El pozo que no se llenaba

El pozo que no se llenaba

EL POZO QUE NO SE LLENABA

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

En un pequeño pueblo rodeado de montes, vivía un hombre incansable. Tenía fama de cumplidor, de esos que jamás llegan tarde y nunca dejan algo a medias. Algunos lo admiraban; otros lo evitaban, porque donde él ponía la vista, veía trabajo pendiente. Porque para él, descansar era una forma elegante de perder el tiempo.

Una mañana encontró detrás de su casa un pozo antiguo, medio tapado por las raíces. Apenas lo vio, sintió esa punzada interna que le marcaba un nuevo deber. Sin pedir permiso ni pensarlo demasiado, decidió que debía llenarlo. Que el pozo estuviera ahí, vacío, lo irritaba.

Así que empezó a tirar dentro piedras, ramas, tierra… lo que fuera. Desde el amanecer hasta la caída del sol, cargaba y cargaba sin descanso. No hablaba con nadie. No compartía un mate. No atendía a los que pasaban a saludar. El pozo primero se encogió, después pareció estabilizarse… y, aun así, nunca terminaba de llenarse.

Las vecinas empezaron a comentar que el hombre trabajaba demasiado. Los amigos dejaron de visitarlo porque nunca tenía tiempo para compartir. Hasta su perro se quedó durmiendo en el umbral, cansado de seguirlo en vano.
No obstante, él seguía adelante. Cada carga, más pesada que la anterior. Cada día más solo.

Una tarde se acercó al pozo la mujer más anciana del pueblo. Observó el hueco oscuro, observó al hombre sudado y exhausto, y le preguntó en voz calma:

—¿Qué estás construyendo?

—Nada —respondió él, sin detenerse—. Estoy llenando esto para que deje de estar vacío.

La anciana asintió despacio.

—Eso nunca va a pasar —dijo—. El pozo no está en la tierra. Está en tu pecho. Y ese, hijo, no se llena con más trabajo, sino con más vida.

El hombre se quedó quieto por primera vez en semanas. Bajó la tierra que tenía entre las manos y miró alrededor: su casa abandonada, los amigos ausentes, el perro que lo esperaba con paciencia resignada. El pozo seguía igual que siempre, pero él estaba más vacío que nunca.

Esa misma noche, por primera vez en mucho tiempo, se permitió sentarse a mirar el cielo. No hizo nada. No arregló nada. No completó ninguna tarea pendiente. Solo respiró.

REFLEXIÓN ORIENTAL

“El sabio no corre detrás de mil ocupaciones, porque sabe que la prisa abre agujeros en el espíritu. Quien trabaja sin medida cava un pozo dentro de sí, y cuanto más se afana por llenarlo, más profundo se vuelve.
La armonía nace cuando uno aprende a dejar un espacio para el silencio y permite que la vida respire por él.”

Autor: Benicio de Seeonee

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