Un día… Ella vistió mi camisa

Un día… Ella vistió mi camisa

Un día… Ella vistió mi camisa

Ese día, al abrir los ojos, me dejó sin aliento. 

Llevaba tiempo imaginándola por la mañana sólo vistiendo mi camisa. Y en ese momento, al verla caminar por la casa con mi camisa, simplemente no me pude resistir. Me acerqué y al tomarla en mis brazos enredó sus piernas a mi alrededor, de esa manera que tanto me gusta.

Me senté en el sofá con ella encima, la miré a los ojos. Creo que ella sabía lo que yo estaba pensando. Había cierta picardía en sus ojos y un leve sonrojo en sus mejillas.

Sí… definitivamente lo sabía. 

Deslicé mi mano por debajo de la tela y recorrí su piel tibia. Ella sonreía. 

Claro que lo sabía.

Se acercó a mi boca y me besó dulcemente, como suele hacerlo. Al alejarse apenas un poco, acaricié su rostro sonrojado. ¡Es tan hermosa! 

Mi mano se deslizó por su cuello y entonces mis ojos descubrieron la abertura de la camisa sobre su pecho, revelando la visión más deliciosa que podría existir.

Me arrancó un suspiro profundo y mi cuerpo reaccionó. El color en su rostro se intensificó y volvió a sonreír. Mis manos volvieron a colarse bajo la fina tela, y en su recorrido acariciaban su espalda y rodeaban su cintura.

Mi corazón estaba desbocado, a punto de explotar. Entonces ella, con sus brazos alrededor de mi cuello, se acercó a mi rostro de nuevo y rozó con su nariz la mía. Dijo algo, muy suavemente, casi en un susurro. Yo realmente no lo escuché, no entendí lo que dijo. Imagino que se trataría del trabajo ya que la hora se aproximaba. Pero en ese instante yo no podía pensar en eso.

Mis manos subieron por su abdomen suavemente hasta alcanzar sus pechos. Ella respiró profundo, su espalda se arqueó. Intentó vanamente ocultar su rostro y la sensación que se manifestaba en sus mejillas. Pero no le di tiempo, alcancé su boca y mientras mis manos cubrían sus pechos, sus labios se abrieron tímidamente dejándome entrar en ella. Mi lengua lentamente se enroscó en la suya.

¡Dios! Estoy seguro que puede sentir cuánto la deseo. 

Se alejó un poco y nuevamente intentó murmurar que es tarde, que debe irse, que su trabajo la espera; pero nuevamente cerré sus labios con un beso y llené mis manos con sus pechos.

Con su rostro pegado al mío y sus ojos cerrados susurró mi nombre en medio de un gemido que más parecía una súplica. Alcancé su boca nuevamente para acallar un nuevo gemido. Mis labios cubrieron los suyos suavemente. Su cuerpo temblaba entre mis dedos. Su cadera se movía sutilmente. Sé que no quería alejarse de mí. Podía sentirlo. 

Pero aún así, deslicé mis manos hacia su cintura. Me alejé solo para mirarla a los ojos… y ella al mirarme mordió suavemente su labio inferior… 

¡Dios mío! 

Me vuelve tan loco.

Antes de perder la poca cordura que aún no sucumbía a ese caudal de sensaciones que me estaba envolviendo, besé su frente, besé su nariz. Y con una tácita promesa de continuar luego del trabajo, reuní todas mis fuerzas para dejarla ir. 

¡Que tengas un buen día Princesa!

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