Un día… Al despertar, recordé algo

Un día… Al despertar, recordé algo
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Un día… Al despertar, recordé algo

La noche anterior no solo me había acostado a su lado, sino que me dormí con ella en mis sentidos, en mi cuerpo, en mi alma. Y es que la complicidad y la picardía que habíamos compartido me había llevado a la locura sin escalas. 

Aún no amanecía y, como siempre, mis ojos se abrieron antes de que sonase la alarma. Solo para poder disfrutar de Ella unos minutos más. 

Y no… ¡Dios mío!… Esa mañana no podía dejarla dormir. Mi cuerpo entero despertó solo al recordar sus manos tomándome y su boca devorándome. 

Girar hacia ella y sentir su cuerpo desnudo, tibio junto a mi. . .  no tiene precio. Me acerqué suspirando en su cuello. Todo su cabello esparcido sobre la almohada, como de costumbre, me embriagaba con su perfume. Mis manos en sus caderas la acercaron a mi cuerpo y me moví hacia ella aún más.

Estaba despierta. Lo sé… Ella podía sentirme. Podía sentir mi cuerpo caliente y ya erguido insistiendo. No necesitaba decirle que la deseaba, mi cuerpo entero lo estaba gritando. Mis manos la acariciaban, su cuerpo se movió hacia mi. Mis caderas la buscaban, se movían una y otra vez, suavemente contra ella. 

¡Dios! Ella se acomodó contra mi pelvis y mi cuerpo, entre sus muslos, se deslizó muy lentamente. Mi boca recorría su cuello. Su cabeza se hizo a un lado dándome lugar. Mis manos en su cintura recorrían su abdomen y subieron a su pecho.

Ella sabía muy bien que no se iría todavía. . . Nunca tuve dudas de eso.

Sus labios se abrieron dejando escapar un gemido, que puso a mi corazón a volar. Mis manos sobre su pecho se cerraban con suavidad. Ella suspiraba. Tomé su rostro y busqué su boca, esa boca que la noche anterior me había conocido como nunca antes. Esa boca suya, pero que me pertenecía más que nunca. Y que en ese momento se abría nuevamente para mí. Mi lengua se enlazó con la suya y su cadera no dejaba de empujarme.  Me deslicé entre sus muslos una y otra vez y poco a poco su humedad me condujo a mi destino. No pude evitar exhalar en su oído el placer tan grande que me provocaba. Besé su espalda, estaba enloquecido, mordí suavemente su hombro, mientras no dejaba de moverme contra ella. Conozco su cuerpo, su cuerpo me conoce. Nos sabemos de memoria. Esa temperatura suya me indicaba que era el momento. 

Tomé su cintura y la giré hacia mí. Su mirada y la mía se unieron; poco después se unieron también nuestros labios. Me deslicé sobre ella y sin demora me uní a su alma. Mi gemido quedó en su boca. El suyo se quedó en la mía.

Es que… en verdad, ella me enloquece… 

Sus piernas se abrieron para cerrarse a mi alrededor. Hundí mi cara en el hueco de su cuello. Dejé que la punta de mi lengua humedeciera su piel. Estaba en mi límite, y ella lo sentía, atrapándome con sus piernas y con sus manos en mi cintura me empujaba hacia ella… Claro que lo sabía… Me conoce….

Me hizo sentir que me estaba llevando a conocer los secretos más profundos de su cuerpo. Su voz se quebró en un gemido y las contracciones me hicieron perder el control. Ya nada me detenía… la poca cordura que quedaba en mí se evaporó en su gemido. Todo mi deseo se derramó dentro de ella… Y en su mirada pude ver que ella me estaba sintiendo. 

Poco a poco mi cuerpo comenzó a relajarse… sus piernas bajaron lentamente. Sonaron las alarmas, pero ninguno de los dos se movió.  Éramos uno, su respiración seguía agitada y su corazón arrítmico, al igual que el mío. Besé su cuello y la miré. Ella me sonrió. ¿Habrá algo más hermoso que su risa?

Me retiré lentamente y me quedé sobre su pecho. Mi respiración y mi corazón aún estaban desenfrenados. Sus dedos se deslizaban entre mi cabello…. 

Ella siempre me da tanta paz.  

Yo sabía que era la hora de trabajar.  Yo sabía que no quedaba otra que levantarse.  Y era mejor que no pensara en nada, porque si recordaba lo de anoche, volvería a comenzar. Así que, con todo mi amor le deseé que tuviera un buen día.

Yo la tengo en mi, todo el tiempo.

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