Tristán e Isolda

Tristán e Isolda
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Tristán e Isolda

La de Tristán e Isolda es una leyenda, incorporada a las leyendas del Rey Arturo, que cuenta la historia de amor entre un joven llamado Tristán y una princesa irlandesa llamada Isolda, conocida popularmente como «La blonda» (la rubia), para distinguirla de otro personaje homónimo en el mismo relato, «Isolda, la de las manos blancas».

Tristán nació en plena guerra, su padre, el rey Rivalen, murió en batalla y su madre poco después, durante el alumbramiento. Antes que el pequeño pudiera dar su primer inspiración, los enemigos tomaron en el castillo. Con el rey y la reina muertos, solamente quedaba un guardia leal llamado Rohalt que, para salvarlo, huyó con el recién nacido entre sus brazos y lo hizo pasar por su hijo hasta que fuera seguro devolverle al linaje al que pertenecía, el de rey de Leonís.

Tristán fue educado entre sus hermanastros, pero a los siete años un escudero de nombre Governal se hizo cargo de su enseñanza, aquella que necesita todo rey para ser un caballero tanto en las armas como en las artes. Tiempo después el destino lo condujo a la tierra de Cornualles, de donde era su madre. En ese reino, resultó que el que más le quería era el buen rey Marcos, hermano de su madre. ¡Su tío!. ¡Qué gran noticia cuando supieron que la sangre los unía! ¡Qué emoción sintieron cuando el buen rey Marcos vio al fin en los ojos de Tristán los de su padre, el valiente Rivalen y de su madre, la bella Blancaflor! Tanta era la amistad que unía ahora a estos dos hombres, que cuando Tristán volvió a Leonís para recuperar su trono, dejó el reino en manos del leal Rohalt, y volvió hacia las tierras de Cornualles, junto al buen rey Marcos.

Al llegar a Cornualles, el Morholt de Irlanda estaba aterrorizando a los aldeanos: reclamaba trescientas doncellas y trescientos niños por un impuesto ancestral. Ya os lo podéis imaginar, la espada de Tristán fue la única que se levantó para defender Cornualles de aquel tratado prehistórico. El héroe venció, como era de esperar, dejando parte de su espada en el cuerpo del enemigo, que a la vez dejó en el cuerpo de Tristán el veneno de su arma. Una victoria sin fiestas. Días después del combate, Tristán reposaba en una cama enfermo por el veneno que corría por sus venas. Su cuerpo, hinchado y maloliente afligía a sus amigos el rey Marcos y Governal. Entonces, le pidió a Governal que lo metiese en una barca y que lo enviase hacia al mar. 

Esta vez, el mar le ayudó y le condenó para siempre al mismo tiempo. Lo llevó hasta las manos de una bella dama que lo supo curar ya que conocía el veneno que causaba esos efectos. Porque se trataba de las manos del enemigo, de la sobrina del Morholt, hija del rey de Irlanda, Isolda la Blonda. Esas mismas manos que, sin quererlo, lo llevarían a una vida de errático amor. Pero esto último Tristán todavía no lo sabía, cuando las heridas empezaron a desaparecer y su rostro podía ser identificado, regresó a Cornualles. 

Al llegar al castillo del rey Marcos, se encontró con que había empezado un complot: los varones más recelosos veían con malos ojos la amistad que unía al rey con Tristán y le exigían descendencia. Cansado de tanta palabrería, el rey Marcos propuso una salida: aquella mañana unas golondrinas le habían traído un cabello dorado y sólo se casaría con aquella mujer a quien pertenecía ese cabello. Tristán pensó y, queriendo tapar las bocas de aquellos que lo acusaban de pretender el reino, él mismo se echó de nuevo al mar para buscar a aquella que ya conocía y traerla a los brazos de su amigo.

