Un día… Después de una tormenta

Un día… Después de una tormenta

Un día… Después de una tormenta

Ese día habíamos compartido algo más. Habíamos visto una película. Sé que no es gran cosa, muchas parejas han visto películas juntos, pero ese día fue la primera vez para nosotros. Acabábamos de atravesar una tormenta que nos había sacudido duramente a ambos y el haber pasado ese tiempo con ella en mis brazos me había confirmado una vez más que juntos podemos todo. 

Aunque las despedidas siguen siendo complicadas, por lo menos para mí. Esa noche le pedí que se acerque a mí, tan solo unos minutos y ella sonrió y tímidamente se acercó a mí. Deslicé suavemente mi mano en su cintura y la abracé. Al principio ella solo recibió mi abrazo, pero poco a poco sus brazos me rodearon también. Cerré mis ojos. No quería soltarla. Y en voz baja susurré cuánto la amo muy cerca de su oído. Ella no dijo nada pero sus brazos me apretaron fuertemente. 

Con mi rostro escondido en el hueco de su cuello respiré profundo, el aroma de su cabello y de su piel invadió mis sentidos. Mis manos en su cintura se deslizaron lentamente por su espalda. Con mi brazo derecho la acerqué más a mí y con mi mano derecha levanté su rostro. 

Es tan bella.

Mi pulgar paseaba por sus labios. Adoro hacer eso, ella lo sabe y también le agrada. Porque es como disfrutar el beso un poco antes del encuentro de nuestras bocas. Me incliné hacia ella y toqué sus labios con los míos. En un roce suave, que no por ser sutil y delicado fue menos intenso. Me recorrió entero la sensación de sus labios en los míos, en mi. En cada parte de mi. Y es que ella me hace estremecer tan solo con un beso. Pero ese beso, ese roce casi imperceptible, después de tanta tensión me sabía a la gloria misma. 

Mi mano se quedó en su mejilla, que ya se veía algo sonrosada por mi mirada… pero por más que quisiera y me esforzara… no podía ocultar lo mucho que la deseaba. Mis labios se abrieron para devorar los suyos. Sentía tanta sed. Y entonces su boca cubrió la mía. Sólo ella puede calmar mi ansiedad, esta necesidad de besarla que me deja con cada partida, como si no hubiera bebido de su boca en días. 

Es cierto… cualquiera sea el tiempo que estamos juntos, siempre me sabe a poco.

Me alejé unos centímetros y besé su nariz. Le susurré una vez más que la amo, que ella es todo para mí por siempre y para siempre. Y le pedí que pase lo que pase nunca lo olvide. Y sólo después que asintió fui capaz de dejarla ir.

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