Vejez: ¿por qué nos asusta tanto?

Vejez: ¿por qué nos asusta tanto?

Vejez: ¿por qué nos asusta tanto?

Cuando llegamos a cierta edad, comenzamos a ver más lejanos, y con cierta nostalgia, nuestros tiempos adolescentes y escalofriantemente más cerca nuestra vejez. Esto responde a que esta etapa del ciclo vital no suele recibir el respeto y la valoración que merece. En cambio, lo que predomina en muchas culturas es el viejismo. Este concepto hace referencia a un conjunto de prejuicios, estereotipos y discriminaciones dirigidas hacia las personas mayores, que los reduce a una categoría social estigmatizada y marginada. El término viejismo, tal como lo plantea el especialista Ricardo Iacub, no se limita sólo a la discriminación por edad, sino a un rechazo cultural que invisibiliza la riqueza y dignidad de la vejez, confinándola a una imagen de decadencia, inutilidad y dependencia.

Iacub plantea que el viejismo es un “mal social” que atraviesa instituciones, medios de comunicación y relaciones cotidianas. Esta mirada negativa tiene profundas consecuencias psicológicas para quienes atraviesan esa etapa vital y los que están cerca de alcanzarla. Lo más curioso de este planteo es que las personas que hoy son mayores han internalizado esos estereotipos, provocando que la baja autoestima, la sensación de soledad y el aislamiento se vuelvan moneda corriente. Hoy en día, sabiendo que la esperanza de vida es considerablemente mayor que antaño, los que transitamos los cuarenta o cincuenta somos conscientes que vamos en camino hacia la vejez. Pero aún cuando diversas campañas se esfuerzan por mostrar una vejez “juvenil”, lo cierto es que el envejecimiento se sigue viviendo no solo como una cuestión biológica, sino como un proceso psicosocial cargado de violencia simbólica, que en muchos casos limita la participación activa y la construcción de un proyecto vital coherente.

Desde la psicología, se ha documentado que el impacto del viejismo va mucho más allá del prejuicio superficial: genera estrés crónico, ansiedad, depresión y deterioro en la salud física. La expectativa cultural negativa afecta la percepción que las personas tienen de sí mismas, entorpeciendo su bienestar emocional y su capacidad de afrontar los desafíos propios de la vejez. A nivel social, la exclusión y la falta de reconocimiento aumentan el sentimiento de vulnerabilidad y reducen las redes de apoyo, agravando el impacto de pérdidas inevitables —como la muerte de seres queridos o el abandono de roles laborales y sociales.

Para entender la magnitud de este fenómeno, hay que considerar también que vivimos en una sociedad que exalta la juventud, la productividad y la belleza física, estableciendo parámetros que marginan a quienes no los cumplen. En este contexto, el viejismo no es solo una cuestión individual, sino una problemática estructural que refleja cómo se organizan las sociedades y cómo se valoran las diferentes etapas de la vida. En suma, comprender el viejismo desde la perspectiva de Ricardo Iacub nos obliga a mirar la vejez con honestidad crítica, reconociendo las barreras culturales y sociales que impiden a las personas mayores vivir con plenitud y dignidad. Es el primer paso imprescindible para desarmar prejuicios, recuperar derechos y construir una sociedad más inclusiva, que valore la diversidad generacional y promueva el respeto hacia todos sus miembros.

Habitar la vejez: los viejos desafíos de siempre.

Hablar de la vejez con honestidad no significa romantizarla ni ocultar sus dificultades. Por el contrario, reconocer sus desafíos es también una forma de respetarla. Porque la vejez —como toda etapa vital— no se define solo por las carencias o las pérdidas, sino también por la manera en que se las transita. Y eso exige hablar de frente sobre lo que verdaderamente implica envejecer.

A nivel físico, el envejecimiento trae consigo cambios naturales: disminución de la masa muscular, pérdida de densidad ósea, disminución de la visión y la audición, reducción del equilibrio y la velocidad de reacción. Estas transformaciones no necesariamente implican enfermedad, pero sí requieren adaptaciones. El cuerpo deja de responder con la misma inmediatez que antes, y la energía disponible para ciertas actividades comienza a negociarse día a día. Las enfermedades crónicas como la hipertensión, la diabetes o el deterioro osteoarticular se vuelven más frecuentes, y los controles médicos pasan a formar parte de la rutina.

En el plano mental y emocional, los desafíos también son significativos. Aunque muchas funciones cognitivas se conservan bien durante décadas, algunas habilidades como la memoria reciente, la atención sostenida o la velocidad de procesamiento pueden verse afectadas. Sin embargo, esto no equivale a una pérdida de inteligencia o sabiduría, sino a un cambio en la forma de procesar la información. A esto se suman vivencias emocionales complejas: la sensación de finitud, los duelos acumulados, la nostalgia por lo que fue y el temor a depender de otros. El aislamiento, muchas veces producto de la pérdida de seres queridos o de un entorno que se va reduciendo, puede derivar en depresión o ansiedad si no se acompaña adecuadamente.