Cuando Tristán llegó al puerto irlandés de Weisefort, supo que un dragón maléfico  cada día bajaba a la aldea y se comía a una familia entera. Los aldeanos le contaron también, que en su desesperación, el rey de Irlanda había ofrecido la mano de su hija, Isolda la Blonda, al caballero que consiguiese vencerlo. Tristán no dudó ni un segundo, subió por el camino que le habían indicado y mató al dragón, pero el veneno de la bestia ya circulaba por sus venas y entre los matorrales dejó caer su cuerpo vencido. Isolda y su padre al enterarse de que el dragón había sido vencido, reunieron a sus sirvientes más fieles y fueron a ver la escena del crimen; unos metros más allá de donde se encontraba el dragón muerto, el cuerpo abatido de Tristán clamaba justicia. La joven acogió al héroe para curarlo del veneno. 

Cuando se recuperó, le relató a la princesa cómo había luchado por ella para deshacerse el dragón y cómo había empezado todo cuando unas golondrinas habían traído uno de sus cabellos dorados a Cornualles. La princesa se enterneció, notando una calidez muy especial que Tristán desataba dentro de ella. Ya repuesto, Tristán reclamó la mano de la princesa y el de Irlanda aceptó con gusto. En la ceremonia, las manos del rey de Irlanda unían ahora las de Tristán e Isolda y en aquel bello momento, Tristán prometió en voz alta que llevaría a la dama hasta los brazos del rey Marcos. 

Duras palabras para el corazón enternecido de Isolda la Blonda, que ahora se sentía traicionada por aquel a quien ella había curado más de una vez y que no la quería por esposa. La madre reina, previendo la inmensa tristeza de su hija, preparó una poción mágica en secreto y se la dio a la leal Brangien, sirviente y amiga de la princesa. Cuando el rey Marcos e Isolda bebieran la poción quedarían enamorados –con un amor que pocos mortales podrían entender– hasta el mismo día de su muerte. Pero resultó que la poción no tocó nunca los labios del rey Marcos. 

En el barco camino de Cornualles, mientras Brangien dormía, Tristán e Isolda tragaron por error el líquido encantado. Cuando Brangien despertó ya era demasiado tarde, los amantes estaban destinados a serlo por siempre jamás y en aquel mismo barco se entregaron el uno al otro, traicionando por siempre la lealtad al rey Marcos y entrando en un infierno que los perseguiría el resto de sus vidas. Llegados a Cornualles, todo fueron trampas, dudas y desconfianza: la noche de boda con el rey Marcos, Brangien se hizo pasar por Isolda la Blonda dejando así su virginidad en manos del monarca y guardando a su reina de toda deshonra; después Isolda se iba volviendo loca de desconfianza, hasta el punto de ordenar a dos caballeros la muerte de su amiga Brangien, por miedo a que hablase; más tarde los varones empezaron a sospechar de los amantes y metieron otro veneno, el de los celos, en el corazón del rey Marcos para que echara a Tristán de su reino.

El rey Marcos finalmente cedió a las malas lenguas, y el odio no se hizo esperar. Construyó una hoguera para quemarlos el mismo día. Camino de la hoguera, Tristán consiguió escapar, pero cuando el rey supo que Tristán se había escapado, su odio creció tanto como las llamas que ahora se levantaban delante suyo. Ya a punto de echar a la hoguera a la que había sido su dulce esposa, el grupo de leprosos de Cornualles habló: ¿realmente la odiáis y queréis que muera en un instante?, le dijeron  y le propusieron al rey que les dieran a Isolda la Blonda para vivir entre ellos, para convertirse en una de ellos y ver cómo su cuerpo radiante se iba deformando en una muerte cruel y lenta. Una venganza perfecta que el buen rey Marcos no desaprovechó. Los leprosos se llevaron a Isolda la Blonda pero ignoraban que Tristán bien pronto se la arrebataría de nuevo para llevársela a la profundidad de los bosques de Cornualles.

