La gallina de los huevos de oro

La gallina de los huevos de oro

La gallina de los huevos de oro

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

El campesino Akira vivía en una llanura fértil, donde el amanecer llegaba siempre con olor a hierba húmeda. Su vida llevaba el ritmo de las estaciones: trabajo parejo, resultados modestos, y un futuro que avanzaba sin sobresaltos.

Todo cambió el día en que encontró, en el rincón más oscuro del establo, un huevo de oro puro. No lo podía creer. Lo levantó con manos temblorosas: era pesado, brillante, auténtico. Y al día siguiente, volvió a suceder. 

Y al otro. 

Y al siguiente.

Pronto descubrió que la autora de aquel milagro era una de sus gallinas, una que hasta entonces jamás había destacado entre las demás. Desde ese momento, Akira la cuidó con esmero. La alimentaba mejor, le revisaba el plumaje, y a veces la miraba durante largos minutos con un orgullo que no intentaba disimular.

La riqueza empezó a cambiarlo. Primero en los pensamientos: proyectó ampliar la granja, comprar tierras, contratar peones. Después en el carácter: comenzó a caminar con el pecho erguido, la mirada altiva, convencido de que el destino le estaba concediendo algo “que él merecía”.

Pero cada mañana, mientras recogía el huevo de oro, una nueva ansiedad le golpeaba el pecho. ¿Cuánto oro quedaba dentro de la gallina? ¿Cuánto tardaría en agotarse ese milagro? ¿Por qué recibirlo de a poco, si podría tenerlo todo de una vez?

La impaciencia se transformó en codicia, y la codicia, en decisión.

Una madrugada, antes de que el sol siquiera aclarara el pastizal, entró al establo con un cuchillo afilado. Respiró hondo. Pensó en montones de oro brillando en el suelo, pensó en cofres llenos, pensó en una vida resuelta para siempre.

Actuó rápido, casi sin mirar. Cuando abrió el cuerpo de la gallina, lo que encontró fue la verdad más simple y contundente: un animal común, sin rastros de oro escondido, sin tesoro acumulado.

El silencio fue brutal.

Esa mañana no hubo huevo de oro.
Ni al día siguiente.
Ni nunca más.

Akira se quedó solo con su cuchillo, el establo vacío y una certeza amarga: había destruido la fuente de su fortuna por querer adelantar lo que la vida le daba en su debido tiempo.

Esa tarde enterró a la gallina detrás del granero, sin palabras y sin testigos. El viento parecía decir lo que él no se animaba a pensar en voz alta.

Moraleja: La avaricia destruye aquello que ya es valioso. Cuando uno exige más de lo que la vida puede dar, termina perdiendo hasta lo que ya tenía.

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Autor: Benicio de Seeonee


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