Desde lo psicosocial, uno de los grandes retos es la pérdida o transformación de los roles. Al dejar de trabajar, muchas personas sienten que se rompe su identidad laboral, y con ello, parte del sentido de utilidad y pertenencia social. Los vínculos familiares también cambian: donde antes se era proveedor, guía o sostén, ahora se ocupa un lugar que muchas veces no está claramente definido, ni simbólicamente valorado. Esto puede generar sentimientos de vacío, inutilidad o falta de propósito. La experiencia de envejecer, en una cultura que sobrevalora la productividad y la autosuficiencia, se carga de un peso simbólico que atenta contra la autoestima y la autonomía.

En el plano económico, la vejez también puede traer consigo incertidumbre. Las jubilaciones insuficientes, la dificultad para reinsertarse laboralmente si se desea o necesita, y el aumento de gastos en salud generan una situación de vulnerabilidad estructural. En muchos casos, la falta de políticas públicas eficaces deja a las personas mayores dependiendo exclusivamente de la solidaridad familiar o de redes comunitarias informales. Esto no sólo pone en riesgo su estabilidad material, sino también su dignidad.

Finalmente, el mayor desafío de todos —y el más profundo— es el sentido. ¿Qué se espera de uno en esta etapa de la vida? ¿Cuál es el rol que la sociedad le asigna al envejecimiento? ¿Dónde está escrito que desear, aprender, vincularse o empezar algo nuevo tiene fecha de vencimiento? La vejez enfrenta, muchas veces en soledad, el dilema de reconstruir la propia identidad en un mundo que no siempre la quiere mirar. Pero allí donde algunos ven deterioro, también hay oportunidad: de elegir con mayor libertad, de cuidar los vínculos con ternura, de resignificar los dolores del pasado, de dejar huella.

Por eso, habitar la vejez con dignidad implica en primer lugar, aceptar que es una nueva etapa que debe abordarse con expectativas propias. Esperar de un adolescente que responda como adulto, o que obedezca como un niño, es simplemente errar el camino. De la misma manera pretender que un adulto mayor responda de la misma manera que lo hacía años atrás, es una falta de reconocimiento. Si queremos una vejez distinta, hay que construirla desde ahora. Y eso implica revisar discursos, prácticas, leyes y vínculos. No se trata de que los mayores “se adapten”: la sociedad en su conjunto debe transformarse para reconocer y sostener el valor de la vejez. No como una concesión, sino como un derecho. La vida no termina a los sesenta. Solo comienza una nueva etapa para la que aún estamos escasamente preparados. 

Cuando sea grande quiero ser viejo

Si el viejismo es una construcción social, también puede ser desmontado. Una sociedad que desprecia a sus mayores es una sociedad que se niega a mirar su propio futuro. Por eso, el primer paso es nombrar el viejismo, hacerlo visible, enfrentarlo.La transformación no vendrá de fórmulas mágicas ni de consignas vacías, sino del diseño concreto de políticas públicas, del compromiso de la comunidad, del trabajo cultural sostenido y del reconocimiento del valor real que tienen las personas mayores. También implica educar desde la infancia en una mirada intergeneracional: mostrar que la vejez no es una amenaza, sino una dimensión valiosa de la existencia humana. No se trata solo de cambiar palabras o evitar chistes crueles, sino de transformar estructuralmente las condiciones en que se envejece. En este sentido, uno de los aportes más importantes de Ricardo Iacub es su insistencia en ver a la vejez no como un problema, sino como una oportunidad: una etapa donde todavía hay capacidad de transformación, deseo, aporte, aprendizaje y vínculos.

La educación debe formar parte de este cambio. Combatir el viejismo requiere trabajar desde temprano: en las escuelas, en los medios, en las redes sociales, en la formación profesional. Es necesario romper con los estereotipos que asocian vejez con decadencia, inutilidad o carga. La imagen de la abuela tierna y frágil o del abuelo cascarrabias ya no son actuales, hoy los abuelos están muchas veces trabajando, o haciéndose cargo de los niños. Lo cierto es que las personas mayores son tan diversas como cualquier otro grupo: hay quienes aman viajar, quienes se enamoran, quienes militan, quienes crían nietos, quienes emprenden, quienes se reinventan. Mostrar esa diversidad es una forma de habilitar vidas posibles para el futuro de todos.