Dos años vivieron en medio del bosque acompañados del fiel Governal. Extrañamente felices, los harapos y la comida primitiva no les molestaban. Pero el veneno del amor no los eximía de los remordimientos y por eso cada noche sus cuerpos desnudos se juntaban, pero sin llegar nunca a tocarse. Una espada separaba a los dos jóvenes en señal de castidad. Así fue como se los encontró el rey Marcos cuando descubrió la cabaña. No estaban acurrucados, el uno sobre el otro, entrelazando brazos y piernas como correspondería a cualquier pareja de amantes. El rey comprendió. Puso su espada en lugar de la de Tristán separando de nuevo a su amigo y a su esposa. El mensaje era claro, podían volver a casa.

Sin embargo, las voces de los varones no se hicieron esperar. De nuevo pedían el exilio de Tristán, y contra su propio corazón, el rey Marcos accedió. También pidieron el juicio del hierro rojo para Isolda la Blonda, según el cual si decía la verdad, al coger el hierro al rojo vivo su mano quedaría intacta. La bella dama no tembló. Envió un mensaje a Tristán, que no se había marchado de la comarca, pidiéndole que fuese a la playa vestido de mendigo. El día señalado, llegaron en barco al juicio, pero Isolda pidió la ayuda de algún mendigo para no mojarse el vestido. El harapiento Tristán se acercó y cogiéndola en sus brazos la llevó hasta la arena. Al hacer el juramento fue concisa: “os puedo prometer que nunca en la vida nadie más que el rey Marcos y este mendigo que acabáis de ver me ha tenido entre sus brazos”. El hierro al rojo vivo fue como agua para las manos de Isolda.

Recuperada la confianza del rey y cumplido el juramento, Tristán decidió que era el momento de alejarse si no quería volver a traer la desgracia a la vida de su amada y de su tío. Los amantes se separaron por primera vez. No podían vivir ni morir el uno sin el otro. Separados, no era la vida ni la muerte, sino la vida y la muerte a la vez. En la distancia, los celos aparecieron en sus corazones. Tristán había cabalgado todas las tierras del Mediterráneo ofreciendo sus servicios de caballero en diferentes reinos. Ni un mensaje de Isolda la Blonda. La veía cubierta por las amabilidades del rey Marcos mientras él vagaba por tierras lejanas.

Finalmente, en el reino de Bretaña aceptó la mano de una dama que, ironías del destino, tenía por nombre Isolda de las Blancas Manos. En el mismo momento que aceptó se arrepintió; cuando la tuvo en la cama nupcial, él le mintió diciendo que no podía darle su cuerpo hasta pasados seis meses. No pasaron seis meses que, en una de las batallas que Tristán libró para defender su nuevo reino, otra vez entró el veneno en sus venas. Esta vez, no obstante, no había remedio. No podía ser más desgraciado y en la desgracia, había confesado al hermano de Isolda de las Blancas Manos, ahora su amigo, su tormento. También un veneno, ¡pero este de amor! El leal compañero se enterneció ante la petición que le hacía Tristán: ver a Isolda la Blonda antes de morir. Aceptó el favor y quedó con Tristán en que si volvía con ella, alzaría velas blancas en su barco, y si no podía hacerlo las velas serían negras.

Así, el día que llegaba ya Isolda la Blonda para ver a su amante, la otra Isolda, llevada por la rabia de saberse la segunda, mintió a Tristán diciéndole que el barco de su hermano alzaba velas negras. Allí mismo en ese instante, el alma dejó el cuerpo del héroe y todavía estaba caliente cuando Isolda la Blonda entró en la habitación. Pero aquel calor era sólo un recuerdo de Tristán, una sombra que ya no volvería a dormir a su lado. Y así mismo, como había entrado, se tumbó sobre el cuerpo muerto de Tristán para morir ella también. No eran nada si no estaban juntos. Y también juntos, morían uno contra el cuerpo del otro.

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