Un día… Amanecí con ganas de ella 

Un día… Amanecí con ganas de ella 

Un día… Amanecí con ganas de ella 

Esa mañana al despertar sentí ganas de Ella. 

Ganas de extender mi brazo y alcanzar su cuerpo tibio. Comenzaba a aclarar el día, las alarmas aún no sonaban. Su respiración era tranquila, suave. Dormía de lado, de espaldas a mí. Me acerqué a su cuerpo, me amoldé a su postura. Mi mano en su cintura se movió lentamente hacia su cadera, y bajó por su muslo.

Hundí mi rostro en su pelo y aspiré. Es que el aroma de su cabello es realmente embriagador. Alcancé su cuello y lo besé. No fui discreto, lo sé. Me gusta verla dormir, pero en ese momento la quería despierta. Le susurré “Despierta” suavemente, muy cerca de su oído y ella murmuró somnolienta que aún era temprano. 

Mi mano se deslizó debajo de su cuerpo, la rodeé con mis brazos y la acerqué a mí. Todo mi deseo estrellándose contra su piel. Mi respiración era arrítmica, mis caderas se movían hacia ella sin que yo pudiera evitarlo. La empujaban, la buscaban. La necesitaban.

La alarma sonó. Ella la apagó. Era su señal, su día comenzaba. La noche anterior se nos había hecho tarde, hoy dormimos un poco más. Yo sabía que en realidad no era el momento, pero todo mi cuerpo se negaba a aceptarlo. Ella volteó hacia mí. Tomó mi rostro entre sus manos y me besó con ternura. Me acarició, y me dijo en voz baja con una sonrisa: “Esta noche”.

¡Dios! La deseaba tanto…

Esas palabras me sonaron a tortura. Insistí una vez más. Presioné contra su pierna y la atraje aún más hacia mí. Ella, ya sonrojada, me sonrió y repitió con dulzura… “esta tarde”. Deslizó sus manos en mi cabello y besó mi frente.

En verdad moría por hacerle el amor. Pero tampoco quería que nos corriera el tiempo. Me gusta tomarme el tiempo de mirarla, de besarla, de acariciarla, de probar cada rincón de su cuerpo… Sin apuros… Sin horarios. Pero mis ganas eran tan grandes… En ese momento enterré mi rostro entre sus pechos lamentando mi desgracia. Mi suspiro la hizo estremecer. Me abrazó con amor y sonrió con ternura. Pasaron unos pocos minutos y la tormenta dentro de mi se calmó.

Solo por unas horas

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