamás. Cuando se enteraron en el barrio todos lo comentaron y me felicitaron. Me agradecieron. Después me invitaron a hablar de eso en la radio local. Conté lo sucedido con humildad, sin exagerar. Sólo lo necesario para que los oyentes entendieran la importancia de mirar al otro. De no ser indiferentes. El conductor me llamó “un ejemplo de ciudadanía”. Yo desvié la conversación hacia doña Mirtha. Era su historia, no la mía.
Soy el que está cuando otros desaparecen.
El que escucha sin interrumpir.
El que da sin esperar.
Y sin embargo… Hay días en que siento que todo eso no alcanza. No porque yo quiera más. Sino porque algunos no lo ven. Gente que ni agradece, que toma lo que uno da como si fuera obligación. Y a mí, eso me duele. No porque me falte reconocimiento, sino porque no soporto la injusticia. La ingratitud es una forma de crueldad.
Hay personas que abusan de la bondad ajena. Que no entienden el sacrificio. Que no ven que detrás de una ayuda hay un alma entera puesta al servicio.
Y eso… eso me molesta.
Mucho.
Porque yo no soy cualquiera.
Yo no soy uno más.
Yo me esfuerzo cada día por hacer lo correcto. Me contengo. Me limito. Me cuido. Y si alguien no lo valora, entonces, tal vez, debería enseñarle el valor de las cosas. No con violencia. Nunca con violencia.
Yo soy bueno.
No me gusta que me pidan explicaciones. Nunca he hecho el bien para que me cuestionen. Pero últimamente me he dado cuenta de algo: algunas personas no entienden lo que significa ser verdaderamente bueno.
Y si no lo entienden… hay que mostrarles.
Con Sofía fue así. Ella venía todos los martes a la biblioteca. Estudiante de Psicología. Educada, inteligente. Una chica sensible, pero… dispersa. La notaba frágil, como si caminara al borde de algo. Me saludaba con esa sonrisa de costumbre, dejaba el bolso en el escritorio, buscaba libros sobre vínculos tóxicos o autoestima. Claramente, necesitaba ayuda. Y nadie se la daba.
Al principio le ofrecí una escucha sutil. Un consejo cada tanto. Una cita literaria. Algo que no pareciera demasiado. Ella lo agradecía, claro, pero luego se iba sin más. Como si nada. Sin rencor, lo anoté mentalmente: no había aprendido a valorar lo que se le ofrecía.
Entonces, una tarde, vi a un joven salir de la biblioteca minutos antes que ella.
Charlaban.
Reían.
Algo íntimo, algo cercano.
Algo impropio.
Me acerqué a él unos días después. Un chico descuidado, hablador. No costó mucho. Bastó con insinuarle que Sofía hablaba mal de él, que lo trataba de “agobiante”, que se reía de sus textos. Lo vi encenderse de rabia. En la semana siguiente, dejaron de hablar. Ella llegó llorando un martes. Se sentó en su mesa habitual.
No pidió ayuda.
Yo esperé.
Y cuando me acerqué con una taza de té —sí, yo la preparé— me miró como si hubiera encontrado una orilla. “Gracias”, dijo. “Siempre estoy para ti”, respondí.
Y era verdad.
Después de eso me confiaba cosas. Cada vez más. Empezó a venir fuera de horario. Me contaba de su padre ausente, de sus inseguridades, de su angustia crónica. Me decía que yo era el único que la comprendía.
Me abrazó una vez.
Nada más puro que ese gesto. Una persona rota buscando apoyo. ¿Y quién estaba ahí? Yo. El que no falla.
Pasaron semanas. Empezó a mejorar. Sonreía más. Se arreglaba. Incluso bromeaba. Un día mencionó que había conocido a alguien nuevo.
—Se llama Lucas —me dijo—. Es muy bueno.
No sé qué cara puse, pero ella notó algo. Me preguntó si todo estaba bien. Dije que sí, por supuesto. Pero esa noche no dormí. No por celos —¿qué clase de monstruo sería si fueran celos?— sino por injusticia. Había hecho todo por ella. ¿Y ahora venía otro a cosechar donde yo sembré?
No podía permitirlo.
No por mí.
Por ella.
Lucas era superficial, eso se notaba. No era estable. No la iba a cuidar. No como yo. Así que escribí unas notas, anónimas. Detalles sobre él. Cosas que eran ciertas… o que podrían serlo. Las dejé en su casillero de la facultad. Ella se alejó de Lucas. Volvió a mí. Más vulnerable, más profunda. Porque ella se estaba dando cuenta de que nadie podía cuidarla como yo. Una tarde, me acarició la mano. “Si todos fueran como vos”, dijo.
No respondí.
Pero por dentro, sonreí.
Hasta que llegó Él.
