Un dia… fuimos a pasear 

Un dia… fuimos a pasear 

Un dia… fuimos a pasear 

Esa tarde, al encontrarnos, decidimos ir al parque en el que nos conocimos. La verdad es que nos gusta mucho re-andar esos caminos que solíamos hacer en aquellos primeros tiempos, y ese día, era nuestro día ¿qué mejor sitio para celebrar el habernos conocido?

Nos detuvimos a la vera de un arroyo cuya agua fresca y cristalina siempre nos había maravillado y nos preparamos para pasar la tarde allí. Nos sentamos en un banco y, entre miradas y caricias, disfrutamos de estar juntos. Ella estaba reclinada de lado hacia mi. Conversábamos, no estoy seguro sobre qué porque mi mente no dejaba de pensar. Mis ojos estaban en los de ella, en el cielo mismo, pero mi mano bajaba de su rostro, por su cabello, su brazo, su cintura, su cadera, su muslo y luego subía bajo su vestido. Sentía la tibieza de su piel. No sé si fue el día, el lugar, el ambiente… los sonidos que invadían mis sentidos, su esencia… o tal vez fue todo combinado en una mezcla que exaltó todos mis sentires.

Alcé la vista unos segundos y vi al otro lado del arroyo unos helechos enormes entre dos de los árboles más añejos del parque, enormes, frondosos, contra un muro de roca y donde el sol daba de lleno. Vi en ese rincón, escondido a los ojos del transeúnte, un lugar perfecto para nosotros. Y en medio de tanta intensidad, y con la mente tomada por el rubor intenso que mis caricias habían puesto en su rostro, la tomé en mis brazos y crucé el arroyo. 

Allí mismo, detrás de los helechos, entre esos majestuosos árboles que teníamos por testigos, la bajé lentamente dejando que su cuerpo se deslice por el mio, sintiéndola. Esperé que sus pies toquen el suelo, para acercarme a su boca y besarla con todo el amor que me desbordaba.

La luz del sol aún mantenía tibia las cortezas, el sonido del agua era envolvente y tenerla en mis brazos en ese momento y en ese rincón era realmente acogedor. Me incliné hacia ella, con mi mano acariciando su rostro y mi cuerpo ansioso por encontrarse con el suyo. Mi pulgar se deslizó por sus labios y luego los cubrí con mi boca. En verdad deseaba tanto besarla.

Su respiración se volvió más intensa, su pecho se hinchaba y se fundía con el mío. Su espalda estaba apoyada contra el tronco, yo puse mi brazo, también contra el árbol, sobre su cabeza… la miré a los ojos. Estoy seguro que ella podía ver en ellos mis ansias porque se ruborizó. Creo que hasta pudo sentir los golpes, que ya no eran latidos, de mi corazón en el pecho.

Me acerqué más, con todo mi cuerpo, presionando suavemente y al sentir mi insistencia en su vientre, se dio cuenta de lo mucho que la deseaba. Mis labios besaron su boca nuevamente, pero no me quedé en sus labios… ya no me resultaba suficiente y supongo que tampoco a ella porque su boca se abrió invitándome a la locura. Mi lengua la invadió lentamente, pero con ansiedad voraz. Mi cuerpo se frotaba contra el suyo. Sus brazos se enroscaron alrededor de mi cuello. Sus manos se deslizaban entre mi cabello, desde mi nuca y hacia arriba. Mi mano en su cintura bajó siguiendo la curva de sus caderas, alcancé sus muslos, y volví a subir, pero bajo su vestido. 

¡Dios! Es que tenía tantas ganas de hacerle el amor. Allí mismo, tras los helechos, en la acogedora privacidad que la naturaleza nos estaba regalando. Me pregunté miles de veces en ese instante si debía seguir. Le susurré entre sus labios “Este lugar fue hecho para nosotros ¿no lo crees?” Ella asintió en silencio, tímidamente, y contra todos mis deseos, volví a acariciar su rostro y sugerí que regresemos a casa. Ella asintió.

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