Lejos de la imagen del retiro pasivo, miles de personas mayores participan activamente en sus comunidades: como voluntarios, como cuidadores, como artistas, como transmisores de saberes. Hay quienes se inician en nuevas carreras, retoman estudios, escriben libros, forman grupos de teatro o de lectura. La creatividad no tiene fecha de vencimiento. En este contexto, la noción de vejez activa cobra especial relevancia. Lejos de promover un ideal forzado de productividad, lo que propone es el derecho a seguir eligiendo cómo vivir. Esto puede incluir el trabajo remunerado, sí, pero también cualquier otra posibilidad que cada uno escoja, es simplemente tener la posibilidad de disfrutar del tiempo sin culpa. Iacub insiste en que el deseo no se jubila: puede cambiar de forma, pero no desaparece. El deseo de dar sentido, de vincularse, de dejar huella, de seguir siendo parte. Por eso, promover espacios de creación, expresión y autonomía es clave para una vejez saludable.

Espacios intergeneracionales que no solo alojen viejos, sino que integren de manera dinámica a adultos, jóvenes y niños. En un mundo que tiende al individualismo esto es un verdadero tesoro, porque nadie debe envejecer solo. El entorno hace la diferencia. Las familias que valoran a sus mayores, que los escuchan, que los incluyen, marcan una diferencia profunda. Pero también lo hacen las comunidades que habilitan espacios para encontrarse, para compartir, para sentirse parte. Las redes de apoyo entre pares, las amistades que resisten al tiempo, los vínculos intergeneracionales sinceros y recíprocos son parte esencial de una vejez plena. Los dispositivos institucionales —hogares, centros de día, residencias— también deben transformarse, dejando atrás el modelo asilar y avanzando hacia espacios donde la persona mayor tenga voz, decisión y cuidado afectivo. El desafío es enorme, porque implica ir contra todo lo establecido a manera de ideas y de instituciones, pero es posible si se lo asume desde una perspectiva nueva y con un compromiso real.

En última instancia, la vejez no deja de ser una etapa de gran crecimiento subjetivo. Una oportunidad para resignificar la vida, para reconciliarse con historias pasadas, para transmitir un legado. No como deber melancólico, sino como gesto vital: lo vivido tiene valor, y ese valor merece ser compartido. Las personas mayores no solo tienen historia, son historia viva. Escuchar su voz, darles lugar, reconocer su derecho a habitar el mundo con dignidad, no es un gesto de caridad: es un acto de justicia. Porque, como decíamos antes, la vejez no es un problema a resolver, es una realidad a abrazar. Dejar de temerle es el primer paso para vivirla —cuando llegue— con plenitud. Y para eso, tenemos que dejar de ver en los mayores un espejo incómodo y empezar a verlos como parte esencial de nuestra comunidad.

Finalmente, hablar de vejez es hablar del futuro que todos deseamos. No hay forma de envejecer bien en un mundo que desprecia la vejez. Necesitamos narrativas que devuelvan la belleza, el deseo, la potencia y el derecho a la diferencia en esta etapa. Necesitamos cambiar la cultura, para poder mirar a los mayores a los ojos, sin miedo, sin lástima, sin prisa. Pero la transformación debe ser colectiva, estructural y sostenida. Necesitamos más que buenas intenciones, tenemos que construir una ética del respeto que atraviese todas las edades. Una transformación que no debería comenzar por arriba sino por las bases, como todos los cambios culturales, sin imposiciones, por decisión de todos y de cada uno. En casa. Con nuestros niños. Con nuestros viejos. Porque si logramos eso, entonces sí, la vejez dejará de asustarnos, y podremos esperarla con el respeto que merece. Porque cuando aprendamos a envejecer sin miedo, también habremos aprendido, por fin, a vivir.


▼ Recursos Adicionales

Fuentes:

Butler, R. N. (1969). Age-ism: Another form of bigotry. The Gerontologist, 9(4), 243–246. https://doi.org/10.1093/geront/9.4_Part_1.243

Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). (2022). El envejecimiento en América Latina y el Caribe: inclusión y derechos de las personas mayores. https://www.cepal.org/es/publicaciones

Fundación Pilares. (2020). Buenas prácticas para el envejecimiento activo. Madrid, España. https://www.fundacionpilares.org

Iacub, R. (2008). Vejez y subjetividad: Entre el deterioro y la transformación. Buenos Aires: Lugar Editorial.

Iacub, R. (2013). ¿Cuándo se es viejo? El significado de la vejez y sus prejuicios sociales. Buenos Aires: Paidós.

Iacub, R., & Gutiérrez, M. (2017). La construcción social de la vejez: Aportes para una gerontología crítica. Universidad de Buenos Aires.

Organización Mundial de la Salud. (2021). Década del envejecimiento saludable (2021–2030): visión y estrategia global. https://www.who.int/es


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