Ramiro. Compañero de facultad. Ojos claros, voz firme. Una mente aguda. En seguida me miró con desconfianza. Demasiado observador. Demasiado lúcido. Empezó a hacerle preguntas a Sofía sobre mí. Cosas sutiles. Comentarios que parecían al pasar. Pero yo los notaba. Y ella… empezó a cambiar. Menos charlas. Menos abrazos. Un día, directamente, no vino. Me enteré por otra alumna que Ramiro le había dicho que yo era un manipulador.
Que era peligroso.
Que había escuchado cosas.
Que lo mío no era ayuda: era control.
No lo podía creer. Después de todo lo que hice. Después de todo lo que di. ¿Quién se cree que es ese tipo? ¿Qué derecho tiene a destruir todo por lo que luché? ¿A manchar mi nombre? ¿A robarme el lugar que gané con esfuerzo?
No lo soporté.
No fue premeditado.
Lo juro.
Solo quería hablar.
Fui a buscar a Ramiro a la salida de la facultad. Llevaba varios días sin poder dormir. Sofía no respondía mis mensajes. Me evitaba. Ya no venía a la biblioteca. Sentía que me estaban arrancando del único lugar donde era necesario. Lo esperé en la esquina. Cuando me vio, se detuvo. No parecía sorprendido. Ni nervioso.
—¿Venís a darme una lección también? —dijo.
Le pedí que se sentara. Había un banco de plaza a unos metros. Me senté a su lado. Le hablé con calma. Le dije que no entendía por qué mentía. Que lo único que siempre quise fue ayudar. Que si Sofía estaba mejor, era gracias a mí.
Él me miró por un largo rato, en silencio. Luego soltó una risa corta, seca.
—No te das cuenta, ¿no? —dijo—. No eres bueno. Eres un narcisista con complejo de mesías.
Me congelé. Estúpidos psicólogos que se creen con el derecho de evaluar a las personas así nada más. Sin conocerlas.
—¿Cómo te atreves? —le dije.
—Porque alguien tiene que decírtelo. Tú no ayudas a nadie. Tú necesitas que los demás estén rotos para sentirte valioso.
Lo miré.
No con odio.
Con lástima.
Qué poca ética… pobres sus pacientes.
—No entiendes nada. —dije.
Y entonces lo hice. Le expliqué. Le mostré con hechos claros y precisos lo bueno que soy.
Fue rápido.
Preciso.
Una navaja pequeña, de esas que llevo siempre por seguridad. No fue impulsivo. Fue… necesario. Ramiro se desplomó sin gritar. Miró mis ojos como si esperara una disculpa. ¡Habrase visto semejante osadía! No se la di. Pero me quedé con él hasta que dejó de moverse, no podía dejarlo solo, no soy esa clase de persona.
Luego me senté.
Esperé.
Cuando la policía llegó, no opuse resistencia. ¿Por qué lo haría? Me esposaron. Uno de los agentes me leyó mis derechos. Yo asentía, tranquilo. Otro me sujetó por el brazo y me acompañó hasta el patrullero. Mientras caminábamos, las luces rojas y azules se reflejaban en los charcos del asfalto. Yo no me había dado cuenta que Sofía estaba ahí. Me miraba desde la vereda. No decía nada. Pero en cuanto la vi le sonreí.
—¿Ya ves? Yo soy bueno. —le dije muy claramente. Ella se cubrió el rostro. No sé por qué. El agente me ignoró. Me subió al patrullero. Cerró la puerta. Yo seguí insistiendo, quería que quedara claro.
—Yo soy bueno. ¿Me escuchan?
—Sí sí sí —dijo finalmente el oficial. Eso me dejó más tranquilo. Haber limpiado mi reputación era lo más importante. Que las personas sepan que soy bueno y no como el imbécil de Ramiro dijo… Tan atrevido…
—¡Yo soy bueno! —dije de nuevo en un suspiro de satisfacción.
El informe policial fue breve. Homicidio simple. Confesión inmediata. Pruebas claras. Motivo difuso. Ramiro, 26 años, estudiante destacado, murió en el acto. El acusado fue llevado a evaluación psiquiátrica. No mostró remordimiento. Solo repetía una frase, una y otra vez, sin emoción, sin rabia, sin risa:
—Yo soy bueno.
Como un mantra. Como una oración. Como la única verdad que queda cuando todo lo demás se cae. Solo palabras vacías. El psiquiatra forense cerró el expediente con una nota:
“No hay delirio. No hay disociación. Solo convicción absoluta. Y eso es lo más peligroso.”
Únete a la comunidad de Afectos.org
Si estos contenidos te acompañan, puedes unirte a nuestra comunidad para recibir nuevos textos, reflexiones y materiales que seguimos creando cada semana.
© 2021–2026 Benicio de Seeonee —
Esta obra está protegida bajo una licencia Creative Commons Atribución–NoComercial–SinDerivadas 4.0 Internacional.
- Ella es mía – “Cuando el amor se enferma” - abril 13, 2026
- El banco vacío y la mirada atenta - abril 10, 2026
- El deseo que vuelve - abril 9, 2026

