Un día… Ella vistió de rojo

<strong>Un día… Ella vistió de rojo</strong>
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Un día… Ella vistió de rojo

No era un vestido común y corriente. No era cualquier vestido. Era “ese” vestido. El vestido rojo que había usado en nuestra primera cita. Más allá del color, de la forma del vestido, de la escasez de tela, de sus cómodas aberturas… ese vestido, en esa mujer, me trae los recuerdos más intensos de mi vida.

Las ansiedades de aquella noche, el nerviosismo, las primeras sorpresas que me daba a mí mismo al sentir emociones que desconocía, o al tener ideas o absolutamente novedosas. Deseos, ilusiones… todo. Todo viene de la mano de ese vestido rojo. 

En este momento no puedo recordar por qué se lo puso, estábamos trabajando, hacíamos una de nuestras sesiones de fotos. Por qué eligió ese vestido no lo sé, lo que sí sé es que cuando la vi vestida de rojo frente a mi, hice un viaje hacia nuestros primeros encuentros; esos que nos llevaron a aquella primera cita.

Y ahí la tenía de pie frente a mi, con ese vestido rojo. La tela del vestido acaricia su cuerpo de una manera tan sensual que, a veces, hasta celos me da. Delinea su figura, acompaña sus movimientos, y esa abertura que recorre toda la pierna e invita a la locura…

 ¡Por Dios!

Su espalda queda absolutamente desnuda. el escote termina donde ya no hay más espalda. Es una delicia… es un vestido realmente generoso a los ojos, a las manos, a las piernas…

Si, es muy generoso.

Estábamos en el jardín, ella delante de mí, yo le mostraba algo, así sin más… naturalmente… como si nada. Hasta que su espalda, ante mis ojos, cautivó mi mirada. Mil sensaciones a la vez, se apoderaron de mi mente. Me acerqué, me incliné hacia ella y, casi rozando su cuello, le susurré en voz baja “cierra los ojos”. Ella sonrió. Extendí mi mano y deje que mi dedo índice recorriera su espalda desde la cintura hasta el cuello. Apenas una cortina de cabello cubría la espalda y mi dedo se hacía camino entre sus rizos oscuros.

 Llegué hasta el cuello, lo recorrí hasta donde terminaba y luego mi dedo comenzó a bajar por el centro de su espalda. Vértebra por vértebra muy lentamente. Podía notar como su piel se estremecía. Mi dedo se coló bajo la tela del vestido justo donde comenzaba su ropa interior. Me acerqué más a ella, la rodeé con mis brazos, me pegué a su cuerpo y dejé que mis manos descendieran por el costado de su cuerpo. Muy lentamente… mi mano derecha encontró la abertura sobre su ingle. Ya no había vestido, era su piel tibia. 

¡Qué delicia! 

Mis dedos se colaron bajo la tela adentrándose entre sus muslos, recorriendo la piel suave y tibia de su ingle, hundiéndose en sus rincones. Ella se hizo hacia atrás, recargó su cabeza sobre mi hombro, yo besé su cuello, me apoyé contra el árbol y ella volteo hacia mí hacia mi pecho.

Se recargo sobre mí y deslizó su mano bajo mi remera, sus dedos se movían sobre la piel de mi pecho, mi corazón se aceleró. Tan solo rozar su espalda ya me había inquietado; ahora que la tenía sobre mi pecho, con su pierna entre mis piernas moviéndose suavemente… Dios… Mi sangre estaba ardiendo en mis venas. Ella podía sentirlo y yo no quería ocultarlo. 

Su boca se abrió suavemente y no dudé, la invadí mientras mis manos tomaron sus nalgas y le acercaron presionando su carne y dejando que todo mi cuerpo percibiera su tibieza. Su mano bajó por mi abdomen y sus dedos se escabulleron, atrevidos, bajo mi pantalón. Aún sin soltar su boca le susurré que me estaba volviendo loco. Ella sonrío y me miró con picardía.

Dejé que mis manos se hundieran en sus caderas presionándola una vez más para dejarle saber lo que estaba provocando. Pero esa mirada, la forma en la que mordisqueaba a su labio inferior y humedecía sus labios, ese movimiento tan sutil que hacía sobre mi pierna, rozándome y dejándome percibir su calor, su humedad. 

Esa mujer sí sabe lo que hace y yo amo cada una de las cosas que ella hace.

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Benicio
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